Jueves, 03 de diciembre de 2020

Ni limpia, ni fija, ni da esplendor

03/08/2020
Francisco García Campos

Vitral del edificio de la Academia Española

Con estupor, leo que se celebra una década de rebeldía ortográfica, promovida desde la Real Academia Española para desobedecerse a sí misma. Con el ínclito Vargas Llosa a la cabeza, algunos de sus miembros se empecinan en conservar la tilde del  “solo” adverbial, en lo que no deja de ser una cruzada ortográfica en verdad paradójica.

Hace más de dos décadas que no uso esa tilde. “No seas antiguo”. Unas palabras de Humberto López Morales bastaron para sanarme. Si eso pensaba quien ya era el vértice de todas las academias hispanas, la ocurrencia de Llosa y compañía me parece todavía más estrambótica, un indicio poco halagüeño de la institución a la que pertenecen.

La RAE nació en el siglo XVIII con la misión explícita de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua. Era una manera dieciochesca de ocuparse de lo que hoy se conoce como planificación lingüística, mediante la que se organiza la vida social de las lenguas. En su arranque la RAE cumplió brillantemente con ese cometido. Pero con el paso del tiempo todo se le ha hecho cada vez más complejo. Cierto que, mientras López Morales desempeñó el cargo, las academias hispanas han tenido una trayectoria consistente. Pero con su jubilación, todo ha vuelto a su estado habitual.

Las buenas intenciones de la RAE (en la mayoría de las ocasiones) no la eximen de haber sido sobrepasada por los tiempos. Hoy se requiere de máxima competencia profesional para afrontar esas tareas, sobre todo en una lengua con la dimensión y el calado mundial de la nuestra. La RAE cuenta con personas de trayectoria muy loable, solo que competentes en otros menesteres: literatos, periodistas, pensadores, figuras sociales. Incluso ha incorporado lingüistas, sin llegar a lo que sería razonable. Algunos de ellos son autoridades reconocidas. Pero, de nuevo, nunca han estado vinculados a la planificación lingüística.

Hace también casi una década apareció El dardo en la Academia, que situaba la cuestión en sus justas coordenadas. La RAE ya ni limpia, ni fija ni da esplendor. Hace otras cosas, que son de otro tiempo, para lo que recluta académicos con otras competencias. Pero el caso es que esta lengua, y naturalmente este país, necesitan de actuaciones en materia lingüística acordes con las coordenadas históricas entre las que nos desenvolvemos, reto para el que la RAE simplemente ya no está preparada. Sin duda, deberemos estarle eternamente agradecidos, sobre todo si deja paso a una institución con hechuras contemporáneas.