Jueves, 03 de diciembre de 2020

Verbos y versos de una adolescente insegura

18/06/2020
Julia Santibáñez

La autora

Había cumplido los doce. Tenía espinillas en el ánimo, dudas por minuto y los pechos más belicosos de lo que mi inseguridad merecía. Oh, hados: mientras a mis amigas les creció la nariz, a mí se me voluptuoseó la delantera. Por esa época hubo un concurso de oratoria en el Green Hills. Miss Cristina, que daba literatura, estaba enterada de mi interés por la poesía y me convenció de recitar un poema, repetirlo de memoria con gestos cursis. Me propuso textos y escogí uno no muy comprensible y de sonido agradecible: “¿Qué te acongoja mientras que sube / del horizonte del mar la nube, / negro capuz?”. Si bien no entendía “acongoja” ni “capuz”, el ritmo me rejugaba entre los dientes. “Deja que el viento amague / y el trueno asorde y el rayo estrague / campo y ciudad…”.

Ya memorizado, lo dije con manoteo recio —tuve cuidado de esquivar mis ubres— y gané el concurso. Sin motivo, celebré como si el mundo se fuera a terminar. Años después tuve clara la razón. Había obtenido la certeza de algo más trascendente que mis pudores: el enamoramiento de las palabras, el hecho de disfrutar como nada esa brincadera tanto sensorial como sensual de sustantivos y verbos en la lengua, los de Salvador Díaz Mirón o, por decir algo, los de María Luisa la China Mendoza, en la novela De Ausencia: “Maniática de la tristeza de recordar, ni siquiera tenía las armas y los siglos para escribir su memoria, en eso era esencial desempacar las palabras y las paciencias y ella se quedaba embelesada con unas cuantas: berberisco, berebere, fedayín, cantimplora, alacena, alfajores, cosas así”.

Me fascina conocer el significado de un vocablo, sus posibilidades cuando lo estiro o tuerzo como un chicle. La geometría alucinante que puede adoptar. Ese desbordamiento entinta cada línea mía como escritora, pero a los doce años aprendí intuitivamente que cada letra tiene un sonido. Y conlleva cierta carga emocional. Y músicas. Rimas. La a es abierta, ligera, clara, como las palabras en las que canta. Puesta junto con otras forma una cadencia: puede ir de un vals al galopar de un caballo. Las letras comunican color, emoción, tamaño. Uva es como la fruta, mínima y perfecta, señala Hugo Hiriart, mientras mastodonte tiene peso, volumen. Entonces apenas adivinaba esa revelación; ahora dedico muchas horas en mi trabajo como poeta a seguir explorándola.

A La Utora adolescente, el cuerpo le creció en proporción a los senos —estos dejaron de ser un problema— y le dio por buscar con afanosidad y minuciosidad pasajes que le hicieran feliz la boca. Hoy ese mismo gusto le regala este juego insuperable de Ramón López Velarde, quien desea invocar a una mujer “con una a impregnada / del licor de un banquete espiritual: / ¡ara mansa, ala diáfana, alma blanda, / fragancia casta y ácida!”.