El orden y la prolijidad

Al abordar el uso del vocablo ‘orden’, vemos que no es lo mismo decir “Acatamos la orden” que afirmar “El orden fue alterado”. Si bien el origen es el mismo, pues la etimología nos remonta al latín “ordo”, el uso nos señala que puede tener acepciones diferentes, según sea masculino o femenino. Diremos ‘el orden’, en primer lugar, si nos estamos refiriendo a la “colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”: “Reinaba un orden digno de alabanza”. Análoga es la segunda acepción ya que nos dice “concierto, buena disposición de las cosas entre sí”: “El lugar transmitía paz por su orden interno”.
Otra acepción tiene que ver con el “ámbito de materias o actividades en el que se enmarca alguien o algo”: “Esos reclamos provienen del orden social y religioso”. También se llama ‘orden’ al nivel o categoría que se atribuye a alguien o algo: “Son profesionales de primer orden”.
Específicamente, en materia botánica o zoológica, se denomina ‘orden’ a cada uno de los grupos taxonómicos en que se dividen las clases y que se subdividen en familias: “El lagarto es un reptil del orden de los saurios”. “Estudiamos las tortugas como reptiles marinos y terrestres del orden de los quelonios”.
En la esfera religiosa, hablar de ‘orden’ implica referirse a “uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica, que reciben los obispos, presbíteros y diáconos”. Se habla también de ‘orden sacerdotal’; asimismo, se puede hablar de ‘orden mayor’ y de ‘orden menor’, según abarque, respectivamente, al diácono, subdiácono y sacerdote, o al ostiario, lector, exorcista y acólito. Dentro también de la esfera religiosa, el sustantivo es femenino cuando se habla de ‘orden tercera’; con ello, se designa la “agrupación de seglares que, dependiendo de las órdenes mendicantes, tales como los franciscanos, dominicos, carmelitas, etc., se guían para lograr su perfección espiritual, en cierta extensión, por la regla de la orden correspondiente”.
Todos criticamos la infracción del ‘orden público’, porque entendemos por este concepto aquella situación de normal funcionamiento de las instituciones públicas y privadas, en la que las personas ejercen pacíficamente sus derechos y libertades.
Volviendo a la religión católica, será sustantivo femenino ‘orden’ cuando equivalga a “cofradía, comunidad o instituto religioso aprobado por el Papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes”: “Se estableció en ese pueblo desde hace dos siglos la orden mercedaria”.
Nuestro ejemplo inicial ‘Acatamos la orden’ contiene el sustantivo en género femenino porque equivale a “mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar”: “Cada uno de tus deseos son verdaderas órdenes para mí”. Tiene, en este sentido, como antónimo, el sustantivo ‘contraorden’.
Además, es femenino ‘orden’ si designa lo que se va a consumir en una confitería o restaurante: “No había nadie que tomara la orden de nuestro grupo y la cena se iba demorando”.
Mucho se discute acerca del género ‘orden del día’ pues, para algunos, es una locución femenina mientras que, para otros, es masculina: según la fuente académica, hablar de ‘orden del día’, en género masculino, es referirse a la determinación de lo que en el día de que se trata deba ser objeto de las discusiones o tareas de una asamblea o corporación: “No abordaron ese tema porque no había quedado incluido en el orden del día”. En cambio, la locución será ‘la orden del día’, como femenina, en la esfera militar si se refiere, diariamente, a la orden que se da a los cuerpos de un ejército o guarnición, señalando el servicio que han de prestar las tropas. Pero el Diccionario panhispánico de dudas indica que se dice ‘estar a la orden del día’ en femenino, si se quiere significar “estar a la moda, ser muy usual”: “Ese tipo de calzado abierto está a la orden del día”.
En las diferentes locuciones que figuran bajo la entrada ‘orden’, hallamos algunas femeninas y otras masculinas. Entre las primeras, ‘a la orden’ se puede usar en el comercio, para significar, respecto de un documento como un cheque o un pagaré, que es transferible por endoso; también, como una locución interjectiva, se utiliza para indicar acatamiento o saludo ante un superior; pero, si se dice ‘a la orden’/’a las órdenes’ se la está empleando como una fórmula de cortesía; en cambio, ‘a sus órdenes’ es una fórmula de carácter militar.
En cambio, es masculina la locución prepositiva ‘del orden de’ que tiene el valor de “aproximadamente en”: “Ha hecho una inversión del orden de los cuarenta mil dólares”. También es masculina la palabra ‘orden’ en la locución ‘llamar a alguien al orden’, cuyo valor significativo es el de hacerle una advertencia para que se atenga al asunto que se ha de tratar o, también, que guarde en sus palabras o en su conducta el decoro debido.
Y decir ‘sin orden ni concierto’ es una locución adverbial, en que ‘orden’ está usado como sustantivo masculino; toda la locución significa “desordenadamente, alocadamente, sin planificación”.
Asociamos la idea de orden a la de prolijidad; en efecto, al referirse al adjetivo ‘prolijo’, esta cualidad está aludiendo al esmero y cuidado. ¿Y cómo se indica, a través de un verbo, “el poner prolijas las cosas”? Existe el verbo ‘prolijear’ que, según el diccionario académico, es sinónimo de “extenderse en demasía en explicaciones y digresiones”; pero es el Diccionario de americanismos el que explica que en Argentina y en Uruguay, existe el verbo ‘emprolijar’, como sinónimo de “arreglar o mejorar algo”; también, “ordenar un lugar” y “colocar ordenadamente varias cosas”.
El adjetivo que indica la noción contraria a ‘prolijo’ es, para Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay, ‘desprolijo’, que significa “descuidado, sin esmero”. Así lo registra el diccionario académico de la lengua.
Nuevamente es el Diccionario de americanismos el que registra el adjetivo ‘improlijo, -a’, que significa, referido a cosa, “hecha sin esmero o cuidado” y, referido a persona, “que hace las cosas descuidadamente o sin esmero”.
En este sentido, la misma fuente registra el sustantivo ‘improlijidad’ (falta de esmero) y el adverbio ‘improlijamente’ (con descuido).
Voy a dejar el pensamiento de Arthur Schopenhauer para consideración de los lectores: “La vida y los sueños son páginas de un mismo libro; leerlo en orden es vivir; ojearlo es soñar”.