"El error ortográfico puede delatar a un criminal": la lingüista forense Sheila Queralt revela cómo una palabra puede resolver un crimen

¿"Puede una sola palabra cambiar el rumbo de una investigación policial?", preguntaba Jaime Cantizano. Sheila Queralt no duda: sí. Su laboratorio examina textos y audios con la misma precisión con la que la policía inspecciona huellas o fibras.
"Cualquier detalle lingüístico puede aportar tanta claridad sobre la autoría de un crimen como un casquillo de bala", asegura.
Sheila Queralt fundó su laboratorio de investigación en torno a esta cuestión tras el cierre del que había dirigido en una universidad. "Decidimos emprender de forma privada porque creíamos en la necesidad de que esta disciplina siguiera viva en España", explica. Desde entonces, trabaja con cuerpos policiales y juzgados de todo el país.
Crímenes escritos con palabras
El grueso de los casos que llegan a su laboratorio tiene que ver con violencia de género. "Las víctimas quieren saber si el que les escribe mensajes anónimos es su expareja", comenta. Analizan conversaciones, correos o mensajes de redes sociales en busca de patrones de amenaza o manipulación emocional. "A veces las amenazas no son tan directas como un 'te voy a matar'. Son más sutiles, y pueden pasar inadvertidas para un juez".
Incluso puede identificar a quienes ocultan su identidad digital. "Cuando alguien cree que está protegido por el anonimato, no piensa que un lingüista puede desenmascararlo por su forma de escribir", advierte.
Lenguaje, estafas y errores reveladores
Los "estafadores del amor" son otro de los frentes de Sheila Queralt. Los analiza fragmentando sus mensajes: "Queremos saber cómo logran seducir y engañar a las víctimas. Utilizan estrategias verbales similares a las de un vendedor, pero con un fin mucho más oscuro".
Su equipo también trabaja con editoriales, instituciones o empresas que buscan interpretar cláusulas ambiguas o detectar plagios. En una ocasión, un análisis lingüístico de una cláusula permitió ganar 1,8 millones de euros en un conflicto laboral. "Todo se resolvió con un árbol sintáctico", cuenta entre risas.
Y no duda en reivindicar el valor de los errores: "Somos los únicos amantes del lenguaje a los que nos encantan los errores ortográficos. Son patrones. Si no acentúas una palabra esdrújula, probablemente no lo harás nunca".
Inteligencia artificial: aliada y sospechosa
El auge de la inteligencia artificial plantea nuevos retos. "Ahora cuando analizamos un texto, lo primero que debemos preguntar es: es humano o máquina?", explica Queralt. Aunque admite que "por el momento la IA no puede sustituir a un lingüista forense", reconoce que "cada vez es más difícil distinguir las voces artificiales de las reales".
En su laboratorio ya investigan cómo detectar textos generados o editados por IA: "Los humanos que usan IA dejan su huella lingüística detrás, incluso cuando una máquina actúa de filtro".
Cuando una voz inocente cambia una condena
Uno de los casos más emblemáticos que recuerda es el del español Óscar Sánchez, encarcelado en Italia durante más de 600 días por un error de identificación de voz. "El juez creyó que una grabación pertenecía a él, pero en realidad era de un narco uruguayo", detalla. Se necesitaron seis informes lingüísticos para demostrarlo. "Bastaba con que un hispanohablante oyera la grabación: los acentos eran completamente distintos".
Del mismo modo, su trabajo fue clave en el caso de la bibliotecaria Helena Giovanni, asesinada en Sabadell. En 2017, su laboratorio analizó los anónimos que llevaron al suicidio en prisión de Montserrat Careta, acusada del crimen. "Determinamos que era muy probable que no los hubiera escrito ella. Aquello reabrió la posibilidad de investigar a otro sospechoso, hoy en prisión".