Aunque en etimología nunca puede darse nada
por seguro, algunos etimólogos han aventurado la posibilidad de un parentesco
entre la raíz vir y otras tres
palabras latinas:
En
primer lugar, el adjetivo latino viridis
con el sentido de “vigoroso, joven, lleno de fuerza”, para referirse muy
especialmente a las plantas y árboles llenos de savia. Este adjetivo está en el
origen de nuestro color verde, tan
característico de las hierbas y las plantas en su época de máximo vigor
primaveral. Podemos encontrar todavía el latinismo original en el lenguaje
microbiológico, donde se llamó Streptococcus
viridans a un estreptococo que crecía en los medios de cultivo formando
colonias verdes. Pero son mucho más numerosos los derivados directos de verde
en español, desde el verdín que se
forma en los objetos de cobre hasta las verduras
(nombre genérico que se da a las hortalizas de hojas verdes, como lechugas,
espinacas o acelgas, pero también a otras hortalizas de variado colorido:
habichuelas, cebollas, pimientos, zanahorias, etc.) y los verduleros que las venden, pasando por el verbo reverdecer y palabras aparentemente más
distantes, como vergel (del latín viridarium, “arboleda”). La más insólita
de todas es probablemente el verdugo,
inicialmente una vara que se cortaba
verde; como ésta se utilizara para azotar, se dio asimismo ese nombre al
alguacil encargado de ejecutar la pena de azotes y, más tarde, al encargado de
aplicar cualquier tormento, y también la pena de muerte. De ahí la imagen que
hoy suscita en nosotros la palabra verdugo: figura tétrica e impasible junto al
cadalso, de rostro oculto bajo una negra capucha, y dispuesta a hacer caer la
cuchilla de la guillotina, decapitar al reo de un hachazo, tirar de la soga o
aplicar el garrote vil. El sentido original del viridis latino, que expresaba relación con el vigor, la fuerza y la
juventud se conserva en nuestra expresión viejo
verde, que explicaba así Covarrubias en 1611: «estarse uno verde, no dexar la loçanía de moço aviendo entrado en edad».
Parecido
origen tiene también el latín virga
(rama, vara, retoño), de donde derivan tanto el nombre de verga que damos al miembro viril (registrado ya en el De anima de Casiodoro, allí por el siglo vi) como el nombre de verja
que damos al enrejado que sirve de puerta, ventana o cerca; y es que en
nuestro Siglo de Oro, la verja no era todo el enrejado en su conjunto, sino
cada una de las barras que lo componían. Del diminutivo virgula (varita; rayita o línea muy delgada) procede directamente
el francés virgule (coma), que se
utilizó bastante en nuestro idioma como galicismo durante la época de máxima
influencia francesa en nuestro país, a finales del siglo xix. En 1883, el bacteriólogo alemán
Robert Koch aisló en Alejandría la bacteria causal del cólera, un bacilo en
forma de coma (Kommabazillus) que
bautizó como Vibrio comma (el actual Vibrio cholerae). Los médicos españoles
de la época, por influencia del francés bacille
virgule, lo conocieron como bacilo
vírgula.
Una
tercera palabra latina que algunos etimólogos relacionan con vir es virgo, virginis (muchacha, doncella, virgen). Ya en el siglo vii,
el propio san Isidoro de Sevilla lo relacionaba en sus Etimologiae con viridis, en el sentido ya visto de juventud: «Virgo a viridiori aetate dicta est» (el nombre de virgen le viene
de su muy tierna edad). Latinismo puro es virgo,
tanto en su sentido de virginidad
como para designar el sexto signo del zodíaco, del 23 de agosto al 22 de
septiembre. En nuestra cultura, la virginidad de las mujeres fue siempre valor
preciadísimo, y horrenda ofrenta el desvirgarlas
fuera del matrimonio (curiosamente, por cierto, con la verga, prima hermana
etimológica del virgo). En el mundo católico, la virgen por antonomasia, la
Virgen con mayúsculas, ha sido tradicionalmente la Virgen María, pero vírgenes, lo que se dice vírgenes, ha habido en
la historia de la humanidad unas cuantas más. El estado de Virginia, por ejemplo, recibió ese nombre en honor de la reina
Isabel I de Inglaterra, the Virgin Queen
(la Reina Virgen, porque nunca llegó a casarse; según las malas lenguas, por
ser estéril); recuerdo todavía una famosa serie de televisión que se emitía en
España cuando yo era pequeño, El virginiano, protagonizada,
lógicamente, por un natural de Virginia.