Martes, 28 de septiembre de 2021

“Es más fácil pelear por ‘bobadas’ como el lenguaje inclusivo que solucionar los problemas reales de las mujeres”

05/07/2021

Entrevista  con la escritora hispano-uruguaya Carmen Posadas

‒Empecemos por sus comienzos. ¿Cómo llegó a la escritura y a dedicarse profesionalmente a ella?

Todo esto se debe a un trauma infantil. Yo era una fea en familia de guapos. Todas mis hermanas eran rubias de ojos verdes, cantaban canciones y contaban chistes; mientras que yo era un conguito que cantaba con una rana y tenía poca gracia. Decidí escribir un largo y lacrimógeno diario que es el comienzo de todo esto. Ahí se une también que mi padre, que adoraba la literatura y su forma de comunicarse con nosotros era leernos en voz alta. La literatura estuvo muy presente en mi vida desde que era pequeña.

‒¿Cómo es un día a día en su vida?

Antes era mucho más rigurosa en mis horarios. Me levantaba, hacía una tabla de gimnasia, me ponía a escribir hasta la hora de comer y me prohibía levantarme de esa silla pasara lo que pasara… Bueno, eso lo sigo haciendo. Después, algún almuerzo que tenía que ver con algo de trabajo y por la tarde me dedicaba a leer. Eso era antes. Ahora, entre viajes, conferencias, nietos y veintisiete mil cosas se me ha reducido el tiempo de lectura… Aunque tengo la suerte de viajar mucho y ahí siempre aprovecho. Los trenes para mí son perfectos. Los aviones, aeropuertos…

‒¿Cómo introduciría usted a la gente joven en la lectura? ¿Qué haría si tuviera alguna responsabilidad política para hacerla más atractiva?

La pandemia ha ayudado mucho, asombrosamente. Todos pensamos que iba a ser una catástrofe. Cuando salió mi último libro en noviembre (La leyenda de la Peregrina) pensé que iba a ser una catástrofe porque no iba a poder hacer promoción ni nada parecido. Sin embargo, es curioso, porque en el confinamiento duro, mucha gente descubrió la literatura. La literatura es algo que hay que descubrir y una vez la descubres te haces adicta porque no hay nada comparable. Eso está muy claro cuando has leído un libro y vas a ver la película, pero nunca te gusta lo suficiente. Ver una película es un acto pasivo mientras que leer es un acto creativo. Somos parte de esa creación, eso es algo imbatible. La gran paradoja es que la gente la ha descubierto y estoy encantada.

 Sobre las responsabilidades políticas, creo que la forma de enseñar la literatura en los colegios es un error garrafal y sigue siendo igual que cuando yo era niña. Te dicen: “niños, para el jueves la Celestina”. Y tú te vas desolada a tu casa con ese tocho, que además no sabes ni por dónde hincarle el diente, y terminas odiando a la Celestina, por supuesto. En cambio, en los colegios ingleses te dan La isla del tesoro y no se lee en casa, se lee en clase. El mensaje es muy distinto porque pasa de ser un deber a un juego. Estás leyendo La isla del tesoro y estás escenificando. Esa es la forma de introducir a los jóvenes en la literatura.

‒Todos los escritores dicen que siempre el libro es mejor que la película. Ahora que no nos escucha nadie, ¿cree que hay alguna película que haya sido mejor que el libro?

Creo que era Hitchcock quien decía que las buenas películas se hacen con malas novelas. Y es verdad, porque las tentativas que ha habido de llevar al cine grandes novelas han fracasado todas… menos “El Gato Pardo” y “El nombre de la rosa”.

‒Hablemos de su columna. Escribió hace poco “No lo conozco, sólo nos hemos acostado”, que analiza el testimonio de una estudiante de 22 años sobre lo que significa la sexualidad y el amor para los jóvenes españoles. ¿Es usted nostálgica con los tiempos que pasaron?

Creo que quemar las etapas tiene su encanto. A principios del siglo XX, el simple roce era el no va más. Ibas quemando etapas: un día te miraba al pasar, cuatro meses más tarde sonreía, otro día te saludaba… el perderse esos pequeños placeres es empezar la casa por el tejado. Te puede pasar la enorme paradoja de conocer su postura del kamasutra favorito, pero no saber ni cómo se siente. Es una pena perderse todo eso.

‒¿Cómo surge el curso de la escritura creativa que creó junto con su hermano, Gervasio Posadas?

Fue gracias a mi hermano. Venía del mundo de la publicidad y se dio cuenta de que ahí había un hueco que llenar. Los talleres de escritura que hay en España son muy académicos y no sacan la parte lúdica de la literatura. Además, y esto es universal, con los talleres de escritura pasa como con la cocina. Nunca te dan la receta completa. Se reservan el ingrediente clave. Por eso, decidimos hacer una traición al gremio de los escritores y contar no sólo nuestra receta, también la receta Dickens, Hemingway, Cervantes, etc.

‒¿Podría valorar el nuevo periodismo?

Creo que hay dos vertientes que casi son como antagónicas. Cuando yo empecé a escribir, la palabra escrita tenía un aura sacrosanta. La información iba de arriba a abajo. Günter Grass o Carlos Fuentes decían una cosa y eso permeaba en la sociedad hacia abajo. Ahora es al revés. Tiene más importancia lo que dice un “influencer” que lo que dice un premio Nobel. Se ha producido esa inversión de cómo se transmite la cultura. También hay otro problema que yo veo, y es que se confunde mucho la opinión con la información. Con lo cual, para tener una idea objetiva de lo que está pasando, te tienes que leer cuatro periódicos porque sabes perfectamente qué va a decir El País, La Vanguardia o ABC. Yo hago opinión claramente en mi columna, donde procuro ser lo más políticamente incorrecta que puedo. El mundo está tan disparatado que digo todo lo que se me pasa por la cabeza.

‒Un columnista que siempre lea y un escritor del que siempre compre su nuevo libro…

Me gusta mucho Javier Marías porque también es muy políticamente incorrecto. También Enric González, Ignacio Camacho o Javier Cercas… son mis favoritos.

‒¿El libro que más ha releído en su vida? ¿Ha dejado alguno sin acabar?

Releer es muy interesante, porque siempre lees un libro distinto. A mí me ha pasado con Alicia en el país de las maravillas. Al final es el mismo libro, o sea que quizá la que has cambiado eres tú. Los libros te dicen cosas muy diferentes en distintos momentos de tu vida. Pero si me preguntas por uno, te diría La Biblia. No es un libro, es una biblioteca. Tienes ciencia ficción, novela erótica, poesía, crónica… absolutamente de todo.

‒Sea sincera, ¿ha conseguido acabar el Ulysses de Joyce o es algo que una escritora como usted no se puede permitir reconocer?

No. Hace muchos años tuve una enfermedad y me tuve que quedar en cama. Pensé que era mi momento, pero fracasé.

‒Me gustaría preguntarle por su última novela. ¿Cómo llegó a La Peregrina?

Al morir mi madre apareció una piedra que ella tenía, una especie de zafiro. Ella contaba siempre que su abuela la había tenido como un broche y su bisabuela como un colgante. Entonces, como mi madre era la última persona de esa generación que quedaba viva, al morir ella, siempre quedan un montón de preguntas. Fue entonces cuando pensé: “si las piedras hablaran…”, “si esta joya pudiera contarme todo lo que ha visto…” Las joyas están siempre muy cerca de las personas y en momentos muy íntimos. Pensé escribir un libro sobre esa joya, pero me di cuenta de que tampoco daba demasiado juego. Iban a ser dos o tres generaciones, como mucho. Y empecé a buscar otra piedra que tuviera más recorrido hasta que recordé que La Peregrina llevaba mucho tiempo guiñándome el ojo. Iba al Museo del Prado y estaba La Peregrina en un cuadro y en otro, otros cien años más tarde, volvía a estar. Empecé a investigar y observé cómo pasa de un esclavo que la pesca en Panamá y compra con ella su libertad, a Felipe II y de ahí, hasta llegar a Elizabeth Taylor… pasa por reyes, reinas, asesinos, aventureros. Me llevó un año escribirlo y antes estuve documentándome bastante. Fue complejo porque era muchísimo trabajo, casi 500 años de historia, pero estoy contenta con el resultado.

‒¿Cómo se escribe una buena novela?

Ojalá lo supiera. Eso no lo sabe nadie. Ni siquiera puedes repetir la fórmula. De repente has tenido mucho éxito con un libro y descubres que lo que le gusta a la gente es un poquito de historia, amor e intriga, que suele ser una receta bastante habitual y que funciona. Bueno, pues intentas hacerlo y no te sale. Hasta que el libro no está en la calle no sabes si va a funcionar o no.

‒¿Diría que escribe más para mujeres que para hombres?

Procuro escribir para todo el mundo, pero es verdad que últimamente he escrito mucho sobre mujeres. La razón es porque hay cantidad de mujeres muy interesantes cuya vida nunca se ha contado. Me gusta sacarlas del anonimato, pero no porque piense que son más inteligentes, ni más sensibles o extraordinarias que los hombres. Por suerte somos complementarios. Si no, sería muy aburrido el mundo.

‒Hablando de mujeres, ¿cree que tendrá alguna trascendencia el lenguaje inclusivo?

Yo lo que creo es que cuando algo es muy poco práctico al final desaparece. El lenguaje también es un tema de economía. No vas a nombrar a veintisiete personas para decir “todos”. Existe esa palabra porque sintetiza o resume. Además, los argumentos son tan estúpidos que, a nosotras, las mujeres, nos perjudica. Al final, una causa perfectamente noble como es intentar equiparar los derechos de las mujeres y de los hombres se pierde en cretinadas. ¿Qué vamos a arreglar con eso? Juega a favor de estas estupideces el hecho de que los políticos hayan hecho suya esta bandera porque es mucho más fácil pelear esas bobadas que solucionar los problemas reales de las mujeres: la brecha salarial, el techo de cristal… eso es muy difícil.

‒El confinamiento sirvió para potenciar la creatividad de ciertos artistas. ¿Fue su caso? ¿Qué aprendizaje se lleva de aquella época?

Es curioso, porque a mí me fue muy bien en el confinamiento, profesionalmente hablando. Obviamente, a nivel personal fue terrible, perdí amigos y fue muy duro. Pero centrándome en mi novela, para mí fue una oportunidad porque le pude dar un empujón muy grande. Sin embargo, otros amigos míos se bloquearon. A la gente que le pasó eso estaba escribiendo novelas sobre el presente. Y claro, cuando el presente cambia y se introduce un elemento tan distorsionante como una pandemia, ya no tiene sentido nada más. Pero a mí, al estar escribiendo sobre quinientos años atrás no me afectó. Cuando empezó la pandemia pensé que esto serviría para reordenar las prioridades. Esta es una sociedad que nunca ha sufrido un shock. Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo occidental ha vivido un período de paz muy largo y muy próspero; y muchas veces las personas que no han vivido una vida muy dura se vuelven un poco idiotas. Hasta que la realidad te agita de golpe. Sin embargo, creo que no hemos aprendido absolutamente nada. Se ha vuelto a la frivolidad más absoluta, al egoísmo, los negacionistas, terraplanistas… es bestial.

¿La economía española da para escribir una novela optimista o un obituario?

La respuesta fácil es un obituario, pero vamos a poner una nota de optimismo. Empieza a ser como un sainete, pero esperemos poderla reconducir y convertirla en una novela positiva y optimista.

‒¿Veremos alguna nueva novela suya pronto?

He empezado a trabajar ya en ello. Llevo sesenta páginas, pero todavía no puedo contar nada.

Ha comentado que se encuentra en la prórroga de la vida… ¿qué le pide en este momento?

Me encantaría que se parara el reloj. La realidad es que en mi fase de la vida no es lo mismo tener sesenta y cinco años que setenta. El tiempo va muy rápido, y, a medida que vas avanzando, cada día más. En la vejez pasa como con la infancia, un hombre de ochenta no tiene nada que ver con uno de noventa. Al igual que un niño de uno y otro de diez. Yo nunca quise llegar a vieja, quería morirme a los treinta, porque me parecía que nada muy interesante podía pasar más tarde. Ahora lo he ido retrasando un poco. Tampoco quiero ser una abuelita encantadora, no me interesa el plan. Pero no volvería a tener veinte años por nada del mundo. Esta época de mi vida la llamo “la prórroga” porque las cosas importantes ya están hechas. Mis hijas están casadas, tienen sus niños, están organizadas y no me necesitan tanto como antes, he hecho una carrera… Te puedes dedicar a todo eso a lo que antes no te daba tiempo. Especialmente nosotras. Creo que las mujeres somos unas enfermas de la responsabilidad. Yo la frase que más he repetido a lo largo de mi vida es “tengo que”. “Tengo que ser la mejor madre, la mejor esposa, la mejor escritora… tengo que, tengo que”. Y ahora bailo, viajo mucho y hago lo que me gusta.