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Acerca de un estudio de la temporalidad, en su articulación con la cognición y el lenguaje

No existe nada en el mundo que pueda ser percibido sensorialmente como tiempo

Ricardo Soca

Nuestro conocimiento del mundo está limitado y condicionado por las restricciones fisiológicas de nuestra experiencia sensible. Percibimos, luego conocemos y expresamos en el lenguaje de la manera en que nuestro sistema neurosensorial nos lo permite. Esta corporeización de nuestra cognición determina también la estructura de nuestro sistema conceptual y, por lo tanto, del lenguaje.

Las ciencias naturales dan por zanjada la discusión sobre la existencia de un mundo material independiente de quien lo perciba, pero nuestra percepción está limitada y condicionada por las restricciones que le impone nuestro sistema neurosensorial, el cual da lugar a realidades que son exclusivas delos individuos que las perciben. Por ejemplo, no existen en el mundo real el sabor dulce ni el color azul; el primero es creado en nuestro cerebro por el efecto que determinadas sustancias ejercen sobre nuestras papilas gustativas y el segundo, por la elaboración llevada a cabo por nuestro aparato visual a partir de la percepción de los rayos luminosos de determinada longitud de onda. Ninguno de ellos existe independientemente de la percepción por parte de un individuo.

Con el tiempo ocurre exactamente lo opuesto: la física ha construido un sólido  edificio teórico basado en el axioma de que el tiempo existe como un atributo esencial del cosmos. Y fue preciso considerarlo como un axioma porque no lo vemos, no lo tocamos, no lo percibimos con los sentidos; el tiempo es elusivo, furtivo, intangible, imperceptible (Evans 2004). No parece haber ningún aparato neurológico que nos permita percibir la existencia del tiempo (Lakoff & Johnson, 1999).  Lo intuimos en la duración y en las periodicidades —como el paso del sol, el movimiento de las agujas del reloj o las oscilaciones de los cristales de cuarzo, con las que nos arreglamos para representarlo—, pero no existe nada en el mundo que pueda ser percibido, señalado ni identificado como tiempo.

Por esta razón, la conceptualización de la temporalidad funciona de manera diferente de la de todos los demás elementos del mundo a los que podemos acceder, porque el tiempo presenta un carácter esencialmente distinto para la experiencia humana: no lo percibimos físicamente, no podemos verlo, tocarlo, y ni siquiera concebirlo, a menos que lo vinculemos con eventos que ocurren en su transcurso.

Esto ejerce importantes consecuencias sobre el lenguaje: así como no lo percibimos sensorialmente, no tenemos cómo hablar del tiempo sin referirlo a elementos externos a él, pero que ocurren y existen en su transcurso, como el espacio y el movimiento.

En efecto, concebimos la duración en términos de longitud física,  no podemos medirla si no es en función de vínculos metafóricos que establecemos con eventos, que son lo que sí podemos percibir:

  • El paso del tiempo.
  • La Navidad ya está llegando.
  • Nos estamos acercando a fin de año
  • Está llegando a la edad de ir a la escuela.
  • Ya se nos viene la Semana de Turismo.

No existe nada que podamos identificar inequívocamente como tiempo, solo lo concebimos relacionándolo con movimiento y espacio, como hacemos al basarnos en el funcionamiento de los relojes o el movimiento aparente del sol. Lo representamos gráficamente en sistemas de coordenadas en los cuales aparece situado espacialmente en el eje de las abscisas. El sistema conceptual lo entendemos como

[...] aquel atributo de la mente que organiza y almacena informaciones que han alcanzado el estatus de representaciones y que pueden, por lo tanto, ser evocadas,  modeladas y empleadas con fines de razonamiento, proyección, abstracción, etc. El contenido del sistema conceptual está, pues, disponible para procesos simbólicos como el lenguaje, que aparea un símbolo físico, por ejemplo, un sonido, con un significado. El lenguaje tiene la capacidad de simbolizar las informaciones a las que tenemos acceso consciente [...] (Evans 2004: apud Barsalow 2003, traducción mía).

El lenguaje no es una facultad separada de los demás procesos cognitivos, sino que está estrechamente entrelazado con ellos, compartiendo estructuras y habilidades, tales como la creación de conceptualizaciones estructuradas, según Cuenca y Hilferty (1999), quienes agregan que el lenguaje es de naturaleza fundamentalmente ‘corpórea’, es decir, su funcionamiento está íntimamente relacionado con la experiencia corporal del ser humano.

De acuerdo con lo que antecede, el lenguaje de la temporalidad debe darnos pistas sobre la forma en que nuestro sistema conceptual maneja las nociones referentes al tiempo, que reflejan nuestra experiencia corporeizada.

En ese sentido, uno de los propósitos del Proyecto de Redes Temporales, que se está llevando a cabo en la Facultad de Humanidades bajo la conducción de Sylvia Costa, es precisamente indagar las formas en que las piezas léxicas vinculadas a la temporalidad se articulan entre sí, a fin de comprender cómo nuestra conceptualización y, por ende, nuestra cognición, se las arreglan para aprehender la temporalidad.

Se trata de un proyecto de abordaje multidisciplinario entre la lexicología, la lexicografía, la informática y que, tal vez, podría ser también de interés para la psicología y la neurociencia.

Referencias bibliográficas

Cuenca, María Josep y Joseph Hilferty (2013). Introducción a la lingüística cognitiva. Madrid: Ariel.

Evans, Vyvyen (2004). The Structure of Time. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins.

Evans, Vyvyen (2014). The Myth of Language. Cambridge: Cambridge University Press.

Jackendoff, Ray (2002). Foundations of Language. Brain, Meaning, Grammar, Evolution. Oxford: Oxford University Press.

Lakoff, George (1987). Women, Fire and Dangerous Things. What categories reveal about the mind. Chicago: Chicago University Press.