Lunes, 17 de mayo de 2021

Una lengua que no cesa nunca de parir

23/04/2021
Marcia Brédice

Hablo español. Hablo el español de la Argentina desde que alguien me inauguró con nombre propio, me acunó con nanas y me apapachó con la voz arrulladora de esa lengua que enamora por sonoridad a todo el mundo.

Hablo español desde que comencé a balbucear mis primeras palabras: tau, pá, má. Tuve la fortuna de vivir en la casa de mis abuelos maternos y de tener quince tíos abuelos a los que visitaba o a los que recibía cada domingo. De oír incontables historias e incontables maneras de contarlas, alrededor de una mesa en la que se mezclaba el español castizo, el cocoliche y hasta un poco de piamontés. Todos ellos eran, sin dudas, grandes artífices del lenguaje y de la anécdota. Esa virtud, ese atributo, los hacía únicos para mí. Sabían cómo hacer de un mínimo incidente, un extraordinario circunloquio; y en esa facundia, en esa facilidad que tenían por encontrar las palabras y tejer grandes e inverosímiles relatos, yo me perdía, escuchándolos, como en un canto de sirenas.

El humor de mi tío Miguel, la verborragia de mi tía Ana, las mentiras cuidadosamente inventadas de mi tío Enrique, la observación silenciosa de Juan que hablaba sin palabras, el tono chillón de Teresa, las cálidas muletillas de Adela, la dulzura expresiva de Atilio, las pausas repletas de sentido de Rufino y Salvador, lo inconfesable de Alcira y de Rosa y hasta la acentuación oxítona de mi tío Nito. Podría seguir repasando, detalle a detalle, cómo sus voces resonaban —y aún resuenan— en mí. Sin saberlo, todos ellos, visita a visita, domingo a domingo, fundaban mi matriz lingüística, mi origen en el lenguaje, las voces y expresiones que aún forman parte de ese primer caudal léxico sobre el que se sedimenta mi expresión idiomática.

También tuve la ventura de crecer al lado de una abuela que, sentada durante horas, resolvía crucigramas. Había aprendido a leer y a escribir con Leticia Cossettini en la escuela "Dr. Gabriel Carrasco" del barrio Alberdi de Rosario. Todos los días hojeaba la edición en dos tomos de tapa dura y cubiertas color carmesí del Diccionario Magíster de la Lengua Española. Era una edición de Editorial Sopena del año 1966. Aún hoy puedo sentir el olor y la textura de sus páginas y de su tapa, el color dorado de las letras grabadas en su lomo, la grafía cuadrada de mi abuela dibujando palabras en los casilleritos de esos tableros de ajedrez recortados de la última página de viejos diarios. Puedo oírla pidiéndome que busque en la pé o en la cé, en la hache o en la ene. Puedo ver a esa nena de ocho o diez años, metiendo los dedos en el vértice superior derecho, curioseando en las cornisas de las páginas hasta dar con el tesoro escondido de la definición. Puedo oír a mi abuela, María Molinero, corrigiéndome en mis pronunciaciones como una María Moliner. Dícese, no «dicese». ¿Qué dice de libertad? Libertad. Del latín. Dícese de la facultad del hombre para elegir su propia conducta, de la que, por lo tanto, es responsable. Puedo, incluso hoy, seguir sintiendo la búsqueda en un diccionario con la misma adrenalina, la misma avidez y la misma curiosidad con la que buscaba a mis ocho años.

Esos dos pasajes de mi vida —y algún otro en que los silencios pesaron más que las palabras—, fueron determinantes en mi inclinación por el estudio de la lengua y, en especial, por la lexicografía, ese intento de ceñir lo «incorsetable» del significado de las palabras, de elaborar definiciones, de recopilar en un orden alfabético el léxico del español. Todo eso se convirtió en mi pasión, en mi oficio cotidiano; así como transferir el conocimiento de la lengua y profesar el amor por esa disciplina. No hay escena de mi infancia (no hay escena de ninguna infancia) en la que no aparezca el sonido o el silencio de las palabras como elemento fundante, trascendente y revelador.

Es que la vida empieza con la palabra. La palabra funda nuestra llegada al mundo cuando se nos nombra por primera vez y, una vez ya inmersos en el lenguaje, no hay experiencia transmisible sin ella. Estamos hechos de palabras. Somos palabras. Somos nuestra lengua. Somos el nombre que nos nombra, más todo el caudal que incorporamos a lo largo de nuestra experiencia vital. En la lengua materna se funda nuestro mundo humano y nuestra expresión, y es también la lengua materna la que nos rescata de los límites de la separatividad al inscribirnos en una comunidad lingüística, donde se produce la verdadera alquimia, la transmutación de la lengua en oro: el encuentro comunicativo con los otros.

El español, esa lengua que me maternizó, hoy es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos. La hablan casi quinientos millones de personas y es lengua oficial en veintiún países. Su diversificación hace de ella un verdadero milagro. Con léxicos diferenciales y matices fonéticos distintos, el español peninsular, el español americano con sus vastas regiones dialectales, el español ecuatoguineano y hasta el español hablado en otros lugares del mundo como segunda lengua es, es definitiva, uno solo. Constituye una unidad. Una unidad extraordinariamente rica en su diversidad que hace que podamos entendernos más allá de las diferencias. La entonación cadenciosa de los caribeños; el tono andino de los ecuatorianos y de los peruanos; el seseo del español americano todo y del español de Canarias; el marcado yeísmo del rioplatense —más los incontables matices de los dialectos dentro del español de la Argentina—; el ceceo de los andaluces; la dulzura de los diminutivos en El Salvador, en Honduras o en Nicaragua; el leísmo de los paraguayos y su diglosia español-guaraní; la entonación ascendente y descendente de los chilenos; la combinación del usted con el tuteo de los colombianos. Cada región dialectal, cada comunidad lingüística y cada hispanohablante imprimen en la lengua su sello único y particular.

Hoy es el Día Mundial del Idioma Español y seguramente habrá confrontaciones mediáticas sobre si es «español» o «castellano»; si es posible el cambio gramatical del masculino genérico a la instalación de la «e» como morfema de género inclusivo; si el español mejor hablado es el de Colombia o el de España.

Como alguna vez dijo Ivonne Bordelois, las discusiones lingüísticas son siempre peligrosamente atractivas, porque dividen el mundo hispanohablante en dos: los que creen que primero está la lengua real y los que creen que primero está la norma lingüística.

No hay formas incorrectas para una lengua real que muta todo el tiempo, que se expande, se despliega y crece como una materia orgánica en la que cada palabra se vuelve hermosa a la luz de quien la pronuncia o de quien la escribe.

 

Hoy celebramos eso. Una lengua que, como un organismo vivo, no cesa nunca de parir.

* Profesora en Letras. Mg. en Lexicografía Hispánica

marciabredice@gmail.com