Jueves, 16 de septiembre de 2021

Amanda Gorman: una laureada joven poeta con palabras poderosas

15/03/2021
Paula Corroto

Una joven poeta que saltó a la fama en la toma de posesión de Joe Biden, cuando recitó el poema "The Hill We Climb" (El monte que estamos escalando)

Todo buen culebrón suele ser una exageración melodramática de un asunto en principio estúpido. También sucede en el ámbito literario cuando se habla más de los autores –estrella– que de literatura aunque estemos en un terreno, 'a priori', intelectual. Ha ocurrido estos días con una serie de hechos y protagonistas que adolecen de cierta extravagancia, creándose una historia que tiene su mucho de guerra cultural, su parte de histeria colectiva en redes sociales y su bastante de "absoluta ignorancia y estupidez", según los traductores consultados por este periódico.

Por un lado, Amanda Gorman (Los Ángeles, 1998), poeta totalmente desconocida hasta que el pasado 20 de enero recitó el poema 'The Hill We Climb' en la ceremonia de inauguración de la presidencia de Joe Biden. A partir de entonces, miles de perfiles en la prensa mundial: la cuidó su madre, estudió en Harvard, pasó por Madrid para estudiar a Lorca en 2019, fue poeta laureada en 2017 y, además de ser una activista en pro de los derechos de las mujeres y el antirracismo, le encanta ser vestida por las grandes marcas. En cualquier caso, en unas semanas pasó de ser una donnadie a ser una 'celebrity' que incluso aparecía en la Super Bowl. No todos los poetas pueden decir lo mismo. Hace un mes, la editorial española Lumen publicitaba a bombo y platillo que su poemario 'The hill we climb', de 723 versos y con prefacio de Oprah Winfrey, sería publicado en español traducido por la también escritora Nuria Barrios (blanca: matiz importante a partir de ahora). Hasta ahí todo medio normal.

 Pero hace un par de semanas aparecían nuevos personajes y un giro en el relato. Uno de ellos era Janice Deul, una activista cultural y periodista holandesa –así se define en Twitter– que criticó en las redes sociales que Marieke Lucas Riejneveld, la escritora que ganó el Booker internacional con 'La inqiuetud de la noche' y que se define de género fluido (pero que es blanca), se encargara de la traducción del poemario de Gorman al holandés tras ser elegida por la editorial Meulenhoff. Deul señaló que se debería haber elegido a una traductora que fuera una "artista joven, mujer y, sin duda, negra". Para ella, Rijneveld, de 30 años, es "una elección incomprensible".

La cosa no se quedó ahí. Al contrario, se armó tal revuelo que Lucas, otro de los personajes, acabó retirándose de la traducción, en principio porque entendía la posición de Deul. Afirmó en Twitter: "Estoy impactada por el escándalo en torno a mi participación en la traducción al holandés de la obra de Amanda Gorman, y comprendo a la gente que se siente herida por la decisión de Meulenhoff de elegirme". Este sello también recalcó que empezaría a buscar a una traductora joven de origen afroamericano.

 Y aquí llega la parte española que saltó esta semana cuando el traductor Víctor Obiols se quejó, también en Twitter, de que le hubieran retirado la traducción que estaba haciendo del poema al catalán porque los agentes de Gorman, tras el torbellino causado en Holanda, buscaban "una mujer con un perfil de activista y, si puede ser, de origen afroamericano". Algo de lo que Obiols, excepto lo del activismo, como también manifestó en la red social, carece (suena a chiste, pero no lo es). La editorial catalana Univers ya se ha apresurado a señalar que buscará también a una traductora con este perfil.

Primero, el chiste

La cuestión que se abre tras estos acontecimientos no es tanto quién puede o no traducir a Amanda Gorman sino cuál es el significado de que haya sucedido esto y si es algo incidental o un peliagudo precedente que ha cogido a los traductores como conejillos de Indias de otra cosa.

 La primera reacción es la de la broma y la carcajada. Como dice Isabel García Adánez, premio nacional de Traducción 2020 –y una de las traductoras más respetadas del alemán–, "yo he traducido obras de señores mayores, homosexuales e hipocondriacos y no soy ninguna de esas cosas, pero a lo mejor no lo hice tan mal". El escritor y traductor Daniel Gascón apunta con acidez: "Es bastante disparatado. También porque no sé si es muy necesario traducir a Amanda Gorman, que pertenece más al género de las 'celebrities' que otra cosa. Y esto se combina con cómo hacer noticia con un libro. Si parece que no se puede hacer por la calidad parece que por la estupidez sí". Y Mercedes Cebrián, traductora y escritora, tira a su vez por esta calle más humorística: "Yo solo puedo traducir a personas que son miopes, porque yo puedo entender que desde niña te llamen cuatro ojos"; aunque enseguida da el vuelco: "En realidad, es escalofriante. Me parece algo de 'Black Mirror'. Podemos llegar a casos delirantes como que los judíos solo puedan ser traducidos por judíos. Un montón de cosas que no benefician a nadie más que a un puritanismo enloquecido".

 "Me parece algo de 'Black Mirror'. Podemos llegar a casos delirantes como que los judíos solo puedan ser traducidos por judíos"

 La carcajada convertida en mueca. La risa congelada del que ahora pone el tuit "a mí solo que me traduzcan gordos con gafas". Eso es lo que ve Gascón en unos años, quizá no tan lejanos. "Estas cosas lo que me asusta es que nos parecen muy ridículas y luego ya estamos aceptándolas y dentro de dos años ya estamos matizando. Pero es una visión totalmente deshumanizadora", sostiene.

Después, el daño

Y lo es porque que se exijan unas determinadas características físicas va en contra de lo que es el oficio de la traducción y la propia literatura, como afirman los traductores. "Es de una ignorancia absoluta y va en contra de la propia literatura. El valor de la literatura es que es universal y que, aunque esté vinculada a una persona se puedan identificar el máximo de personas posible. Esto es justo lo contrario. Si esta gente solo escribe para afroamericanas de género fluido pues estupendo, tampoco lo vamos a leer nadie más que no sea eso", señala García Adánez, quien además cree que "refleja mucha estrechez de miras y queriendo poner en valor una reivindicación que no es literaria sino más bien identitaria, lo que es tirar piedras sobre su tejado porque hace de menos su propia obra".

Gascón también se detiene en el perjuicio que esto hace a la propia literatura, puesto que daña el significado real de la traducción, que es llevar la palabra a otro sitio para que se entienda. "La traducción es un oficio, es el conocimiento de otra lengua y el dominio de la tuya propia. Y esto que ha sucedido niega ese aspecto que tiene la literatura. Y, además, niega la dimensión humana de la literatura, que es la capacidad de sentir como el otro. El texto desaparece y ya solo existe el autor de una forma estereotipada. Es ir contra lo común", afirma. Estirándose hasta el extremo, Gascón conviene que si se siguieran estas directrices marcadas por los agentes de Gorman, "al final solo ella podría traducirse a sí misma a su lengua".

 "El valor de la literatura es que es universal y que, aunque esté vinculada a una persona, se puedan identificar el máximo de personas posible"

 Para Carlos Fortea, traductor que durante un tiempo estuvo al frente de la asociación ACETT de traductores, el asunto tiene muchos puntos reduccionistas que no benefician a nadie. "Si estamos hablando de literatura a mí me parece que Amanda Gorman tampoco escribe para una minoría sino para todo el mundo, y ella y cualquier escritor o poeta se dirigen al mundo entero por lo que es una solemne tontería lo que se está planteando porque es restringir el horizonte de un autor", afirma. No obstante, él tampoco cree que esto tenga mucho que ver con la literatura: "Es un falso debate. Aquí de lo que se está hablando es de política con el pretexto de los traductores de Amanda Gorman. Y lo que realmente pienso es que hay un intento de aprovechar la fama ajena".

Políticas identitarias… otra vez

Mercedes Cebrián conoce de primera mano las universidades estadounidenses. Estudió con una beca en una de ellas. Por eso no le ha causado tanto estupor y asombro esta decisión de los agentes de la poeta. De allí, precisamente, viene toda esta ola de las políticas identitarias que han causado bajas y despidos (incluso en periódicos).

 "Yo esto ya lo vi hace cinco o seis años en las universidades. En muchas, las privadas, los alumnos pagan mucho y son clientes y el cliente siempre lleva la razón. Y si una clienta alumna se siente ofendida, y estamos en el reinado de que la víctima tiene razón, se para el sistema porque una clienta no puede hacer quedar mal a la universidad porque luego no se le matriculan estudiantes que pagan mucho… Aquí hay cosas que se escapan a la justicia. Es una cosa clientelar", explica. Y pone un ejemplo: "Yo he traducido a alguna escritora blanca soltera (por eso he podido hacerlo) que da clases de escritura creativa y alguna compañera ha tenido problemas porque tenía un curso de novelistas mujeres y había de todo, blancas, negras, latinas… Y alguna estudiante le ha dicho, no, no, usted no puede dar clase sobre literatura de mujeres afroamericanas porque es blanca. Al final es algo bastante racista".

 "Si una clienta alumna se siente ofendida se para el sistema porque una clienta no puede hacer quedar mal a la universidad"

 Le preocupa, ahora, que este paquete se compre en España. De alguna manera, dice, se ha comprado ya y "además sin adaptarlo, porque ¿quiénes son aquí las minorías, la gente de color? Igual aquí son los latinoamericanos los que no aparecen en series. Pero tiene que aparecer un negro porque esto es una copia de Estados Unidos… Pero aquí eso ni se ha planteado".

Y la bola no se paró

Esto es lo que hizo que la bola no se parara con aquellos tuits de Janice Deul y que el asunto haya llegado a todo el listado de traductores de Amanda Gorman. O que incluso Marieke Lucas decidiera bajarse del carro de la traducción porque pudiera perjudicar a su propia obra literaria. La presión puede ser fuerte.

"En Estados Unidos hay gente que ha perdido sus trabajos por esto. Por un lado se hace por miedo y por otro porque hay una polarización muy grande de estás conmigo o estás contra mí. No hay un deseo de diálogo y debate y de encontrar matices. Ya es algo que no sé de dónde viene pero no creo que tenga que ver con las injusticias raciales sino que es una necesidad por parte de las sociedades de tenerlo todo muy claro y no desear que haya cosas que no estén claras. Es una deriva que me asusta y no la puedo aceptar", manifiesta Cebrián.

 Por su parte, Gascón cree que, pese a las presiones, no es el momento de callarse. “Uno elige las batallas que lucha, pero es importante que las instituciones y los autores no cedamos ante estas presiones y esas ideas que niegan lo más bonito de la literatura, que es la idea de que puedes entender a otro”.

 "Hay gente que ha perdido sus trabajos por esto. Por un lado se hace por miedo y por otro porque hay una polarización muy grande"

 El remedio –una vez más– es no caer en las tormentas de las redes sociales. Nada habría pasado si no se le hubieran dado pábulo a esos tuits que pedían una traductora afroamericana, joven y activista. "De repente se toman decisiones apresuradas para apagar el fuego en las redes y eso es preocupante porque depender de un sector de la opinión pública…", sostiene Fortea. Todos sabemos que las tormentas se esfuman de un día para otro… si no nos asustamos. García Adánez ve algo positivo en este culebrón de la semana: "Lo que se ha hecho es [de Gorman] convertir su literatura en literatura de gueto que no interesa a nadie. Espero que todo esto sirva para señalar que llevamos siglos traduciendo a autores de otros géneros, países, colores, afinidades…". Esas cosas que no habría que explicar a nadie.