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"A sangre fría"

Imagen creada mediante IA (Dall-E)

Prof.ª Nené Ramalho

Nos gusta, a través de este espacio, hacer tomar conciencia de las connotaciones que adquieren palabras de uso común, cuando pasan a formar locuciones conocidas y empleadas de manera corriente. Hoy vamos a referirnos al vocablo ‘sangre’, cuyo significado denotativo es prolijamente descripto por la Academia en su diccionario de la lengua: “Líquido, generalmente de color rojo, que circula por las arterias y venas del  cuerpo de los animales; se compone de una parte líquida o plasma y de   células en suspensión: hematíes, leucocitos y plaquetas. Su función es distribuir oxígeno, nutrientes y otras sustancias a las células del organismo y recoger de estas los productos de desecho”. Una vez entendido este valor esencial, hallamos otros también usuales, tal como el que la considera “linaje o parentesco” (“Ellos son familiares, son de la misma sangre”) o “condición o carácter de una persona” (“Su sangre le impide obrar con tranquilidad”).

 En relación con esta última acepción, hallamos dos frases cotidianas: ‘buena sangre’ y ‘mala sangre’ o ‘malasangre’. La primera alude, coloquialmente, a la condición benigna y noble de una persona; la segunda, en cambio, a la condición aviesa de alguien, a su carácter vengativo. Se da, además, la frase ‘sangre azul’, que se atribuye al linaje noble: “En la reunión de anoche, todos esos arrogantes parecían ser de sangre azul”. Cuando se juzga, no el origen de alguien sino la inalterabilidad de su carácter, su  calma que no se modifica por nada, se escucha la frase ‘sangre de atole’ o ‘sangre de horchata’: “Me exaspera su sangre de horchata”. También puede decirse ‘sangre fría’, expresión con la cual se hace alusión a la serenidad o tranquilidad del ánimo, que no se conmueve o afecta fácilmente: “Procedió con absoluta sangre fría”.

¿Y qué se quiere significar al afirmar ‘se quedó con la sangre en el ojo’? Indudablemente, no se toma la expresión al pie de la letra, sino que se connota resentimiento y deseo de venganza: “Después de aquellos insultos, mi padre se ha quedado con la sangre en el ojo”. Pero, además, la sangre en el ojo se refiere a la honra y valor para cumplir con las obligaciones: “Podés confiar en él pues es persona de sangre en el ojo”.

Existen países, como Bolivia, México, Perú y Venezuela, en donde se utiliza ‘sangre ligera’ para aludir al carácter simpático de alguien: “Ella, con su sangre ligera, era el centro de todas las reuniones”. Lógicamente, lo contrario se indica con la expresión ‘sangre pesada’.

Carácter descriptivo posee la locución ‘sangre y leche’, referida al mármol encarnado, que está salpicado de grandes manchas blancas: “En el vestíbulo, se apreciaba impecable toda la superficie con sangre y leche”.

Dos locuciones parecen contraponerse por su significado: ‘a primera sangre’ y ‘a sangre caliente’; según el diccionario académico, la primera posee carácter adjetivo y se dice de un desafío, para indicar que ha de cesar cuando uno de los contendientes esté herido: “Habían convenido terminar la lucha a primera sangre”.  La segunda, con carácter adverbial, equivale a decir que alguien actúa arrebatada e inmediatamente, movido por la cólera o la venganza: “Fue terrible la reacción del hombre tan colérico que actuó a sangre caliente”. Pasado el arrebato de furia, cuando la persona obra con premeditación y cálculo, se afirma que lo hace ‘a sangre fría’: “Se quedó pasmado al ver al acusado moverse a sangre fría”.

¿Qué valor encierra la locución ‘a sangre y fuego’? Es de carácter adverbial y posee dos aplicaciones relacionadas entre sí: puede indicar que alguien se mueve con todo rigor, sin perdonar nada, destruyéndolo todo: “El invasor se movió a sangre y fuego”. Pero, además, puede señalar que el modo de proceder es con violencia, atropellándolo todo, sin ceder en nada: “¡Qué triste su accionar llevando todo por delante, a sangre y fuego!”.

El apasionamiento por algo se puede vislumbrar en la locución ‘hervirle le sangre (a alguien)’ que, coloquialmente, puede señalar el acaloramiento ante un hecho, pero también la lozanía de la juventud: “Estaba furiosísimo por lo acontecido, le hervía la sangre” y “Es muy joven y le hierve la sangre”. Otra manera de expresar lo mismo es a través de la locución ‘bullirle la sangre’.

Absolutamente descalificante resulta el adjetivo ‘chupasangre’ que, coloquialmente y en forma masculina o femenina, se atribuye a la persona que explota a otras o se aprovecha de ellas; también puede decirse de una entidad: “Es deshonesto y chupasangre”. Este adjetivo proviene de la locución ‘chupar la sangre’ que no es otra cosa que ir quitando o mermando la hacienda ajena en provecho propio: “Se fueron enriqueciendo porque le chupaban la sangre a los pobres que se relacionaban con ellos”.

Negativa es también la expresión ‘chorrear sangre (algo)’ pues señala una manifiesta injusticia: “Ese dictamen por el asesinato aún chorrea sangre”.

A veces, si una riña es muy áspera y los contrincantes se hieren, se dice que ‘corrió sangre’: “Al principio, se agredieron verbalmente, luego, fueron a las manos y, finalmente, corrió sangre”. Asociadas al enojo o enfado de alguien, hallamos dos locuciones: ‘pudrirle a alguien la sangre’ (también ‘pudrírsele a alguien la sangre’), que equivale a disgustarse o enfadarse hasta exasperarse; la otra es ‘lavar con sangre’, que significa que, en satisfacción de un agravio, se llega a derramar la sangre del enemigo: “Finalmente, la familia lavó con sangre las viejas ofensas que habían recibido”.

En cambio, si en una disputa no hay consecuencias graves, la expresión usada será ‘la sangre no llegó al río’; la locución, hoy metafórica, se basa en un hecho histórico, pues antiguamente las ciudades solían enclavarse en zonas altas para una mejor defensa; si la pelea era grande, la sangre de los heridos escurría pendiente abajo, hasta el río cercano y este se teñía de rojo: “No se preocupe, la escaramuza fue liviana y la sangre no llegó al río”.

Volvemos al ya mencionado ‘chorrea sangre’: se trata de una locución coloquial que se refiere a que un asunto es de mucha gravedad o que se presenta manifiestamente injusto: “No se meta en ese problema porque, evidentemente, chorrea sangre”. Pero si se dice ‘estar (algo) chorreando sangre’ se quiere indicar que es muy reciente pues acaba de suceder: “Es un hecho que aún está chorreando sangre”.

Expresión poco usada en nuestro medio es la contenida en la locución ‘bajársele a alguien la sangre a los zancajos’: ella es equivalente a ‘quedarse sin sangre’ y se dice cuando una persona tiene mucho miedo. Se debe recordar  que el ‘zancajo’ es la parte trasera del pie, donde empieza la prominencia del talón; si alguien experimenta un gran temor, se paraliza y la sangre parece fluir de la cabeza a los talones: “Aterrado por la aparición, sintió que la sangre le bajaba a los zancajos”.

Y para adjetivar, ¿elegimos ‘sanguinario’ o ‘sangriento’? No decimos lo mismo: ‘sanguinario’ es equivalente a “feroz, vengativo, que se goza en derramar sangre”: “Se trata de un enemigo sanguinario”. Por su lado, ‘sangriento’ es “teñido, mezclado con sangre”: “Fue un combate sangriento”.

Por último, en situaciones estresantes o difíciles, debemos tratar de que no ‘se nos suba la sangre a la cabeza, esto es, es preciso no perder la serenidad ni montar en cólera. Quedamos reflexionando acerca del contenido de “El buen amigo debe ser como la sangre, que acude a la herida sin esperar que lo llamen” y “La sangre se hereda y la virtud se consigue; la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.