Martes, 24 de noviembre de 2020

Vargas Llosa: “Borges hizo de nuestra lengua una revolución sin predecentes”

07/09/2020
Ricardo Quiroga

Jorge Luis Borges fue tanto insólito, notable y prodigioso como tímido y modesto, un autor que parecía estar más allá del bien y del mal. Esas son algunas de las impresiones de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, sobre el autor argentino, dueño de una de las plumas más notables en la historia de América Latina, a quien el escritor peruano dedicó su último libro Medio siglo con Borges, mismo del que habló la tarde de este jueves 3 de septiembre, en conversación con el periodista Raúl Tola, como parte del segundo día de actividades del Hay Festival Querétaro en su edición virtual.

“El mundo de Borges es un mundo muy alejado del mío. Soy un escritor más bien realista. Las ideas de Sartre sobre la literatura han estado siempre presentes en mí a la hora de escribir novelas. El tipo de escritor que trato de ser es muy distinto de Borges, lo cual no me impide admirarlo y reconocer a un escritor extraordinario, fuera de serie y que ha hecho sobre todo por la lengua en la que escribimos una revolución sin precedentes”, dijo el autor de La ciudad y los perros (1963).

Recordó la manera en la que comenzó a interesarse por la obra del argentino, un escritor de cuentos absolutamente notable, extraordinario, original, y no solo por los temas sino por su tratamiento, por lo que que era muy difícil no ceder a esa fascinación y a ese encanto.

“En ese momento yo era muy seguidor de Sartre y de todos los filósofos existencialistas que creían en la literatura comprometida, en la literatura como un arma para transformar la sociedad, para lograr el socialismo. Y claro, ante ese tipo de enseñanzas Borges resultaba muy irritante. Era una persona a la que no le interesaba la política, no tenía ningún interés en cambiar la sociedad y, más bien, hacía literatura fantástica”.

Señaló que Borges estaba convencido de que la literatura era “la salvación en sí misma”, por lo que durante su juventud, admitió, comenzó a leer a Borges “a escondidas” y más tarde, sin vergüenza, asumió la admiración que “siempre le he tenido”.

Pegó en Francia, después en América Latina

La visita de Borges a Francia en 1963, cuanto todavía era un escritor de minorías, dijo Vargas Llosa —quien entonces residía en París—, deslumbró a los franceses, quienes dedicaron distintos números de revistas, reeditaron los libros ya habidos y publicaron los nuevos, en un momento en el que el nacido en Buenos Aires en 1899 tenía prácticamente escrita gran parte de su obra o al menos lo más relevante. Explicó que fue el idilio por las letras del argentino desde Francia lo que finalmente generó la simpatía en América Latina y no al revés.

Fue muy emocionante para un latinoamericano estar en Francia y ver el deslumbramiento que produjo en ellos un hombre casi ciego, que caminaba con dificultad, con un francés impecable y tan literario que sorprendía a los propios franceses”.

El también autor de La casa verde (1966), Conversación en la catedral (1969) y La fiesta del chivo (2000) identificó en la obra de Borges un realismo no limitado en lo costumbrista sino que aceptaba todas las dimensiones de la realidad, incluso la fantástica. Tenía una memoria literaria tan prodigiosa, dijo, que daba la impresión de haberlo leído todo. Por todo eso, el mundo de Borges era insólito, calificó, lo mismo que su manera de redactar tantas ideas como palabras.

“Me sorprendió la modestia con la que vivía (en los años 80, cuando ya era una celebridad). Siempre se le había asociado a una sociedad más bien privilegiada. El departamento que tenía era muy sencillo, con dos dormitorios. Ya había perdido la vista hacía muchos años. Lo que más me sorprendió es que no hubiera libros suyos ni sobre él. Le pregunté ‘¿por qué no hay ningún libro de usted ni sobre usted’. Me respondió con mucha gracia: ‘¿quién soy yo para compararme con Shakespeare o con Cervantes?’.

“Nunca llegué a ser su amigo. Yo creo que era muy difícil ser amigo de él ya cuando era muy famoso. Yo creo que se encerraba en la persona que había inventado, la que daba las conferencias, la que daba las entrevistas, de tal manera que solo la primera vez tuve la sensación de haber hablado con Borges. Después ya no hablaba con él sino con esa persona que se había inventado para mantener un poco a raya a sus admiradores y para que no invadieran su intimidad que protegía mucho”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx