Domingo, 28 de noviembre de 2021

Una palabrita para “todes”, tod@s y “todxs”

Lingüista Concepción Company: “La gramática no tiene sexo, no es excluyente ni incluyente”

Por Ricardo Soca

El lenguaje es una facultad biológica del ser humano, que se desarrolla actuando en sociedad; le dan forma de manera natural los propios hablantes actuando en conjunto, sin normas y sin reglas establecidas por ninguna autoridad,  como viene ocurriendo desde hace unos 200.000 años, tal vez más.

El pensamiento y el lenguaje actúan en conjunto, incidiendo permanentemente cada uno de ellos sobre el desarrollo del otro. La neurociencia ha demostrado que a medida que se desarrolla el pensamiento abstracto, ocurren nuevas sinapsis que modifican físicamente el cerebro. La tecnología de resonancia magnética funcional ha permitido verificar, por ejemplo, que el cerebro de un lector es anatómica y fisiológicamente diferente del de una persona analfabeta, tiene otras conexiones, funciona de manera distinta.

Además de desarrollarse conjuntamente con el pensamiento,  el lenguaje es un espejo que, querámoslo o no, refleja nuestra estructura mental, nuestras creencias, nuestros prejuicios y, frecuentemente, ideas que la criatura humana fue forjando a lo largo de la prehistoria y de la historia.

El llamado patriarcado, ―que tomó forma históricamente desde los primordios de la raza humana, cuando el macho de la especie, físicamente más fuerte que la hembra, cazaba otros animales para alimentar a su familia, y peleaba para defenderla de eventuales ataques de animales feroces o de otros humanos, mientras la fémina permanecía en su habitáculo cuidando a los hijos― es un ejemplo de esas ideas, creencias y prejuicios irracionales.

En latín, así como en español y en muchas otras lenguas, esta invisibilización de la mujer dio lugar a que el morfema nominal masculino se tornara incluyente. Cuando decimos, por ejemplo, Puedes irte que yo me encargo de los niños, se entiende, sin necesidad de que nadie lo explique que, si hay niñas, ellas también están incluidas en el sustantivo masculino.

Los movimientos feministas y antipatriarcales, que están generando desde hace un siglo una lenta, deseable y benéfica revolución igualitaria en la sociedad, suelen quejarse del masculino incluyente, afirmando que este contribuye a profundizar la brecha de género, y propugnan lo que llaman “lenguaje inclusivo”, un conjunto de estrategias para evitar el uso del morfema masculino. Una de ellas consiste en hacer campañas para que se use el masculino solamente para los varones y el femenino, para las niñas y mujeres. Esto da lugar a oraciones absurdas como Los profesores y profesoras convocan a los padres y las madres de los alumnos y las alumnas a una reunión este martes a las 18 h.

Otra estrategia, igualmente descabellada y estilísticamente detestable, es la de recomendar el uso de sustantivos colectivos para evitar el discriminatorio morfema masculino: El profesorado invita a los parientes del alumnado.

Una tercera estrategia consiste en cambiar los morfemas de género por uno nuevo, creado artificialmente, basado en el uso de la letra e, o sea -es: les niñes, en lugar de los niños y las niñas. Y finalmente las más absurdas y ridículas de todas: usar una impronunciable x: Lxs niñxs o, peor aún, de una desatinada arroba l@s niñ@s.

La insensatez de todo esto consiste en que se ignora la milenaria historia del lenguaje mediante propuestas artificiales, que muy poca  gente va a seguir porque son antinaturales, porque no es así que procede la lengua en su permanente danza de cambios. Estos son esencialmente espontáneos; se engendran en el seno de los hablantes mediante consensos generalmente inconscientes, y no porque los impulse una persona, un grupo o, mucho menos, una autoridad. Los idiomas no tienen autoridades, aunque muchas veces los poderosos logren imponer su voluntad por medio de políticas lingüísticas llevadas a cabo por los Estados.

Pedir o exigir que la Academia española o cualquier otra pretendida autoridad “admita” o “no admita” tal o cual cosa equivale a reconocerles una autoridad que nunca tuvieron; equivale, además, a desconocer lo más esencial del carácter del lenguaje: su espontaneidad, su libertad y su naturalidad.

Pretender combatir el patriarcado borrando la huella que este deja en nuestro lenguaje es inútil y absurdo, es poner la carreta delante de los bueyes. Combatamos el dominio masculino señalando las conductas abusivas u opresivas que algunos hombres ejercen todavía sobre las mujeres, promoviendo en los hechos la igualdad de género, que hoy es incomparablemente mayor que hace cien años,  y algún día,  cuando hayamos incorporado esa revolución en nuestras mentes y en nuestros comportamientos, ciertamente se verá reflejada en el lenguaje. Eso seguramente va a ocurrir algún día, pero tengamos en cuenta que esta necesaria revolución fluye por cauces diferentes del lenguaje.