Martes, 20 de abril de 2021

“Francesas, franceses”: ¿podría la lengua francesa ser menos sexista?

03/03/2021
Benjamin Dodman

Desde su creación en 1635, hasta hoy, la Académie française ha acogido en su seno a solo diez mujeres,. © Jean-Loup Gautreau / AFP

Los esfuerzos por abordar los arraigados sesgos de género en la lengua francesa enfrentaron esta semana clásicas resistencias tras la petición de los legisladores por vetar la escritura "con neutralidad de género". Pero los expertos afirman que esa última tentativa no está respaldada por la historia ni se ajusta a los tiempos actuales.

Después de desatar intensos debates sobre "el izquierdismo islámico" en las universidades y los almuerzos sin carne en las cafeterías de los colegios, el partido francés en el poder ha caído en otra famosa causa del campo conservador: defender el status del francés, un idioma inequívocamente sexista.

Según la gramática francesa, todos los pronombres, sustantivos y adjetivos llevan el género del objeto o la persona a la que se refieren. No hay un pronombre de género neutral como 'they', en inglés, y el masculino se considera la forma predominante para el plural. De esta manera, las mujeres francesas conforman un grupo de 'Françaises', (francesas) pero si hay un solo hombre se convierten en 'Français', franceses.

Hasta hace poco muchos cargos laborales ni siquiera tenían una forma femenina, al menos no para la Académie Française, la institución de vigilancia abrumadoramente masculina que hace dos años abandonó su insistencia en llamar a las mujeres presidentas 'Madame le président' (señora presidente).

Desde hace mucho tiempo, las feministas han argumentado que este evidente sesgo es una desventaja para las mujeres, pues también apoya las desigualdades de género en otras áreas. Pero su lucha de hace décadas por hacer que el lenguaje sea más neutral se ha enfrentado con una fuerte resistencia en cada paso.

El miércoles, los legisladores del partido en el poder LREM y la oposición Les Républicains presentaron un proyecto que proponía vetar el uso de palabras neutras, ―conocido como "lenguaje inclusivo"― entre los funcionarios del gobierno y los trabajadores civiles.

La propuesta llega tres años después de que una circular del gobierno le aconsejara a los ministros que no utilizaran la écriture inclusive (lenguaje inclusivo), que la Académie Française había previamente calificado como una "aberración" que, a su juicio, pone al lenguaje en un "peligro mortal".

En defensa del proyecto, el legislador del LREM François Jolivet lamentó una forma de "activismo" lingüístico que "de ninguna manera trabaja a favor de la justa causa" por la igualdad de género. Afirmó que, en vez de eso, la escritura neutral sólo haría que el idioma fuera más difícil de aprender.

Tal como lo señalaron rápidamente los críticos que se burlaron de él, Jolivet fue víctima de su propio invento, pues escribió en Twitter que no tenía problema con la tradicional frase de saludo "Chères collègues, chers collègues" (queridas y queridos colegas), una forma básica del lenguaje inclusivo.

'Français·es', una forma neutra que causa controversia

Eliane Viennot, historiadora y profesora de literatura en la Universidad Jean-Monnet en Saint-Etienne, afirma que las contradicciones del legislador fueron una muestra de un debate desinformado, mezclado en gran parte con lo que ella describe como "conservadores aferrándose a un bastión de dominancia masculina".

"Hemos alimentado la idea de que las reglas del lenguaje son sagradas y que las feministas están socavando nuestra cultura", declaró Viennot en una entrevista con France 24. "Ese es el tipo de discurso que desata respuestas emocionales pero que sencillamente no soporta el escrutinio".

Tal como lo señala Viennot, el general Charles de Gaulle, antiguo presidente y héroe de la Resistencia ―a menudo invocado por los conservadores franceses―, fue él mismo un campeón indiscutible del lenguaje inclusivo al dirigirse al público con su insigne Françaises, Français (francesas, franceses).

Como primer presidente francés en ser elegido por sufragio universal, De Gaulle tuvo todas las razones para reconocer a sus electoras femeninas. Por hacerlo, a menudo fue regañado por miembros de la Académie, quienes señalaron que solo necesitaba decir "Français" para referirse tanto a las mujeres como a los hombres.

Rechazando el conservadurismo de la Académie, los defensores del lenguaje inclusivo proponen utilizar ambas palabras, como lo hizo De Gaulle, o buscar alternativas para la neutralidad de género, como "la population française" (la población francesa). Otra opción es utilizar los puntos medios, un punto flotante situado en la mitad de la palabra, para incluir ambas formas del género, como Français·es.

Como era de esperarse, esta última opción fue la que más asombro causó. Los críticos la calificaron como una estrategia gramatical  “fea”, “ridícula” y “bárbara”.

A pesar del escándalo, Viennot señala que contracciones similares son usuales hace mucho tiempo en los documentos franceses, en particular en los documentos de identidad, que utilizan la forma Né(e) ―nacido(a)― para indicar la fecha de nacimiento.

“Los críticos se obsesionan con una abreviación ―el punto medio― que las feministas ni siquiera se inventaron”, argumentó Viennot. “La contribución feminista es haber buscado un símbolo más apropiado, pues el uso del paréntesis infiere un grado menor de importancia”.

Borrar a las mujeres

Viennot afirma que el punto medio es una alternativa adecuada para el paréntesis: derivado del griego antiguo, no tiene una connotación particular en el francés. Apunta que otros aspectos del lenguaje inclusivo que ahora son ampliamente aceptados, en su momento causaron una división similar.

En la década de 1980 hubo una fuerte oposición ante los intentos por feminizar algunas profesiones, como por ejemplo decir la chirurgienne (la cirujana) en vez de le chirurgien. Incluso, en 2014, un legislador conservador desató una disputa en el Parlamento al negarse a referirse a su colega mujer de manera femenina. Fiel a sus costumbres, la Académie fue la última en capitular, en 2019, más de tres décadas después.

“Hoy en día, los cargos de trabajo feminizados son ampliamente aceptados, aunque todavía hay personas que no soportan algunos términos”, afirmó Viennot. Al aceptar el cambio, la Académie simplemente aceptó restaurar el idioma que se hablaba hace siglos, argumentó, apuntando que gran parte del lenguaje inclusivo considerado tan extraño hoy en día existía a principios de los tiempos modernos.

Así, en el siglo XIV no era extraño que los adjetivos y los participios se acordaran con los sustantivos femeninos en vez de los masculinos, si el último estaba más cerca. Era posible escribir les garçons et les filles sont heureuses (los niños y las niñas están contentas), a diferencia de la forma masculina heureux (contentos) que ahora se enseña en los colegios.

“Desde el siglo XVII en adelante dichas prácticas se erradicaron gradualmente mientras las formas masculinas se volvían obligatorias”, explicó Viennot. “Los términos femeninos como doctoresse y philosopheuse quedaron al margen pues las profesiones se convirtieron en territorio exclusivo de los hombres”.

En vez de las formas femeninas, la Académie dictaminó que la forma masculina contaría, de alguna manera, como un término neutro también, una práctica que sus 736 miembros, incluyendo una destacable minoría de diez mujeres dentro de la institución, han defendido desde entonces.

'iel'

En 2017, en una circular dirigida a los colegas del gabinete, el antiguo primer ministro Édouard Philippe argumentó que “la (forma) masculina es una forma neutral que debería utilizarse para términos susceptibles de aplicar para las mujeres”. Pero no es “neutral”. De hecho, múltiples estudios han demostrado que, actualmente, el lenguaje francés sólo aumenta las desigualdades de género.

Según la reciente investigación de un artículo publicado en The Conversation, un grupo de lingüistas franceses evidenció que una gran cantidad de mujeres se sentían desanimadas por las ofertas laborales que sólo utilizaban formas masculinas. Por el contrario, se ha comprobado que el uso del lenguaje inclusivo aumenta la confianza de las mujeres para aplicar a las ofertas de trabajo o para realizar estudios en un campo específico del conocimiento.

El mismo artículo sugirió que no existe evidencia para respaldar los argumentos de un efecto desfavorable sobre la habilidad de los lectores para entender textos que utilizan el lenguaje inclusivo. Sin embargo, los autores afirmaron que debían realizarse más estudios sobre el uso específico de los puntos medios.

Gwenaëlle Perrier, investigadora de la Universidad de París 13, especialista en política, lenguaje y género, afirma que los estudiantes de colegio por lo general se sienten cómodos con las formas básicas del lenguaje inclusivo, como los sustantivos feminizados. También ha visto que los estudiantes universitarios son receptivos ante ciertos neologismos que han sido ampliamente ridiculizados, como el término iel (una contracción de pronombres franceses il  ‘él’ y elle ‘ella’).

“A menudo, las palabras nuevas causan sorpresa y conmoción, tal como ocurrió con las formas feminizadas de los cargos laborales tan sólo hace unas décadas”, declaró Perrier en una entrevista con France 24. “Pero la evidencia demuestra que las palabras y otras costumbres se adoptan con rapidez cuando son útiles y tienen sentido”.

Si los críticos del lenguaje inclusivo realmente estuvieran interesados en debatir asuntos pedagógicos, argumentó Perrier, hablarían sobre algunas de las reglas más impenetrables, y francamente sin sentido, de la gramática francesa, en vez de hacer intentos ridículos para asegurar que el lenguaje esté más acorde con la sociedad.

De hecho, el lenguaje inclusivo es en gran medida más sencillo y lógico que muchas de las reglas existentes, señaló Perrier, añadiendo: “Ciertamente tiene más sentido para los alumnos que la predominancia del masculino”.

El acertijo de los cirujanos

El uso de palabras como iel y toustes (una contracción de los términos masculino y femenino para “todos” y “todas”) señala un nuevo horizonte para el lenguaje inclusivo que va más allá del intento original por feminizar el idioma francés.

“Esas palabras tienen un propósito político, pues son una puerta para las representaciones transgénero y no-binarias, y un propósito práctico, por ejemplo, utilizar términos neutros cuando no se conoce la identidad de una persona”, afirmó Perrier.

Qué tan lejos debería ir el lenguaje inclusivo para enfrentar estas preocupaciones y qué innovaciones deberían adoptarse, son los temas de un intenso debate entre quienes proponen el uso de un lenguaje inclusivo, un debate acogido por muchos lingüistas en Francia.

El debate abarca varios aspectos prácticos, incluyendo la discusión sobre si las formas masculina y femenina deberían tener un orden particular ―por ejemplo, escribir “étudiantes, étudiants” (estudiantes femenino, estudiantes masculino) o “Français, Françaises” ―, con base en un orden alfabético en vez de la cortesía condescendiente adoptada por De Gaulle, o bien, si deberían ordenarse al azar.

Perrier afirma no estar sorprendida al escuchar a los críticos argumentar que se le debería dar prioridad a otros problemas, como la lucha contra la violencia de género y las desigualdades económicas. Sin embargo, argumenta que “el poder performativo del lenguaje ya no necesita ser probado”.

Señaló una encuesta mencionada con frecuencia, en la cual los estudiantes recorrieron la ciudad de Lyon pidiéndole al público que resolviera el siguiente acertijo: “Un hombre muere en un accidente automovilístico y su hijo herido es llevado al hospital. Al entrar a urgencias, el mejor cirujano del hospital se sorprende y exclama, ‘No puedo operar a mi propio hijo’. ¿Cómo puede ser esto posible?”.

Los confundidos transeúntes ofrecieron una respuesta posible: el hijo herido tenía dos padres. Algunos sugirieron que “le chirurgien” (el cirujano) podía ser el padrastro o incluso el amante de la madre. Educados, al igual que las generaciones anteriores, bajo la premisa gramática de que “lo masculino predomina”, pocos pensaron en la respuesta más obvia: el cirujano era la madre.

Este artículo fue adaptado de su original en inglés por France24