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Artículos archivados

¡Claro que sí! Ciertamente es motivo de legítimo orgullo para cualquier nación contar dentro de su territorio, con algunas de las obras de arte más antiguas de la humanidad. Las cuevas de Altamira son parte de un tesoro del patrimonio cultural no apenas español sino mundial.

Ninguno de nosotros ignora el significado del sustantivo “clavo”, como esa pieza larga, delgada y metálica, con cabeza y punta, que se puede introducir en alguna parte o que se usa para asegurar una cosa a otra: ‘Trajo algunos clavos para colgar sus diplomas’. Este primer valor se complementa con otros, como el que se refiere a la dureza o callo, de forma piramidal, que se forma generalmente en los pies: ‘El podólogo le suministró un remedio para aliviar el sufrimiento de un clavo en su pie izquierdo’.

¿Nos podemos referir a alguien de Brasil como “iberoamericano” o “latinoamericano”? ¿Es lo mismo un Foro “Iberoamericano” que uno “Latinoamericano”? ¿Son la misma cosa la literatura latinoamericana y la hispanoamericana? ¿Qué tienen que ver Canadá y Francia con el concepto de “latinoamericano”?

Al hablar de manera coloquial, usamos frecuentemente vocablos que designan partes de nuestro cuerpo, en locuciones diversas, que evocan distintas connotaciones. Así sucede con el sustantivo 'cara', que va adquiriendo acepciones varias, según el ámbito en que se emplee; puede ser sinónimo de "semblante", como representación de algún estado de ánimo en el rostro: "No mostraba buena cara". Si estamos aludiendo a medallas y monedas, 'cara' equivale a "anverso": "En esa cara, la medalla tiene el escudo de la institución".

El verbo haber, heredero del latín habēre ‘tener’, y del medieval y renacentista aver, tiene en castellano dos usos principales (además de otros que no voy a tratar aquí): 1) como verbo auxiliar, para formar los tiempos compuestos de los demás verbos (he comido, habías escrito, hayamos tenido) y 2) ‘existir’, ‘estar en alguna parte’: (hay un plato sobre la mesa, hubo tres muertos en el accidente, había diez libros en el estante).

A veces, el lingüista Luis Fernando Lara (Ciudad de México, 81 años) sueña que las palabras lo persiguen. Un día, después de trabajar con uno de esos vocablos que en México pueden tener más de 20 significados, Lara se fue a casa con la cabeza revuelta. Antes de dormir quiso relajarse y ver una película: El planeta de los simios. “A propósito de que el diccionario se mete con la vida privada de uno, me acosté y empecé a soñar que esa palabra era un simio y que me perseguía”, cuenta, entre risas.

La vicedirectora de la Real Academia Española (RAE), Carme Riera —mallorquina, autora de ficción y profesora de Literatura— abogó recientemente por “frenar” la “invasión” de los términos ingleses auspiciados por la tecnología; lo achacó al “papanatismo” —la actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica— y propuso, por ejemplo, hablar de “los y las influyentes” en lugar de “los y las influencers”.

De la pluma de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad fue, y parece que sigue siendo, la novela en español más celebrada en este planeta. Literatura de ficción, aunque también en esencia de no ficción, que versiona la realidad como no podría haberse hecho en Londres, París o Nueva York.

Son frecuentes, sobre todo cuando hay cambios en el diccionario, las críticas a la Real Academia Española por xenófoba, racista, antisemita, machista, homófoba, misógina y cualquier otra acusación de incitación al odio o rechazo a un colectivo. Suele imputársele incluir acepciones ofensivas a la dignidad.

Quizás esta acusación surja por la extendida costumbre de no leer los prólogos, preámbulos, introducciones, avisos y advertencias que preceden a los diccionarios. Precisamente, en el preámbulo de la última edición del diccionario académico, la del Tricentenario, se afirma:

Un artículo publicado recientemente por la edición española de Huffington Post explica que, según la Academia española, la expresión interrogativa “¿qué hora es”? es la preferida por la “norma culta general” del español, aunque reconoce generosamente que la forma plural ¿qué horas son? se emplea en algunas regiones de América Latina, “donde se ha arraigado en el habla popular”, es decir, en el habla de las clases bajas.