El tiempo en nuestro lenguaje

Imagen creada por IA (Dall-E)
¡Cuántas veces hemos encontrado plasmado en nuestras lecturas el famoso tópico tempus fugit, proveniente del pensamiento virgiliano en sus Geórgicas: Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus (Pero entretanto huye, huye, irreparable el tiempo)!
Muchos siglos después, el sentido del pensamiento se mantiene intacto y vemos que la medida del tiempo se plasma en términos que, además de tener su valor como indicadores cronológicos, pueden connotar otras realidades.
Si comenzamos por el vocablo ‘hora’, aparte de su definición, advertimos que se utiliza como sinónimo de “tiempo oportuno y determinado para algo”: “Creo que ya es hora de hacer tu tarea”. En otro contexto, la ‘hora’ designa los últimos instantes de la vida: “Le había llegado, lamentablemente, su hora”.
Durante la diaria jornada, la ‘hora’ resulta ser el momento preciso del día en que ha ocurrido o va a ocurrir algo: ‘hora de almuerzo’, ‘hora de consulta’, ‘ hora de cierre’.
Otras veces, si se usa en plural, puede indicar un horario inoportuno: ¿Te parece que son horas de volver a casa?”.
También ‘hora’ puede ser sinónimo de ‘horario’: “Creo que rige la hora de verano en el comercio”. “Ese no es la hora oficial en este territorio”.
¿Y a qué le llamamos ‘hora pico’ y ‘hora valle’? La primera, que puede también ser ‘hora punta’, es aquella en que se produce mayor movimiento o en que se registra mayor consumo: “Me tomaron el dato en la hora pico del consumo eléctrico”. Todo lo contrario queda expresado al decir ‘hora valle’ (menor aglomeración y menor consumo): “El centro parece aletargado durante las horas valle”.
Si lo referimos a las personas, serán ‘horas bajas’ las que señalen el momento o período de desaliento o desánimo: “Atravieso desde hace unos meses una triste etapa de horas bajas”. Connotación también negativa cobra la expresión ‘horas muertas’ pues son las que se pasan sin hacer nada o en una ocupación sin provecho: “No deje que su día transcurra en horas muertas”.
Hay ocasiones en que se produce la ‘hora de la verdad’; ello tiene lugar en el momento decisivo durante un proceso cualquiera: “Me parece que ya llegó la hora de la verdad”.
Si decimos ‘a buena(s) hora(s)’, como locución adverbial, estamos reprochando el retraso con que se verifica un hecho: “¡A buena hora aclaraste las cosas” Existe una expresión coloquial famosa: “A buenas horas, mangas verdes”. Ella se usa para señalar que algo no sirve porque ha llegado fuera de oportunidad: “Llegó la boleta fuera de término; a buenas horas, mangas verdes”. Esta expresión tenía que ver con las mangas verdes de los uniformes que usaban los integrantes de la Guardia Civil, en España; su aparición extemporánea, cuando ya no podían aportar nada para la solución de algún conflicto o problema, explica la aplicación de la frase.
¿Cuál es el valor de ‘a cada hora’, ‘dar hora’ y ‘dar la hora’? La primera es una locución adverbial equivalente a “siempre, continuamente”: “A cada hora, había que controlarle su suero”.
Si decimos ‘dar hora’, estamos señalando un plazo preciso para algo: “Pedí que me dieran hora bien temprano, pero no lo logré”. En cambio, ‘dar la hora’ puede referirse a las campanadas del reloj, pero si se dice de una persona será que le presta o no atención a algo: “Extraño que el reloj de la vieja torre ya no dé la hora”. “El niño le hablaba al abuelo, pero él no le daba la hora”.
Decir ‘enhorabuena’ o ‘en hora buena’ (en buena hora), es igual a decir “con bien, con felicidad” Puede usarse con valor interjectivo para felicitar a alguien: “Te llegó la jubilación, ¡enhorabuena!”.
Las locuciones ‘a última hora’ y ‘a una hora avanzada’ dan cuenta, respectivamente, de algo hecho en los últimos momentos o muy tarde, casi de madrugada: “La noticia se ha conocido a última hora, en realidad, a una hora avanzada”.
En lo laboral, si alguien ‘hace horas’ significa que trabaja ese lapso de tiempo después de cumplido su horario normal: “Para incrementar su magro salario, no le queda otro remedio que hacer horas”.
Por fin, si afirmo de alguien que ‘tiene sus horas contadas’ estaré indicando que lo veo próximo a la muerte: “Está muy grave y creo que tiene sus horas contadas”. También puede usarse para señalar el fin próximo de una actividad, un trabajo, un proyecto: “Pronto andará buscando otra fuente de ingresos porque en la actual ya tiene los días contados”.
La medida de tiempo inmediatamente inferior a la hora es el ‘minuto’. Si buscamos el valor del término, vemos que no solamente es el tiempo que equivale a sesenta segundos , sino que puede referirse a cualquier período muy corto de tiempo: “Ya regreso, en un minuto estoy aquí”. Es interesante ver que, a partir del sustantivo ‘minuto’, se origina el verbo ‘minutar’, que es “efectuar el cómputo de los minutos y segundos que dura algo”: “Ese empleado minuta rigurosamente el tiempo extra de este partido”. También ‘minutar’ es “distribuir el tiempo correspondiente a una determinada actividad”: “Dijeron que iban a ser estrictos al minutar el desarrollo de este acto público”.
Lo que en general no se toma en cuenta es la existencia del sustantivo femenino ‘minuta’, no vinculado al tiempo y con varias acepciones: puede designar el extracto o borrador de un contrato, de un oficio, de una orden o comunicación, pero también el escrito que expiden los abogados y otros profesionales, donde detallan sus honorarios.
También se denomina ‘minuta’ a la lista o catálogo de personas o cosas, como sinónimo de ‘inventario’: “Hizo una minuta detallada con la distribución de los nuevos cargos”. El ámbito en que parece vinculado a la celeridad es el de la gastronomía, pues una ‘minuta’ es una comida de elaboración rápida.
Con el sustantivo ‘segundo’, sucede lo mismo que con ‘minuto’ pues no señala únicamente la unidad de tiempo que conocemos, sino que nombra cualquier período muy breve de tiempo, equivalente a ‘instante’, ‘periquete’.
Existe la locución ‘batir segundos’ que se refiere a un reloj o a un péndulo y que nombra el “sonar o producir el ruido acompasado indicador de su marcha”: “En el silencio nocturno, se escuchaba rítmico el batir segundos del antiguo reloj”.
En cuanto a la onomatopeya que imita el funcionamiento de un reloj, ella es ‘tic tac’ o ‘tic-tac-’ : “ Desde la plaza es posible escuchar claramente cómo el reloj de la iglesia marca tic tac como indicador del tiempo”. Pero, si se trata del sustantivo masculino, acompañado por un determinante, se escribe ‘tictac’ y se pluraliza ‘tictacs’: “Al entrar a la antigua relojería, escuchábamos cómo los distintos tictacs no sonaban al unísono”.
Nos interesa, como mendocinos, conocer la vinculación de nuestra ‘siesta’ con el cómputo de las horas. Al respecto, en su espacio “Rinconete”, el Instituto Cervantes nos dice: “Para el cómputo cotidiano del tiempo, los romanos dividían el día —desde el amanecer hasta el ocaso— en doce horas de igual duración, más largas en verano y más cortas en invierno. Según este original método, la sexta hora coincidía siempre con el mediodía solar, momento en que más aprieta el calor y suelen aprovechar los habitantes de los países cálidos para tomarse un pequeño reposo o echar una cabezadilla. De este ordinal latino, y a través del latín vulgar, en el que sexta se pronunciaba sesta, deriva nuestra siesta”.
Y concluimos con la reflexión “Tiempo presente, un segundo; lo demás o es pasado o es futuro”.