Viernes, 30 de julio de 2021

Afasia y dislexia, cómo son las bases cerebrales de la lectura

Las primeras formas de escritura aparecieron hace 6.000 años

Doctor en medicina y doctor en Filosofía. Prof. Titular UBA. Conicet.

Muchos lingüistas datan el comienzo del lenguaje hace 50.000 años. Es decir que se habrían requerido más de 200.000 años de linaje Sapiens y seis millones de años, después de separarnos de la rama de los monos actuales para construir el lenguaje. Sin embargo, recién hace 6.000 años con las primeras escrituras cuneiformes en Sumeria especialmente habríamos alcanzado la lecto-escritura, constituyendo un singular avance tecnológico-cultural.

Aunque la lectura y el lenguaje son procesos emparentados, no son equivalentes: las áreas del cerebro relacionadas con la lectura, si bien están conectadas, son distintas a las de los idiomas. En algunos casos es posible incluso encontrar enfermedades del lenguaje en las cuales la persona tiene dificultades para hablar o comprender el lenguaje oral (afasia) pero conserva la lectura. Inversamente, teniendo la persona una oralidad normal puede existir una alteración en su capacidad de leer (dislexia o alexia).

La lectura implica mecanismos de aprendizaje en los cuales trabajan zonas del cerebro llamadas paraverbales, cercanas a las zonas dedicadas al lenguaje. Un grupo de investigación liderado por Bruce McCandliss de la Universidad Vanderbilt observó en una serie de Resonancias Magnéticas Funcionales la enseñanza de la lectura a niños de edad preescolar, observando la asociación de sonidos y letras que implica ese aprendizaje, durante el cual se activan áreas visuales específicas (giro fusiforme izquierdo).

Hablar y también entender

El encéfalo se fue diferenciando desde hace millones de años cuando nos separamos del linaje de nuestros primos hermanos, los chimpancés, adaptándonos para poder hablar. Evolucionan así los centros del lenguaje oral, para entender y además procesar el movimiento de los complejos músculos del lenguaje.

Mejoró la corteza cerebral que planifica el movimiento práxico-lingüístico de comprensión y de expresión. Recibe además el cerebro información empática y de neuronas en espejo en corteza prefrontal y la corteza suplementaria, y áreas emocionales que condicionan la subjetividad. También mejora la coordinación (el sistema extrapiramidal y el cerebelo) que permiten perfeccionar el sistema oral y escrito.

Existen métodos para que el lenguaje sea más efectivo y para que se produzca un loop lectura-lenguaje-pensamiento, para así entender lo que estamos leyendo en voz alta, quizá un poco después de los que nos escuchan (ya el fenomenólogo Alfred Schütz planteó que somos los últimos que nos escuchamos cuando hablamos en voz alta). A este sistema se lo llama bucle fonológico. Esta función a veces produce dificultades, fundamentalmente en pacientes que padecen de problemas atencionales como el famoso "déficit atencional con hiperactividad" que, si bien fue descripto en lo niños (fundamentalmente porque es el momento en el que aprendemos a leer), existe también en los adultos, pudiendo ocasionar problemas laborales y sociales. Esta alteración implica una dificultad para seguir el hilo del pensamiento mientras es realizada la lectura, alterando la conexión entre lo que hemos leído en el pasado inmediato y lo que estamos leyendo, que pasa a ser captado en forma sistemática.

Otro conflicto que puede generar la lectura en voz alta es la tartamudez, que no es un problema de pensamiento y la persona no la padece cuando lee internamente, siendo este un problema de madurez en el sistema premotor de la palabra y en la conformación estructural de las palabras, que requiere de procesos procedurales del lenguaje. Estos procesos pueden mejorar notablemente si se le agrega música a las palabras. Así, muchas personas anulan su tartamudez al cantar, lo cual nos sugiere que hay que dar más importancia a las habilidades prosódicas (musicalidad del lenguaje) en la educación de la lectura.

Un segundo idioma: más racional y menos emocional

Dentro de la lectura normal se encuentra también la problemática de un segundo idioma, en donde se ha descripto que cuando pensamos en un segundo idioma somos más racionales y menos emocionales. Un idioma materno se incorpora tempranamente como uno de los primeros procesos intelectuales y se ubica profundamente en nuestro cerebro en forma automática, lo cual causa que sea menos el esfuerzo racional necesario para generar instancias expresivas y emocionales.

Por otro lado, la lectura necesita no solo la memoria de las palabras, sino también la correcta conjugación de las mismas en el marco de un funcionamiento procedural que es inconsciente y que requiere un pensamiento planificador motor.

Entender las capacidades fonológicas y semánticas de las palabras, así como su musicalidad, es necesario para comprender cómo es posible aprender a leer correctamente, pero fundamentalmente para conseguir entender la transformación de la lectura en pensamiento. Y si bien las palabras constituyen el elemento básico del leer, como dijo Saramago: las palabras son soló piedras puestas en el río que sirven para llegar a la otra orilla, que es lo que realmente importa.