Domingo, 28 de noviembre de 2021

Prólogo de Lola Pons* al libro El origen de las palabras

Etimologista, etimologizar, etimología, etimológico... La familia de palabras derivada de la raíz ἔτυμον no es muy amplia. En griego, esta forma significaba ‘lo verdadero, lo real’. Al buscar la procedencia de una palabra, estamos preguntándonos por su étimo, lo que en español también se ha llamado, históricamente, la etimología. Oboe tiene como étimo haut-bois (‘madera alta’), sibarita es el gentilicio de la ciudad griega de Síbaris, mentores son quienes guían a sus discípulos como lo hizo el personaje de Méntor con el joven Telémaco, las urbes son diferentes de las ciudades si consideramos que urbs era la de piedra y civitas, que dio nuestra ciudad, la encarnada por sus habitantes. Todas nuestras palabras remiten a un origen cercano o lejano respecto al cual los significados, los sonidos y la frecuencia de uso pueden haber variado mucho. Llaves esenciales del conocimiento, nuestras palabras nos han sido legadas de forma natural, en los libros, en las conversaciones, como herramientas primarias para comprender el mundo y comunicarnos con los otros. La búsqueda del origen de esas palabras, de su forma primitiva y su sentido primero, ha ocupado a estudiosos de la lengua y ha suscitado curiosidad en cualquier hablante con sensibilidad lingüística. Con mayor o menor apoyo científico, llevamos siglos teniendo a las palabras en nuestro regazo y descosiendo sus telas, desenredando el ovillo, para tratar de encontrar en ellas su núcleo primero, su semilla fundacional, lo real, su étimo.

Multa etiam ex notatione sumuntur... Ea est autemcum ex vi nominis argumentum eliciturquam Graeci ἐτυμολογίαν appellantid est verbum ex verbo veriloquium... Cicerón, tan presto a proponer palabras nuevas para el latín, propuso llamar veriloquium a la etimología, viendo en los étimos la verdad (veri-) de lo dicho (loquor); el étimo representaba el sentido primigenio sobre el que el tiempo, con las inevitables adherencias del uso, habría ido colocando capas y capas de nuevos significados. Es una idea tópica la de que el étimo revela la autenticidad del significado de una voz; los étimos remontan, a su vez, a raíces que, aun con los asteriscos de la hipótesis, podemos reconstruir con significados aún más viejos, más nucleares, étimos aún más antiguos de una cadena que lleva siglos desplegándose y que es imposible deshacer del todo.

Los frutos de la lexicografía diacrónica se han visto reflejados en diccionarios históricos y etimológicos, cuya diferencia radica en dónde colocamos el objeto del estudio: en la evolución histórica de los vocablos para los primeros y en la explicación de su origen para los segundos. No contamos para el español con un diccionario histórico completo y abarcador, el proyecto actual que lidera la Real Academia Española con la Asociación de Academias de la Lengua Española está en condiciones de lograrlo. Sí disponemos de un excelente Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, obra de Corominas-Pascual que suma a la información etimológica exhaustiva los datos de otras lenguas romances, hermanas del castellano, así como frecuentes datos de uso que lo acercan en algunos lemas a los diccionarios históricos de tradición europea.

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Este libro de Ricardo Soca recoge saberes etimológicos y enciclopédicos sobre un conjunto interesante y representativo de palabras del español. Tiene en las referencias a étimos el rigor propio de los diccionarios etimológicos actuales pero suma datos de historia, anécdotas curiosas de empleo, reconstrucción de contextos extraviados... La explicación de ese veriloquio que es el étimo se humaniza en este libro con una madeja de antecedentes, testimonios de uso y detalles que ayudan a que ese núcleo de la palabra que es la etimología se nos presente no como simiente desnuda, crudo esqueleto de la palabra, sino como una semilla que fue sembrada en el paisaje de un tiempo y una época concretos, que podemos volver a recorrer y pisar gracias al trabajo de Soca. Él ha tejido un tapiz delicioso de palabras viejas y nuevas, términos castizos y extranjerismos, voces de la ciencia, lugares, fiestas… cuya descripción etimológica se muestra clara y amena al tiempo que se sustenta siempre en un impecable exactitud científica. Tenemos, pues, ante nosotros, una obra de divulgación que reúne la intención enciclopédica de san Isidoro de Sevilla en sus Etymologiae o las referencias a la realidad del Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias con los datos provenientes de los diccionarios etimológicos recientes, basados en criterios científicos y confeccionados a partir de los presupuestos teóricos de la lingüística histórica, la fonología diacrónica y la gramática comparada.

El orden alfabético, con sus azares, nos deja en este diccionario a la infancia entre lo inexorable y el infierno, dispone a las pizzas tras las piscinas, coloca los tatuajes delante de la taxidermia, sitúa al déficit antes de degradar; los testimonios de uso, por su parte, nos permiten saltar de Rodrigo Díaz de Vivar a Tahití, o de Santa María Magdalena al duque de Magenta. Un torzal va, página a página, uniendo a todas estas palabras dentro de una casa de etimologías iluminada por historias y anécdotas, guarnecida de bellas ilustraciones que, en los márgenes, nos recuerdan a esas láminas de los gabinetes de curiosidades. Y nosotros, los lectores, visitamos esta casa, la frecuentamos a través de este libro. No, no son muchas las palabras derivadas de la vieja raíz griega, pero cuánto hay escondido dentro de cada ovillo de etimologías, cuánto hay dentro del origen de las palabras.

Lola Pons Rodríguez es catedrática en el Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura de la Universidad de Sevilla​