Martes, 20 de abril de 2021

¿Por qué los seres humanos hablan tantas lenguas?

Mapa de las 406 lenguas que se hablaban en Australia antes de la llegada de los europeos. Claire Bowern, Yale University, con apoyo de la National Science Foundation BCS-1423711, CC BY

Michael Gavin*

El techo de paja contenía los rayos del sol, pero no llegaba a mitigar el calor tropical. Cuando todos los participantes en el taller de investigación salieron para descansar un poco, se separaron en pequeños grupos a la sombra de los cocoteros para aliviarse del calor y disfrutar la brisa. Fui recorriendo de un grupo a otro, participando en las discusiones. Me di cuenta de que, cada vez que me acercaba a un nuevo grupo, el idioma de la conversación cambiaba de una lengua indígena a algo que sabían que yo podía entender, el bislama o el inglés. Me sorprendió la facilidad con que los participantes en la reunión cambiaban de idioma, pero me asombró más aún el número de lenguas indígenas diferentes.

Treinta personas se habían reunido para el taller en esta isla del Pacífico Sur, y todos, excepto yo, procedían de la isla Makelua, en Vanuatu, donde vivían en dieciséis comunidades diferentes y hablaban otras tantas lenguas.

En muchos casos, era posible estar en el límite de un pueblo y divisar las afueras de la siguiente comunidad, pero lo sorprendente era que los habitantes de cada pueblo hablaban lenguas completamente distintas. Según un trabajo reciente de mis colegas del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia de la Humanidad, esta isla, de apenas cien kilómetros de largo por veinte de ancho, alberga a hablantes de unas cuarenta lenguas indígenas diferentes. ¿Por qué tantas?

Podríamos hacer esta misma pregunta a todo el planeta. La gente no habla una lengua universal, ni siquiera un puñado. Por el contrario, hoy en día nuestra especie habla en total más de 7 000 lenguas distintas.

Y estas lenguas no están repartidas al azar por todo el planeta. Por ejemplo, hay muchas más lenguas en las regiones tropicales que en las zonas templadas. La isla tropical de Nueva Guinea alberga más de novecientas lenguas. Rusia, veinte veces más grande, tiene 105 lenguas autóctonas. Incluso dentro de los trópicos, la diversidad lingüística varía mucho. Por ejemplo, los 250.000 habitantes de las ochenta islas de Vanuatu hablan 110 lenguas diferentes, pero en Bangladesh, una población seiscientas veces mayor, solo se hablan 41 lenguas.

¿Por qué los seres humanos hablan tantas lenguas? ¿Y por qué están tan desigualmente repartidas por el planeta? En realidad, tenemos pocas respuestas claras a estas preguntas fundamentales sobre cómo se comunica la humanidad.

Algunas ideas, pero pocas pruebas

La mayor parte de la gente puede pensar fácilmente en posibles respuestas a estas preguntas tan intrigantes. Se plantean la hipótesis de que la diversidad lingüística debe tener que ver con la historia, las diferencias culturales, las montañas o los océanos que dividen a las poblaciones, o las viejas rencillas: "los odiamos, por eso no hablamos con ellos".

También parece que estas cuestiones deberían ser fundamentales para muchas disciplinas académicas: lingüística, antropología, geografía humana. Pero, a partir de 2010, cuando nuestro variopinto equipo de investigadores de seis disciplinas diferentes y de ocho países distintos empezó a revisar lo que se sabía, nos sorprendió que solo se hubiera llevado a cabo una docena de estudios previos, incluyendo uno que nosotros mismos ejecutamos sobre la diversidad lingüística en el Pacífico.

En todas estas iniciativas, se examinaba el grado de correlación entre las distintas variables ambientales, sociales y geográficas y la cantidad de lenguas que se hallaban en un lugar determinado. Los resultados variaron mucho de un estudio a otro, y no surgieron de allí patrones claros. Los estudios tropezaron asimismo con muchos problemas metodológicos, el mayor de los cuales se centró en el viejo adagio estadístico: correlación no es igual a causalidad.

Queríamos conocer los pasos exactos que llevaron a que se formaran tantas lenguas en ciertos lugares y tan pocas en otros. Pero los trabajos anteriores aportaban pocas teorías sólidas sobre los procesos específicos implicados, y los métodos utilizados no nos acercaban a la comprensión de las causas de los patrones de diversidad lingüística.

Por ejemplo, los estudios anteriores señalaban que en las latitudes más bajas las lenguas suelen hablarse en áreas más pequeñas que en las latitudes más altas. Cuanto más cerca del ecuador, más lenguas caben en un área determinada. Pero este resultado no nos dice mucho sobre los procesos que crean la diversidad lingüística. El hecho de que un grupo de personas cruce una línea imaginaria en el mapa no significa que se vaya a dividir automáticamente en dos poblaciones diferentes que hablan dos lenguas distintas. La latitud puede estar relacionada con la diversidad lingüística, pero obviamento no la creó.

¿Puede un simple modelo predecir la realidad?

Una mejor manera de identificar las causas de determinados patrones es simular los procesos que pensamos que pueden crearlos. Cuanto más se acerquen los productos del modelo a la realidad que sabemos que existe, mayores serán las posibilidades de entender los procesos reales que están en marcha.

Dos miembros de nuestro grupo, los ecologistas Thiago Rangel y Robert Colwell, habían desarrollado esta técnica de modelización por simulación para sus estudios de los patrones de diversidad de las especies. Pero nadie había utilizado este enfoque para estudiar la diversidad de las poblaciones humanas.

Decidimos entonces explorar su potencial construyendo primero un modelo sencillo, para comprobar hasta qué punto unos pocos procesos básicos podrían explicar los patrones de diversidad lingüística en una sola parte del globo: Australia.

Nuestra colega Claire Bowern, lingüista de la Universidad de Yale, creó un mapa (ver arriba) que muestra la diversidad de lenguas aborígenes ―un total de 406― que había en Australia antes de la llegada de los europeos. Había muchas más lenguas en el norte y en las costas, y relativamente pocas en el interior del desierto. Queríamos comprobar hasta qué punto un modelo basado en un conjunto sencillo de procesos podía ajustarse a este patrón geográfico de diversidad lingüística.

Nuestro modelo de simulación se basó en tres supuestos básicos. En primer lugar, las poblaciones se desplazarían para ocupar los espacios disponibles donde no vive nadie.

En segundo lugar, las precipitaciones limitarían el número de personas que pueden vivir en un lugar; nuestro modelo suponía que la gente viviría en mayores densidades en las zonas donde lloviera más. Las precipitaciones anuales varían mucho en Australia, desde más de tres metros en los bosques tropicales del noreste hasta una 0,1 metro en el Outback.

En tercer lugar, asumimos que las poblaciones humanas tienen un tamaño máximo. El tamaño ideal de un grupo es un compromiso entre los beneficios de un grupo más grande (una mayor selección de parejas potenciales) y los costes (el seguimiento de los individuos no relacionados). En nuestro modelo, cuando una población superaba un umbral máximo ―fijado aleatoriamente a partir de una distribución global del tamaño de las poblaciones de cazadores-recolectores― se dividía en dos poblaciones, cada una de las cuales hablaba una lengua distinta.

Utilizamos este modelo para simular mapas de diversidad lingüística en Australia. En cada iteración, una población inicial surgía aleatoriamente en algún lugar del mapa y comenzaba a crecer y extenderse en una dirección aleatoria. Un mapa de precipitaciones subyacente determinaba la densidad de población, y cuando el tamaño de la población alcanzaba el máximo predeterminado, el grupo se dividía. De este modo, las poblaciones humanas simuladas crecían y se dividían a medida que se extendían hasta llenar todo el continente australiano.

Nuestro sencillo modelo no incluía ningún impacto del contacto entre grupos, los cambios en las estrategias de subsistencia, los efectos del préstamo de ideas culturales o componentes del lenguaje de grupos cercanos, ni muchos otros procesos potenciales. Por tanto, esperábamos que fracasara estrepitosamente.

Increíblemente, el modelo produjo 407 lenguas, solo una menos que el número real.

Los mapas lingüísticos simulados también muestran más lenguas en el norte y a lo largo de las costas, y menos en las regiones secas del centro de Australia, reflejando los patrones geográficos de la diversidad lingüística observada.

Así pues, para el continente australiano parece que un pequeño número de factores ―las limitaciones que la lluvia impone a la densidad de población y los límites del tamaño de los grupos― podrían explicar tanto el número de lenguas como gran parte de la variación en el número de lenguas que se hablan en los distintos lugares.

No obstante, sospechamos que los patrones de diversidad lingüística en otros lugares pudieran estar determinados por factores y procesos diferentes. En otros lugares, como Vanuatu, los niveles de lluevias no varían tanto como en Australia, y las densidades poblacionales demográficas pueden estar condicionadas por otras condiciones ambientales.

En otros casos, parecía probable que el contacto entre distintos grupos humanos probablemente hubiera alterado el paisaje de la diversidad lingüística. Por ejemplo, la propagación de grupos agrícolas que hablaban lenguas indoeuropeas o bantúes puede haber cambiado la estructura de las poblaciones y las lenguas habladas en enormes zonas de Europa y África, respectivamente.

No obstante, una gran variedad de factores y procesos sociales y ambientales han contribuido a conformar los patrones de diversidad lingüística que vemos en el mundo. En algunos lugares, la topografía, el clima o la densidad de recursos naturales clave pueden ser más críticos; en otros, la historia de la guerra, la organización política o las estrategias de subsistencia de los diferentes grupos pueden desempeñar un papel más importante en la configuración de los límites de los grupos y los patrones de diversidad lingüística. Lo que hemos establecido por ahora es una plantilla para un método que pueda utilizarse para descubrir los diferentes procesos que se dan en cada lugar.

La diversidad lingüística ha desempeñado sin duda un papel fundamental en la configuración de las interacciones de los grupos humanos y la historia de nuestra especie; sin embargo sabemos sorprendentemente poco sobre los factores que conforman esta diversidad. Esperamos que otros científicos se sientan tan fascinados como nuestro grupo por la geografía de la diversidad lingüística como nuestro grupo de investigación y se unan a nosotros en la búsqueda de una explicación de por qué los humanos hablan tantas lenguas.

* Michael Gavin. Profesor Asociado de Dimensiones Humanas de los Recursos Naturales, Colorado State University.

Traducido del inglés por Ricardo Soca.