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Fernando A. Navarro es médico y traductor médico. Es autor del conocido "Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina", publicado por McGraw-Hill Interamericana.
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Parentescos sorprendentes
Por Fernando Navarro

 

caníbal y caribeño


Los diarios de Cristóbal Colón recopilados por fray Bartolomé de las Casas constituyen una obra sin par, en la que el almirante de la Santa María, figura puntera en la historia universal, nos relata sus impresiones de un mundo nuevo –¡tan distinto del europeo!–, que él creía ser las Indias. Todo en el Nuevo Mundo asombraba a los descubridores, y Colón nos describe entusiasmado las canoas, las hamacas, los árboles, las frutas, los animales y las costumbres que ve por vez primera.

¿Cómo serían las primeras entrevistas entre los españoles y los indios de las Antillas, ignorantes unos y otros del idioma de sus interlocutores? A juzgar por las anotaciones de los diarios colombinos, muchas palabras de las lenguas vernáculas parecen entenderlas los españoles con dificultad, o cambian de pronunciación de unas islas a otras. Como no es cosa de reproducir aquí en versión completa una obra que puede encontrarse en cualquier biblioteca y comprarse en cualquier librería, me limitaré a copiar sólo algunos pasajes escogidos del primer viaje, que son los que me interesan para la entrega de hoy.

En la anotación correspondiente al 23 de noviembre de 1492, cinco semanas después de arribar a las nuevas tierras, De las Casas escribe: «que había en [Bohío] gente que tenía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostraban tener gran miedo. Y desque vieron que lleva este camino, diz que no podían hablar porque los comían y que son gente muy armada».

El 26 de noviembre de 1492: «Toda la gente que hasta hoy ha hallado diz que tiene grandísimo temor de los Caniba o Canima, y dicen que viven en esta isla de Bohío. [...] no podían hablar temiendo que los habían de comer».

El 27 de noviembre de 1492: «no sé la lengua, y la gente de estas tierras no me entienden ni yo ni otro que yo tenga a ellos. Y estos indios que yo traigo muchas veces les entiendo una cosa por otra al contrario».

El 11 de diciembre de 1492: «porque todas estas islas viven con gran miedo de los de Caniba, y [creo] que Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vecino, y terná navíos y vendrán a captivarlos, y como no vuelven creen que se los han comido».

El 17 de diciembre de 1492: «trujéronles ciertas flechas de los de Caniba o de los Caníbales [...]. Mostráronles dos hombres que les faltaban algunos pedazos de carne de su cuerpo y hiciéronles entender que los caníbales los habían comido a bocados; el Almirante no lo creyó».

El 26 de diciembre de 1492: «el comienzo fue sobre habla de los de Caniba, que ellos llaman caribes, que los vienen a tomar».

Y el 13 de enero de 1493, por último: «que en las islas pasadas estaban con gran temor de Carib, y en algunas le llamaban Caniba, pero en la Española Carib; y que debe de ser gente arriscada, pues andan por todas estas islas y comen la gente que pueden haber».

De la lectura de estos pasajes se deduce que los temibles caníbales –que supuestamente comían carne humana–, no eran más que una variante fonética de los caríbales o caribes, pueblo que dominaba por entonces gran parte de las Antillas y cuyo nombre se conserva en el del mar Caribe. A pesar de este origen común, ¿verdad que a todos nos suena más dulce, más cálido, más sensual el adjetivo caribeño que el adjetivo caníbal?

 

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