Jueves, 19 de octubre de 2017

Foso y fósil

Fernando A. Navarro es médico y traductor médico. Es autor del conocido "Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina", publicado por McGraw-Hill Interamericana.
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Parentescos sorprendentes
Por Fernando Navarro

 


foso y fósil


Los verbos, es cosa sabida, permiten formar un participio femenino y otro masculino; de bendecir, por ejemplo, tenemos bendito y bendita; o de lesionar, leso y lesa. Igual sucedía, claro, con los verbos latinos, como fodere (cavar). Su participio femenino, fossa -que podía significar "excavación", "fosa", "tumba" o "canal", según el contexto-, ha dado en castellano fosa, mientras que su participio masculino, fossus, probablemente a través del italiano medieval fosso, nos ha dejado el foso que rodea a muchos castillos y fortalezas.

Para los romanos, fossilis era cualquier objeto que encontraran o sacaran excavando la tierra. Durante mucho tiempo, los antiguos minerálogos siguieron dando ese mismo nombre, fósil, prácticamente a todos los objetos y materiales que extraían del seno de la tierra en las excavaciones, hasta que el sueco Linneo restringió el carácter de los fósiles a las sustancias orgánicas petrificadas (o fosilizadas), ya sean de origen vegetal o animal. Se explica así que, si para un romano cualquier pedrusco, clavo oxidado o sandalia vieja que encontrara enterrados en el suelo era ya un fósil, para nosotros esta palabra se asocie automáticamente con los objetos que salen a la luz después de haber permanecido enterrados durante millares o incluso millones de años, lo que los convierte en testigos de la historia de nuestro planeta. Gracias a los fósiles, por ejemplo, hemos podido saber de la existencia de animales extintos (como dinosaurios, mastodontes o trilobites) y reconstruir con bastante aproximación la evolución del ser humano en su transición prehistórica del Homo habilis al actual Homo sapiens, pasando por el Homo antecessor de Atapuerca.

Creo haber dicho, al comienzo del artículo, que cavar se decía en latín fodere; en realidad, eso es cierto sólo para el latín culto, pues en latín vulgar se decía fodiare, que en castellano evolucionó a hozar, para referirse a una forma singular de cavar la tierra, removiéndola y levantándola con el morro, como hacen los cerdos y jabalíes. Y precisamente del verbo hocicar, frecuentativo de hozar, procede el nombre de hocico que damos hoy a la boca prominente del cerdo y otros muchos animales.

Derivados directos de este latín vulgar fodiare son también fodium y su equivalente español hoyo. Éste se utiliza generalmente para cualquier agujero excavado en la tierra, ya sea tan pequeño como el gua que hacíamos de chavales para jugar a las canicas, o tan grandes, profundos e imponentes como la sepultura destinada a enterrar un cadáver -«el muerto al hoyo y el vivo al bollo», dice un conocido refrán-, pero también para muchas otras figuras cóncavas que nada tienen que ver con la tierra, como los graciosos hoyuelos que se les forman a muchos bebés en los mofletes o el característico hoyuelo que tiene el actor Kirk Douglas en la barbilla. Y puesto que las mazmorras se han habilitado tradicionalmente en sótanos oscuros y lóbregos, a menudo excavados bajo tierra, nada de extraño tiene que nuestra palabra calabozo esté también emparentada con fodium; más concretamente, con el latín vulgar calafodium, compuesto con una supuesta raíz prerromana cala que transmitía la idea de cueva o lugar protegido.