
Los paréntesis también se emplean en matemáticas y en lógica
paréntesis
Un paréntesis es, en su sentido más visible, cada uno de los dos signos curvos —( )— que utilizamos para encerrar dentro de un texto una información que queda, de algún modo, al margen de la línea principal del discurso. Pero esta definición, aunque correcta, invierte en cierto sentido la historia de la palabra. Paréntesis no designó en un principio esos dos pequeños arcos. Designó antes lo que se introduce en medio de otra cosa: una palabra, una frase, un pensamiento intercalado. Solo posteriormente el nombre de aquello que se intercalaba pasó a aplicarse también a los signos utilizados para marcarlo.
Esta historia todavía es perceptible en nuestros usos actuales. Podemos decir «la conferencia duró dos horas (con una pausa de quince minutos)», pero también «el conferenciante hizo un paréntesis para hablar de su infancia», aunque no haya escrito signo alguno. Y podemos ir más lejos: «Después de un paréntesis de diez años, volvió a la política». En este último caso ya no hay siquiera discurso: el paréntesis se ha convertido metafóricamente en una interrupción temporal, un intervalo que se abre y después se cierra.
Una segunda voz dentro de la primera
La función fundamental de los paréntesis en la escritura es aislar una información secundaria respecto de la línea principal del enunciado. La Ortografía académica lo expresa de una manera particularmente acertada: lo encerrado entre paréntesis constituye una especie de «segundo discurso» inserto en el discurso principal. Puede contener una aclaración, una precisión, una rectificación, una fecha, un lugar, el desarrollo de una sigla o incluso una oración completa.
Así, en:
Napoleón (1769-1821) murió en Santa Elena.
podemos retirar lo que está entre paréntesis sin destruir ni la estructura sintáctica ni el sentido básico: Napoleón murió en Santa Elena. Precisamente esa relativa independencia constituye desde antiguo uno de los rasgos esenciales del paréntesis.
No es idéntico escribir Juan, que estaba cansado, se fue que Juan (que estaba cansado) se fue. En ambos casos se proporciona una información incidental, pero los paréntesis crean una separación más pronunciada. Es como si el escritor bajara momentáneamente la voz, se apartara del camino principal, dijera algo al oído del lector y regresara después al punto donde estaba.
De ahí que el signo sea especialmente apto para comentarios del narrador, explicaciones bibliográficas, fechas, equivalencias, traducciones y acotaciones teatrales. En el teatro, por ejemplo, el texto pronunciado por el personaje pertenece a un nivel y la acotación —(Se levanta y mira hacia la puerta)— a otro. Los paréntesis hacen visibles esos diferentes planos del discurso.
El paréntesis sin paréntesis
Esto nos lleva a una distinción importante. Una expresión parentética puede existir sin los signos ( ). Las comas y las rayas también pueden delimitar incisos:
Pedro, según me dijeron, ya salió.
Pedro —según me dijeron— ya salió.
Pedro (según me dijeron) ya salió.
Los tres enunciados contienen esencialmente la misma inserción, aunque no producen exactamente el mismo efecto. El paréntesis gráfico representa el mayor aislamiento; las comas integran más estrechamente el inciso en el discurso.
La razón histórica es sencilla: la construcción lingüística es anterior al signo que hoy la representa. Los seres humanos intercalaron observaciones dentro de otras observaciones mucho antes de que alguien tuviera la ocurrencia de colocar dos pequeñas curvas alrededor de ellas.
Cuando los paréntesis entraron en las matemáticas
El signo dio después un salto extraordinario. Abandonó parcialmente el lenguaje verbal y entró en las matemáticas, donde adquirió una función que, vista de cerca, no es tan diferente de la anterior.
En
2 × (3 + 4)
los paréntesis indican que 3 + 4 constituye una unidad provisional dentro de una expresión mayor. Primero debemos considerar lo que está «encerrado» y después reincorporar su resultado a la operación principal.
El parentesco conceptual con la puntuación resulta notable. En una oración, los paréntesis dicen aproximadamente: «considere esto separadamente y luego vuelva al discurso principal». En una expresión matemática dicen: «resuelva o interprete esto como una unidad y luego vuelva a la expresión principal».
Sin embargo, el uso matemático moderno es mucho más amplio. En f(x), los paréntesis pueden delimitar el argumento de una función. En (3, 5) pueden indicar un par ordenado o unas coordenadas. En (a, b) pueden designar un intervalo abierto. También pueden encerrar los elementos de matrices y aparecer en numerosas notaciones especializadas. Por consiguiente, en matemáticas el signo ya no significa simplemente «haga primero esta operación»: su significado depende del sistema notacional en el que aparezca.
La adopción matemática tampoco ocurrió de golpe. Durante los siglos XV y XVI los matemáticos europeos experimentaron con diversos recursos para indicar que varios términos debían considerarse conjuntamente: líneas horizontales, letras especiales, corchetes y otros signos. Luca Pacioli empleó en 1494 una abreviatura de universale para indicar agrupación. Los paréntesis redondos aparecen solo esporádicamente durante el siglo XVI. Florian Cajori, en su historia clásica de la notación matemática, señala como uno de los primeros ejemplos impresos el General trattato di numeri et misure de Niccolò Tartaglia, de 1556.
Michael Stifel había usado formas semejantes en anotaciones manuscritas algo anteriores, aunque Cajori consideraba que en ese caso probablemente seguían siendo signos de puntuación y no verdaderos operadores matemáticos. Tartaglia, en cambio, llegó a encerrar expresiones algebraicas para indicar que debían tomarse como una unidad. Aun así, durante mucho tiempo los paréntesis coexistieron con otros procedimientos de agrupación y tardaron en conquistar la posición casi universal que tienen actualmente.
El paréntesis matemático es, pues, una reutilización renacentista de un recurso de escritura ya existente.
Antes del signo estaba la figura retórica
Para encontrar el comienzo de la historia debemos retroceder mucho más.
Los retóricos griegos ya poseían un nombre para la inserción de un pensamiento dentro de otro: παρένθεσις, parénthesis. En la terminología retórica antigua se utilizaba para una interpolación o inserción. El término aparece incluso contrastado con otras formas de alteración del orden del discurso en la tradición retórica griega; el léxico de Liddell-Scott-Jones registra, por ejemplo, su diferenciación respecto de la hypérthesis en Hermógenes.
Lo esencial es que aquellos griegos no estaban dando nombre a nuestros signos ( ). Estaban dando nombre a una operación del discurso.
Esta diferencia explica una aparente paradoja histórica: la palabra paréntesis es muchísimo más antigua que el paréntesis tipográfico moderno.
El griego pasó al latín tardío como parenthesis y desde el latín y las lenguas cultas europeas se difundió durante el Renacimiento. En español la voz estaba ya asentada en la tradición gramatical de los siglos XVI y XVII y figura en el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, de 1611, primer gran diccionario monolingüe del castellano.
Bartolomé Jiménez Patón, gramático español de comienzos del XVII, dio del signo una descripción deliciosamente material: lo concebía como un círculo grande partido por la mitad que abrazaba la razón inserta.
Un siglo después, en 1726, el Discurso proemial de la orthographia que abría el primer tomo del Diccionario de autoridades explicaba el paréntesis diciendo que servía para separar una cláusula sin la cual podía continuar la oración. Es, esencialmente, la misma concepción que conservamos trescientos años después.
Dos pequeñas lunas
La forma gráfica tiene también su pequeña historia.
Durante los primeros tiempos de la imprenta europea proliferaron los intentos de fijar y sistematizar los signos de puntuación. Las curvas que hoy escribimos como ( ) aparecen en los primeros impresos de finales del siglo XV; en Inglaterra están documentadas ya en 1494.
Erasmo de Róterdam vio en ellas la forma de dos medias lunas y las llamó en latín lunulae, diminutivo de luna: «lunillas», «pequeñas lunas». La imagen sobrevivió durante siglos en la terminología erudita.
Es una denominación muy expresiva. Los dos signos son, en efecto, como dos crecientes enfrentados:
( )
Pero conviene evitar una leyenda repetida con frecuencia: que Erasmo «inventó los paréntesis». Lo que puede atribuirse con seguridad a la tradición erasmiana es el nombre lunulae; los signos y procedimientos de interpolación tienen antecedentes anteriores.
Desmontando la palabra
Llegamos finalmente a la etimología.
El español paréntesis procede del latín tardío parenthĕsis, tomado a su vez del griego παρένθεσις, parénthesis, cuyo significado básico era ‘inserción’, ‘intercalación’, literalmente algo así como «acción de poner una cosa dentro, al lado de otra».
Pero podemos desmontar todavía más la palabra.
El sustantivo griego parénthesis está relacionado con el verbo παρεντίθημι, parentíthēmi, ‘intercalar, insertar’. Este verbo contiene tres piezas:
para- + en- + títhēmi
παρά, pará, expresaba fundamentalmente proximidad, posición al lado de algo: ‘junto a’, ‘al lado’.
ἐν, en, significaba ‘en, dentro de’.
τίθημι, títhēmi, significaba ‘poner, colocar’.
Por tanto, parentíthēmi era, casi transparentemente para un hablante griego, «poner dentro, al lado», «intercalar». Y de ese verbo se formó parénthesis, la acción de intercalar.
Aquí aparece una familia de palabras extraordinariamente fértil. El elemento -thesis es el mismo que encontramos en tesis, hipótesis, antítesis, síntesis y prótesis. El griego θέσις, thésis, era originalmente la ‘acción de poner’ o ‘colocación’, derivada igualmente de títhēmi.
Una hipótesis es etimológicamente algo «puesto debajo»; una antítesis, algo «puesto enfrente»; una síntesis, cosas «puestas juntas»; y un paréntesis, algo puesto dentro al lado de lo que ya estaba.
La palabra, de pronto, deja de parecer arbitraria.
Todavía más atrás: el indoeuropeo
Podemos retroceder un escalón más, hasta una lengua que no conocemos por textos escritos, sino que los lingüistas han reconstruido comparando las lenguas indoeuropeas.
El verbo griego τίθημι, títhēmi, ‘poner’, procede de la raíz protoindoeuropea reconstruida *dʰeh₁-, que significaba aproximadamente ‘poner, colocar, hacer’. El presente griego conserva una antigua reduplicación de esa raíz.
La familia es inmensa. De la misma raíz proceden formas emparentadas en sánscrito, armenio, germánico y latín. El sánscrito dadhāti significa también ‘pone’; y el inglés do, a través del antiguo inglés dōn, pertenece a la misma remotísima familia.
El segundo componente, griego ἐν, en, ‘en’, continúa asimismo una antiquísima preposición indoeuropea reconstruida como *h₁én. Es pariente del latín in y del inglés in.
También παρά, pará, puede llevarse hasta la prehistoria indoeuropea. Se relaciona con formas reconstruidas asociadas a la idea de posición ‘delante, junto a, cerca de’; su historia exacta presenta algunas dificultades y no todos los especialistas reconstruyen del mismo modo sus etapas más antiguas.
De modo que la genealogía puede representarse, simplificadamente, así:
*dʰeh₁- ‘poner, colocar’
→ griego τίθημι ‘poner’
→ παρεντίθημι ‘poner dentro, intercalar’
→ παρένθεσις ‘intercalación, inserción’
→ latín tardío parenthesis
→ español paréntesis.
Después ocurrió un curioso desplazamiento semántico:
acción de intercalar → expresión intercalada → signos que delimitan la expresión → agrupación matemática → interrupción o intervalo en sentido figurado.
Una palabra que hace lo que significa
Hay palabras cuya historia parece accidental. Paréntesis pertenece a otra clase: cuanto más se la desmonta, mejor se comprende su significado.
Desde su antepasado griego hasta el signo tipográfico moderno se mantiene una misma imagen elemental: algo es puesto dentro de otra cosa sin confundirse enteramente con ella.
Una frase entra dentro de otra frase. Una observación entra dentro de un razonamiento. Una expresión algebraica queda temporalmente separada dentro de otra expresión. Un período excepcional entra dentro de la continuidad de una vida: «aquellos dos años fueron un paréntesis».
Incluso gráficamente ocurre lo mismo. Las dos pequeñas lunulae de Erasmo abren un espacio, reciben algo que viene de fuera y después lo cierran para que el discurso pueda continuar.
Tal vez por eso el paréntesis ha resultado tan duradero. No representa simplemente una pausa. Representa algo más complejo y profundamente humano: la posibilidad de abandonar por un instante el camino principal, decir otra cosa y, sin haber perdido el hilo, regresar exactamente al lugar de donde habíamos partido.
