Jueves, 25 de febrero de 2021

El ‘silbo gomero’ un lengua de silbidos que resuena en la isla canaria de La Gomera

18/02/2021
Raphael Minders

Estudiantes de silbo en una escuela de La Gomera. Finbarr O'Reilly (NYT)

Sentado en lo alto de un acantilado en las Islas Canarias, Antonio Márquez Navarro hizo una invitación “Vengan aquí, vamos a sacrificar el cerdo” pero no dijo una palabra sino que simplemente lo silbó.

A lo lejos, tres excursionistas pararon en en seco ante el penetrante sonido y su eco que rebotaba en las paredes del barranco que los separaba.

Márquez, de 71 años, dijo que en su juventud, cuando los pastores locales, y no los turistas, recorrían los escarpados senderos de su isla, sus noticias habrían sido recibidas inmediatamente por un silbido de respuesta, alto y claro.

Pero su mensaje se perdió en estos visitantes, que pronto reanudaron su camino en La Gomera, una de las Islas Canarias.

Márquez es un orgulloso guardián del lenguaje silbado de La Gomera, al que llamó “la poesía de mi isla”. Y, añadió, “como la poesía, el silbo no necesita ser útil para ser especial y bello”.

El silbido de los nativos de La Gomera se menciona en los relatos del siglo XV de los exploradores que prepararon el camino para la conquista española de la isla. Con el paso de los siglos, la práctica se adaptó a la comunicación en castellano.

El silbo sustituye a las letras escritas por sonidos silbados que varían en tono y longitud. Infortunadamente, los silbidos no llegan a cubrir todo el alfabeto español, de modo que un sonido puede tener múltiples significados, lo que suscita algunos malentendidos.

Los sonidos de algunas palabras en español son los mismos como o ti y los de algunas palabras más largas que suenan de forma similar en el español hablado, como “gallina” o “ballena”.

“Como parte de una frase, la referencia al animal es clara, pero no lo es si se silba aislada”, dice Estefanía Mendoza, profesora de la lengua.

En 2009, el lenguaje de la isla, conocido oficialmente como “silbo gomero”, fue incluido por la Unesco en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; ese departamento de las Naciones Unidas lo describió como “el único lenguaje silbado del mundo que está plenamente desarrollado y es practicado por una gran comunidad”, en referencia a los 22.000 habitantes de La Gomera.

Pero como el silbo ya no es esencial para la comunicación, su  supervivencia depende principalmente del cumplimiento de una ley de 1999 que torna obligatoria su enseñanza obligatoria en el programa escolar de La Gomera.

Una mañana reciente, en un colegio de la ciudad portuaria de Santiago, una clase de niños de 6 años no tuvo mucha dificultad para identificar los sonidos del silbo correspondientes a los distintos colores o a los días de la semana, pero la cosa se complicaba cuando las palabras se incorporaban a frases completas, como “¿Cómo se llama el niño de los zapatos azules?”. Un par de niños argumentaron que, a diferencia del resto, habían oído el sonido del silbido correspondiente a “amarillo”.

Si interpretar un silbido no siempre es fácil, silbar los sonidos correctos puede ser aún más difícil. La mayoría de los silbadores introducen un nudillo doblado en la boca, pero algunos prefieren usar la punta de uno o dos dedos, mientras que unos pocos utilizan un dedo de cada mano.

“La única regla es encontrar el dedo que facilite el silbido, y a veces, desgraciadamente, nada funciona”, dice Francisco Correa, coordinador del programa escolar de silbido de La Gomera. “Incluso hay algunas personas mayores que entienden perfectamente el silbo desde la infancia, pero nunca en su vida lograron emitir ningún silbido claro.

 A dos silbadores les puede costar entenderse, sobre todo en sus primeros encuentros, y tienen que pedirse que repitan las frases, como si fueran extraños que hablan el mismo idioma con acentos diferentes. Pero “después de silbar juntos durante un tiempo, su comunicación se vuelve tan fácil como si hablaran en español”, explicó Correa.

Como ocurre con muchos idiomas, silbados o no, en La Gomera existe una brecha generacional.

Ciro Mesa Niebla, un agricultor de 46 años, dijo que le costaba silbar con una generación más joven formada en la escuela porque, dijo, “soy un montañés que aprendió en casa a silbar las palabras que nuestra familia utilizaba en el trabajo agrícola, pero no tengo el vocabulario de estos niños que aprenden a silbar en el salón, algo que es demasiado refinado para mí”.

Algunos residentes mayores también han dejado de silbar debido a problemas dentales. Márquez ha logrado seguir silbando con su dentadura postiza, “pero el silbido no sale tan fuerte ni tan fácilmente como cuando podía presionar con el dedo mis dientes de verdad”, dice.

En las islas hay profundos barrancos que van desde las altas cumbres y mesetas hasta el océano, debido al terreno escarpado, se necesita mucho tiempo y esfuerzo para recorrer incluso una distancia corta por tierra. El silbido se desarrolló como una buena alternativa para transmitir un mensaje, ya que su sonido llega más lejos que los gritos.

Los residentes más antiguos de La Gomera recuerdan cómo se utilizaba el silbo como lenguaje de advertencia, sobre todo cuando se veía una patrulla de policía buscando contrabando. En una reciente película de ficción, “Los silbadores” (The Whistlers), el silbo es utilizado por los delincuentes como un lenguaje secreto en clave.

Algunas otras islas del archipiélago tienen sus propias lenguas silbadas, pero su uso se ha desvanecido, aunque otra isla, El Hierro, ha comenzado recientemente a enseñar su versión. “El silbo no se inventó en La Gomera, pero es la isla donde mejor se ha conservado”, afirma David Díaz Reyes, etnomusicólogo.

En la actualidad, La Gomera depende en gran medida del turismo, lo que ha brindado una oportunidad para algunos jóvenes silbadores como Lucía Darias Herrera, de 16 años, que ofrece un espectáculo semanal de silbo en un hotel de la isla. Aunque normalmente silba en castellano, Darias también puede adaptar su silbo a otros idiomas hablados por su público, en una isla que es especialmente popular entre los alemanes.

Sin embargo, desde la pasada primavera, el coronavirus no sólo ha obligado a cancelar estos espectáculos, sino que también ha obligado a las escuelas a limitar la enseñanza de los silbos. En una época de mascarillas obligatorias, un profesor no puede ayudar a un alumno a recolocar un dedo dentro de la boca para silbar mejor.

Además, los niños más pequeños “hacen grandes esfuerzos para expulsar mucho aire, lo que significa que algunos escupen en lugar de silbar”, explica Correa, el coordinador de la escuela. Por eso, como precaución para evitar la propagación del virus, los niños pasan ahora su clase semanal de silbo escuchando grabaciones de silbo, en lugar de silbar ellos mismos.

Una dificultad adicional para los alumnos es que no siempre tienen muchas oportunidades de practicar el silbo fuera de la escuela. En la clase de niños de 6 años, solo cinco de los diecisiete levantaron la mano cuando se les preguntó si tenían la oportunidad de silbar en casa.

“Mi hermano sabe silbar muy fuerte, pero no me lo enseña, porque está siempre con su PlayStation o sale con los amigos”, se quejó una de las jóvenes, Laura Mesa Mendoza.

Aun así, a algunos adolescentes les gusta saludarse silbando cuando se encuentran en la ciudad y agradecen la posibilidad de charlar sin que muchos de los adultos que les rodean lo entiendan. Algunos tienen padres que fueron a la escuela antes de que el aprendizaje del silbo fuera obligatorio, o que se instalaron en la isla ya de adultos.

Por mucho que esté apegada a su teléfono celular, Erin Gerhards, de 15 años, se muestra entusiasmada por mejorar su silbo y ayudar a salvaguardar las tradiciones de su isla.

“Es una manera de honrar a la gente que vivió aquí en el pasado”, explicó. “Y de recordar de dónde vino todo, que no empezamos con la tecnología, sino desde comienzos sencillos”.

 

©2021 The New York Times Company.  Traducción de Ricardo Soca