El lenguaje y el pensamiento: una melodía a dos voces

El pensamiento y el tiempo se construyen recíprocamente
En 1933, Miguel de Unamuno afirmó que «la lengua no es [...] la envoltura del pensamiento, sino que es el pensamiento mismo». La frase plantea una pregunta antigua: ¿tenemos primero ideas completas y después buscamos palabras para expresarlas, o las palabras intervienen en la formación de esas ideas? La respuesta ha cambiado a lo largo de la historia.
En De interpretatione, Aristóteles describió las palabras habladas como símbolos de lo que ocurre en el alma. Las lenguas podían diferir, mientras que aquello a lo que remitían sus palabras era común a los seres humanos. Su planteamiento permitía distinguir entre la experiencia mental y su expresión lingüística.
Locke conservó una distinción semejante en el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Para él, las palabras eran signos convencionales de las ideas del hablante: servían para conservarlas en la memoria y comunicarlas. Aunque examinó cómo el uso impreciso de las palabras entorpece el conocimiento, suponía que una persona podía tener una idea antes de asignarle un nombre. Su posición, por tanto, difiere de la de Unamuno.
En el siglo XVIII, Condillac dio un paso más. Estudió conjuntamente el desarrollo de las operaciones mentales y el de los signos, atribuyendo al lenguaje un papel en la adquisición y ordenación del conocimiento. Pensar con precisión exigía aprender a analizar y a emplear bien los signos. Las palabras aparecían así como instrumentos del razonamiento, además de medios para comunicarlo.
Wilhelm von Humboldt formuló en el siglo XIX una tesis más fuerte: llamó al lenguaje el órgano formador del pensamiento. Al hacerse palabra, la actividad mental adquiría claridad conceptual. No imaginaba una reserva de ideas terminadas a la espera de nombres, sino una actividad en la que sonido y pensamiento se articulan juntos.
El Curso de lingüística general (1916), publicado a partir de las enseñanzas de Saussure, sostuvo que la lengua delimita unidades en el continuo del pensamiento. Su comparación de las dos caras de una hoja se refería al sonido y al pensamiento dentro del signo lingüístico: al recortar una cara, recortamos también la otra.
Unamuno expuso su afirmación al responder a un pasaje de Dostoievski que llamaba a la lengua «envoltura» del pensamiento. Para el escritor español, la lengua recibida contenía además la tradición de un pueblo. Pensar en ella era participar de esa historia; de ahí la fuerza de su identificación entre lengua y pensamiento.
Vigotski introdujo en Pensamiento y lenguaje (1934) un matiz decisivo. Pensamiento y habla tienen orígenes distintos; en el niño se encuentran y dan lugar al pensamiento verbal. Al formular una idea, esta puede reorganizarse y completarse. Vigotski admitía, sin embargo, tanto el pensamiento no verbal como el habla sin función intelectual.
Hoy la cuestión suele plantearse sin una identidad absoluta. Hay capacidades cognitivas antes del habla, y ciertos experimentos muestran que las categorías lingüísticas influyen en tareas concretas. La imagen de las «dos caras» expresa una relación profunda.
Si el lenguaje y el pensamiento se constituyen recíprocamente, estudiar cómo expresamos los fenómenos del mundo abre una ventana al funcionamiento de nuestra cognición: a la manera en que concebimos y organizamos el mundo en nuestra mente. Pensemos, por ejemplo, en la temporalidad y en cómo hablamos del transcurso del tiempo: del antes y el después, de la duración y de la simultaneidad. Desde esta perspectiva, las palabras, las distinciones semánticas y las construcciones gramaticales no son meros medios para informar sobre una experiencia temporal ya formada. Expresan nuestra concepción del tiempo y participan en su organización.