El extranjero que está aprendiendo español no puede comprender acabadamente estas oraciones, que presentan en común el verbo ‘tener’: “Lo tendré al tanto”, “Le tenía dicho que no se acercara” y “Creo que no tengo nada que perder”. El secreto reside en averiguar la plurivalencia del verbo ‘tener’, que podemos determinar leyendo concienzudamente nuestro diccionario académico.
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Cuando vamos al supermercado y compramos un kilo de papas o dos o tres paltas (también llamado aguacate, en náhuatl); cuando utilizamos neumáticos con caucho o nos hacemos amantes de productos de papelería ilustrados con graciosas llamas, estamos utilizando otra lengua para referirnos a esas realidades: el quechua.
¿Se imagina la posibilidad de ahorrarse 80 horas de trabajo? Eso es lo que puede hacer un investigador si utiliza la inteligencia artificial para revisar la bibliografía de un artículo académico. Dos semanas enteras de trabajo. Ha leído bien.
¡Claro que sí! Ciertamente es motivo de legítimo orgullo para cualquier nación contar dentro de su territorio, con algunas de las obras de arte más antiguas de la humanidad. Las cuevas de Altamira son parte de un tesoro del patrimonio cultural no apenas español sino mundial.
Ninguno de nosotros ignora el significado del sustantivo “clavo”, como esa pieza larga, delgada y metálica, con cabeza y punta, que se puede introducir en alguna parte o que se usa para asegurar una cosa a otra: ‘Trajo algunos clavos para colgar sus diplomas’. Este primer valor se complementa con otros, como el que se refiere a la dureza o callo, de forma piramidal, que se forma generalmente en los pies: ‘El podólogo le suministró un remedio para aliviar el sufrimiento de un clavo en su pie izquierdo’.
¿Nos podemos referir a alguien de Brasil como “iberoamericano” o “latinoamericano”? ¿Es lo mismo un Foro “Iberoamericano” que uno “Latinoamericano”? ¿Son la misma cosa la literatura latinoamericana y la hispanoamericana? ¿Qué tienen que ver Canadá y Francia con el concepto de “latinoamericano”?
Al hablar de manera coloquial, usamos frecuentemente vocablos que designan partes de nuestro cuerpo, en locuciones diversas, que evocan distintas connotaciones. Así sucede con el sustantivo 'cara', que va adquiriendo acepciones varias, según el ámbito en que se emplee; puede ser sinónimo de "semblante", como representación de algún estado de ánimo en el rostro: "No mostraba buena cara". Si estamos aludiendo a medallas y monedas, 'cara' equivale a "anverso": "En esa cara, la medalla tiene el escudo de la institución".
El verbo haber, heredero del latín habēre ‘tener’, y del medieval y renacentista aver, tiene en castellano dos usos principales (además de otros que no voy a tratar aquí): 1) como verbo auxiliar, para formar los tiempos compuestos de los demás verbos (he comido, habías escrito, hayamos tenido) y 2) ‘existir’, ‘estar en alguna parte’: (hay un plato sobre la mesa, hubo tres muertos en el accidente, había diez libros en el estante).
A veces, el lingüista Luis Fernando Lara (Ciudad de México, 81 años) sueña que las palabras lo persiguen. Un día, después de trabajar con uno de esos vocablos que en México pueden tener más de 20 significados, Lara se fue a casa con la cabeza revuelta. Antes de dormir quiso relajarse y ver una película: El planeta de los simios. “A propósito de que el diccionario se mete con la vida privada de uno, me acosté y empecé a soñar que esa palabra era un simio y que me perseguía”, cuenta, entre risas.
La vicedirectora de la Real Academia Española (RAE), Carme Riera —mallorquina, autora de ficción y profesora de Literatura— abogó recientemente por “frenar” la “invasión” de los términos ingleses auspiciados por la tecnología; lo achacó al “papanatismo” —la actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica— y propuso, por ejemplo, hablar de “los y las influyentes” en lugar de “los y las influencers”.









