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Teoría y práctica de la traducción (sin inteligencia artificial)

28/09/2023
Antonio Rivero Taravillo

Monje medieval traduciendo un pergamino

Valery Larbaud, que tuvo parte en la traducción de Ulises al francés, escribió en limpio español (vivió largas temporadas en nuestra patria): “la enumeración de todos los teóricos de la traducción sería el cuento de nunca acabar”. Y si uno quisiera servirse de ellos para rellenar con su argamasa este artículo, emplearía una cuadrilla tan numerosa que en un visto y no visto quedaría acabada la laboriosa torre de Babel. Miguel Ángel Vega reunió hace ya casi treinta años –un suspiro en esta cadena de reflexiones– Textos clásicos de teoría de la traducción (Cátedra), que abre con juicios de Cicerón y Plinio el Joven.

San Jerónimo y Maimónides escribieron asimismo sobre la traducción (este último con particular perspicacia acerca de la necesidad de la flexibilidad y de rehuir la traslación literal). Lo hicieron también Bembo y Dante, fray Luis de León y Dryden, Novalis y Schlegel. La lista, muy larga, sirve para subrayar que los mejores cerebros han estado siempre atentos a la traducción y los problemas que plantea. Muchos grandes autores la han realizado y no pocos poetas la han visto como una vía paralela de su propia creación, hasta reunir acopios de versiones. Volúmenes así firman Octavio Paz, Jorge Guillén, Robert Lowell o, ya póstumamente, Seamus Heaney, de quien hace unos meses se publicó el conjunto de sus traducciones, entre las cuales se incluyen, del español, versos de san Juan de la Cruz.

Con pareceres que difieren enormemente según temperamentos y épocas, en general se puede decir que quienes se han interesado por el asunto entienden que una buena traducción debe evitar tanto la paráfrasis como la literalidad (y cuanto más rico y creativo sea el lenguaje utilizado, con más razón habrá que renunciar al imposible calco y necesario buscar más la semejanza, el parecido, lo cual llega al caso extremo de la poesía, donde las palabras no están elegidas en abstracto, sino en función habitualmente de la métrica y, más raramente hoy, pero no en el pasado, de la rima o las aliteraciones). En Cartas filosóficas (1734), Voltaire exclamó: “¡Ay de quienes hacen traducciones literales que, al traducir palabra por palabra, embotan los sentidos! Bien se puede decir aquí que la letra mata y el espíritu vivifica”.

Una traducción debe resistir como la piedra de Rosetta la comparación con el original, pero igualmente ha de aspirar a su autonomía, a la feliz olvidanza de ese texto que la precede e inspira. Hace trece años en Villa Ocampo, la casa de la escritora argentina en San Isidro, a las afuera de Buenos Aires, compré un ejemplar de un monográfico de la revista Sur (1976) dedicado a la traducción. Entre las páginas valiosas que atesora hay una encuesta a varios escritores traductores, entre los que se contaban José Bianco, Alberto Girri y Jorge Luis Borges. Este, en una respuesta que no recuerdo haber leído reproducida, refutaba brillantemente (cómo si no) la traducción literal de la poesía y argüía que “Shakespeare es intraducible a otro inglés que no sea el suyo. Imaginemos una traducción literal de un verso de Darío: ‘La princesa está pálida en su silla de oro’ es literalmente igual a ‘En su silla de oro está pálida la princesa’. En el primer caso el verso es muy lindo ¿no?, por lo menos para los efectos musicales que él busca. Su traducción literal, en cambio, no es nada, no existe”.

Sin embargo, para Borges, la traducción de prosa es plenamente posible: ahí está el Quijote, que ha cosechado los mayores elogios entre quienes no saben español, argumenta, del mismo modo que todo el mundo reconoce que Tolstoi o Dickens fueron grandes escritores. ¿Y cuántos los han leído en ruso o en inglés?

Para el lenguaje utilitario la traducción literal también es posible, aunque esté plagada de errores fruto de la pereza y del desconocimiento. Y los que vamos cumpliendo años cada vez nos reconocemos menos en nuestro propio idioma, en el que se han ido infiltrando acepciones que no existían hace unas décadas, por imitación del inglés. Cada vez se traduce peor por el común, incluidos los periodistas, y mejor por los traductores que aúnan la suma de vocación y técnica, sobrepuestas a lo roñoso de muchos editores. Afortunadamente, también el número de las traducciones directas crece, incluso de idiomas lejanos en lo geográfico y en el árbol, o más bien bosque, de las familias de las lenguas.

Adalber Salas Hernández acaba de publicar Retrato del traductor con cabeza de perro. Para una traducción calibánica (Libros de la Resistencia, 2023). Es un brillante y documentado estudio de la traducción a la luz de la última obra de teatro de Shakespeare, la polisémica La tempestad. “The Tempest se organiza en base a traducciones”, afirma. Y señala cómo Ariel siempre se está trasvistiendo y transformando en otra cosa, cambiando de apariencia según le vaya dictando Próspero. En cuanto a Calibán, “es un ser impreciso, que ningún otro personaje consigue definir o clasificar”. Se trata de una obra que traduce y ha sido traducida a diversos lenguajes (el teatral, el narrativo, el cinematográfico).

Basa su ensayo en la antropofagia, como evidencia el título del capítulo “Devorar la lengua del amo para una traducción caníbal”. Siguiendo a Haroldo de Campos, declara: “Pienso en una traducción caníbal: una traducción que expropie, desjerarquice, deconstruya. Que traduzca, tras consumirlas, las rendijas, los intersticios del texto original, sus articulaciones y tendones, que le invente un esqueleto, que reformule las mareas de su riego sanguíneo”.

“La traducción no puede ofrecer equivalencias; solamente falsificaciones, huecas promesas de semejanza”, piensa Salas, quien agrega: “La traducción trabaja por adulteración. Toma las palabras del original, las falsifica, produce réplicas fraudulentas. Promete entregar la obra de un autor, sus frases encadenadas en una especie de ristra verbal, pero sólo nos brinda la voz de otro, de alguien más: el adúltero. Su método es el doblez”. Buena comparación o metáfora. “El traductor debe volverse una criatura mítica. Un híbrido. Una quimera. […] Un monstruo, un zombi, un cínico. […]  Debe volverse Calibán, valerse de su lengua torcida. Lengua contra-hecha, hecha en contra, lengua de la imprecación y la revuelta”, prescribe igualmente.

Salas es poeta, con una obra repartida entre editoriales de Venezuela, México y de España, y varios de sus libros traducidos al alemán y al italiano. Asimismo, es autor de ensayos y, por lo que aquí concierne, traducciones de importantes escritores en inglés y francés como Jamaica Kincaid, Charles Wright, Pascal Quignard o Antonin Artaud. Presta, por ello, al teorizar o bajar a la arena, el servicio de que hablaba Madame de Stäel en El espíritu de las traducciones (1816): “Transportar de una lengua a otra las obras maestras del espíritu humano es el más eminente servicio que se pueda prestar a la literatura”.