Lunes, 06 de diciembre de 2021

La resistencia milenaria de las palabras

La lectura en voz alta mejora el rendimiento en pruebas de memoria

Emanuel Bremermann - @emabremermann

Es un momento que pasa de forma casi imperceptible, y lo cierto es que en realidad casi que no es un momento: es un proceso en el que las palabras se desgranan en el aire, se deshilachan y pierden materia, donde pasan a ser otra cosa. En algún sentido, dejan atrás su capacidad de ser algo tangible. El cántico que usualmente tiene la voz de una madre, de un padre o de un hermano mayor empieza a convertirse en algo interno. Y cuando está lo suficientemente interiorizado, desaparece. Se borra del mundo, deja de escucharse, la lectura empieza a sonar dentro de las cavidades craneales, en una zona intermedia que se ubica entre el cerebro como organismo y el cerebro como depositario del mundo interior, como bolsa de sueños e imaginación.

Aprendemos a leer y la lectura se convierte en telepatía. Los registros históricos dicen, con probable grado de asertividad, que la revolución de la lectura en silencio empezó a gestarse en los monasterios de la Edad Media, en los monjes copistas que pasaban horas encorvados y quemándose los ojos sobre manuscritos que leían en penumbras. Algo así relata san Agustín en sus Confesiones. El escritor y filósofo de Hipona describe con lujo de detalles el asombro que le provocó encontrar en una abadía de Milán al obispo Ambrosio leyendo sin soltar ni una sola palabra. Era a finales del siglo IV y las cosas estaban cambiando.

Sobre ese proceso, y sobre ese hecho en particular, escribe también la filóloga española Irene Vallejo en El infinito en un junco, casi una biblia para todo interesado en la historia de la lectura, la escritura y las bibliotecas. Ella cuenta lo siguiente: “Desde los primeros siglos de la escritura hasta la Edad Media, la norma era leer en voz alta, para uno mismo o para otros, y los escritores pronunciaban las frases a medida que las escribían escuchando así su musicalidad. Los libros no eran una canción que se cantaba con la mente, como ahora, sino una melodía que saltaba a los labios y sonaba en voz alta. El lector se convertía en el intérprete que le prestaba sus cuerdas vocales. Un texto escrito se entendía como una partitura muy básica y por eso aparecían las palabras una detrás de otra en una cadena continua sin separaciones ni signos de puntuación –había que pronunciarlas para entenderlas–.

Solía haber testigos cuando se leía un libro. Eran frecuentes las lecturas en público, y los relatos que gustaban iban de boca en boca. No hay que imaginar los pórticos de las bibliotecas antiguas en silencio, sino invadidos por las voces y los ecos de las páginas”. Con esa imagen en mente, no es difícil pensar a las bibliotecas o a los claustros como sitios llenos de sonidos, letanías y susurros, algo muy diferente a la imagen que tenemos de cualquiera de estos lugares en la actualidad, en los que prima el silencio y la concentración. Sobre eso, Vallejo tiene un párrafo más, en el que habla, ni más ni menos, de cómo se percibía la lectura en la biblioteca más legendaria de la historia: la de Alejandría. “La Biblioteca de Alejandría estaría poblada de rumores y bisbiseos a media voz.

En la Antigüedad, cuando los ojos reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo. La escritura se oía. Pocos imaginaban que fuera posible leer de otra manera”. El tiempo ha pasado, y más allá de esta evocación medieval, la lectura en voz alta permanece como una etapa primigenia de la lectura que también está presente en nuestros comienzos, que for ma parte de la educación informal que permea desde la familia, y que tiene bastantes beneficios para las partes involucradas.

Según recoge un artículo de La Vanguardia, varios estudios indican, por ejemplo, que en los niños esta lectura en voz alta estimula los motores de aprendizaje, la adquisición temprana del lenguaje, y el vocabulario, activa la creatividad y fomenta el vínculo afectivo con la persona que le lee. Además, aleja a ambas partes, por un rato, de cualquier pantalla. En ese mismo artículo se cita a la experta Megan Cox, que en su libro The Enchanted Hour especifica lo siguiente: “El tiempo que pasamos leyendo en voz alta no se parece a ningún otro. Una milagrosa alquimia sucede cuando alguien le lee a otra persona, una alquimia que convierte las cosas ordinarias de la vida –un libro, una voz, un lugar donde sentarse y un poco de tiempo– en un alimento increíble para el corazón, la mente y la imaginación”. En ese sentido, Cox asegura que la lectura en voz alta no debe ser patrimonio de la infancia, y tiene lógica: esa alquimia de la que habla suena demasiado placentera como para dejarla escapar por el mero hecho de ser adultos. “Sería un error relegar la lectura en voz alta tan solo al territorio de la infancia. Los adolescentes y adultos también se benefician intelectual, emocional, literaria e incluso espiritualmente.

Para los exhaustos adultos de mediana edad, cuya atención está en mil sitios, tomarse tiempo para leer en voz alta puede ser como aplicar una loción calmante en el alma. Para los más mayores, sus efectos pueden ser consoladores y vigorizantes, como tomarse un tónico reconstituyente o una medicina”, continua Cox. Algo por el estilo cuenta Cox Gurdon, una columnista del medio inglés The Guardian que en un artículo publicado allí cuenta cómo cambió su vínculo con sus hijos adolescentes tras retomar la vieja costumbre de leerles en voz alta. “Los tiempos de lectura con niños pequeños son paradisíacos, pero contar historias es una fuente de placer que ha estado al alcance de los seres humanos de todas las edades desde antes de la palabra impresa. El hecho de que se haya reducido a algo para niños no significa que deba quedarse allí”, dice.

Una más: según un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Perugia, en Italia, un grupo de adultos mayores que padecen demencia y que fueron “expuestos” a sesiones de lectura en voz alta, pudieron recordar mejor determinados episodios de su vida que antes no, ya que de alguna manera lograron organizarlos mejor tras el ejercicio. También mejoraron su rendimiento en una serie de pruebas de memoria que habían tenido resultados diferentes –y peores– en testeos previos.

La voz del autor

Por fuera de la cuestión más “doméstica”, la práctica de la lectura en voz alta también ha sido, desde siempre, patrimonio de los autores y de sus obras. Desde los discursos de Churchill en el Parlamento inglés, pasando por los cenáculos literarios de la Bucarest que   Mircea Cartarescu retrata en Las bellas extranjeras, hasta las presentaciones de libros en diversas locaciones literarias de Montevideo, la posibilidad de escuchar la voz del escritor moldeando sus propias palabras en el aire encierra una experiencia particularmente fascinante e irrepetible. Ahí están, por ejemplo, los recuerdos de quienes se reunían para escuchar a Marosa di Giorgio en el Mincho o el Sorocabana. O los propios recuerdos de quien escribe, que atesora entre otras memorias una noche, en un rincón mal iluminado de un bar de Parque Rodó, en la que Daniel Mella, Inés Bortagaray y Juan Andrés Ferreira abrieron sus últimos relatos y leyeron, leyeron y leyeron. Por eso, cualquier persona que haya estado presente en algunas de esas instancias sabe el poder que tiene la palabra recitada. Y, seguramente, una periodista cultural con la trayectoria de la argentina Hinde Pomeraniec, que se encarga de retratar el mapa literario regional desde hace años, también haya reparado en esa verdad y por eso decidió abrir su programa de radio Vidas prestadas con un momento de lectura a cargo de invitados ocasionales que eligen pequeños extractos de sus obras preferidas. Ahí, también, funciona como un espacio de cercanía. Por otro lado, el encantamiento que se produce al escuchar a otro leyendo encontró en los últimos tiempos un espaldarazo digital que propulsó su popularidad: el audiolibro. Disponibles en Spotify o editados por las mismas editoriales que publican las versiones en papel, esta herramienta se ha convertido en una especie de lado B de la industria, con consumidores ávidos por escuchar sus títulos favoritos en formato podcast, que en ocasiones están leídos por los propios autores o incluso estrellas del mundo del cine. Según la revista económica Cinco Días de El País de Madrid, en España –uno de los mercados literarios más grandes de nuestro idioma– el consumo de audiolibros, por ejemplo, se disparó en 2021.

El 34% de los españoles escuchó alguno de estos productos alguna vez y el 5,2% escucha audiolibros al menos una vez al mes. La curva ascendente no tomó a las editoriales por sorpresa: la prestigiosa Anagrama planea empezar a publicar unos 50 títulos al año, mientras que Planeta, uno de los dos grupos editoriales más grandes del mundo hispano, proyecta tener publicados 1.800 para diciembre de este año.

La experiencia colectiva

En 2020, Cristina Canoura se quedó sin taller de lectura. Llegó la pandemia, cortó las conexiones con el mundo y ella, de 74 años, experiodista y maestra, dejó de acceder a esos encuentros que, en algún sentido, seguían aceitando el placer de sentarse a leer. Para restaurar algo que a priori era complejo, las inte grantes del grupo decidieron cambiar la pisada: que la lectura pasara a ser en voz alta, nocturna y digital. Así, desde el año pasado, Canoura envía todas las noches un audio al grupo de whatsapp Lectura: solas y acompañadas, en donde hay más de 120 personas, en su mayoría mujeres que orbitan los 60 años.

En el audio se puede escuchar a la propia Canoura leyendo un extracto del libro elegido, que rota todos los meses. Actualmente, el grupo escucha la lectura de La vida mentirosa de los adultos, de la italiana Elena Ferrante. La lista de leídos incluye a Las malas, de Camila Sosa Villada; el mencionado El infinito en un junco; El barón rampante, de Italo Calvino; Los errantes, de Olga Tokarczuk, y El hombre numerado, de Marcelo Estefanell.

“Se trata, como dice la española Irene Vallejo, de volver a ser juglares. La lectura, sea individual, en silencio u oral, es un valor imprescindible, y mucha gente por diversos motivos ha dejado de leer. Y la lectura en voz alta, sobre todo para las personas mayores, remite a muchas cosas: al pasado, a la familia, a cuando se comentaban las noticias, al momento en que la radio ocupaba un rol fundamental. O, incluso, simplemente remite a lo más primitivo de los seres humanos, que es el amor por que te cuenten relatos. Volver a eso tan primigenio tiene valor en sí mismo, más allá de los textos leídos”, cuenta Canoura. La “lectora” del grupo agrega que el ejercicio de leer en voz alta todos los días se ha convertido en un ritual diario que para ella ya es insustituible. Se trata de su momento, un espacio mediante el cual conecta con la esencia misma de su infancia. “Nunca había leído para adultos y me resultó fantástico, sobre todo por el retorno, lo que te devuelven las demás. En general somos todas veteranas, y esta pandemia nos dejó a muchas aisladas y solas. Esto ayudo a generar compañía”, explica, y da, con esto, en el clavo de algo que resume parte de la esencia de la lectura en voz alta: la capacidad de sentir y de vivir junto con el otro. Porque leer en silencio siempre ha significado la creación de un mundo propio, de un universo intangible que se despliega en un éter individual, pero la lectura en voz alta, en el mundo de hoy, cobra más fuerza cuando ejerce como sinónimo de compartir, de materializar la palabra y el relato para otro, de conectar sensibilidades y avanzar a la par en un mundo que tiende cada vez más a lo opuesto. El grupo de Canoura, en ese sentido, seguirá practicando esta comunión en los tiempos venideros, y lo mismo podemos decir de la humanidad. Monjes medievales y lectores solitarios aparte, la lectura en voz alta resistirá los embates del silencio, que   a veces logra debilitar el sentimiento de comunidad, pero jamás lo quiebra del todo.