Jueves, 15 de noviembre de 2018

No, los andaluces o los latinoamericanos no hablan un mal castellano

09/03/2018
Enrique Benítez

 

Hipertextual

 

 

"El mejor castellano se habla en Valladolid", "a los andaluces no se les entiende porque no saben hablar" y "los latinoamericanos están destrozando el idioma de Cervantes". Queda con un par de cuñados españoles y probablemente asentirán como borregos ante estas afirmaciones ridículas y con tintes discriminatorios. 

Últimamente, hay demasiada gente que se ha quejado de que en La Peste no se entienda nada por el acento andaluz de los actores. También hay algunos que no aguantan un doblaje en español latinoamericano ni siquiera en el caso de películas ambientadas en Latinoamérica, como el caso de Coco, la última de Pixar, que realmente se estrenó en español con acento mexicano. Pero no son solo los cuñados los que a menudo caen en estos tópicos vergonzosos y discriminatorios. 

De vez en cuando nos encontramos a famosos, periodistas, políticos, intelectuales e incluso filólogos criticando el acento, la gramática o la ortografía de otras personas. Quizá tú también hayas caído: yo, sin duda, también soy culpable. A menudo lo hacemos simplemente para desacreditar los argumentos de la otra persona o dejar en evidencia su supuesta falta de inteligencia o cultura. Nos refugiamos en el supuesto "buen" uso de la lengua para atacar a la persona, dejando a un lado sus argumentos. 

La discriminación por la forma de hablar (o escribir) está tan aceptada en nuestra sociedad que la imagen que acompaña este párrafo no chocaría a demasiada gente. Sin embargo, la verdad es que tras estas palabras, aparentemente inocentes, se esconden bastantes prejuicios y discriminaciones potencialmente peligrosas.

 "No juzgo a las personas por su raza, su credo, su color o su género, sino por su ortografía, su gramática y su puntuación". En realidad, si juzgas a las personas por su gramática o su ortografía, en última instancia también las estarás juzgando por su raza, su credo o su origen. Veamos por qué, quizá te lleves una sorpresa.

No es más que una reiteración de las relaciones de poder

¿Te has preguntado alguna vez por qué la variedad lingüística natural de los andaluces y la de los latinoamericanos difiere tanto del español estándar, del español que dicta la Real Academia, del que se considera español "correcto"? La variedad lingüística natural de los vallisoletanos, toledanos o madrileños es, sin embargo, fonética y gramaticalmente mucho más similar al español "correcto". ¿Es casualidad? ¿Son los toledanos, madrileños o vallisoletanos más inteligentes que los latinoamericanos o los andaluces? ¿Es porque los primeros tienen más estudios que los segundos? ¿O es simplemente que los andaluces y los latinoamericanos no saben hablar? 

Para empezar, seamos rotundos: los andaluces o los latinoamericanos no hablan mal y su inteligencia o nivel educativo aquí no tienen nada que ver. Desde el punto de vista científico, todas y cada una de las las variedades lingüísticas, ya nos refiramos a ellas como "lengua", como "dialecto" o como "habla", son equivalentes. Todas pueden cumplir las mismas funciones y son iguales de válidas: todas se han creado (y se crean, ya que están en constante evolución, para adaptarse a las necesidades de sus hablantes) usando una cartera de recursos lingüísticos basados en cimientos y limitaciones biológicas comunes a todos los humanos. 

La clave está, realmente, en que la estandarización del español se ha llevado siempre a cabo desde el centro de hegemonía política, cultural e ideológica de la Corona de Castilla (alrededor de Toledo, Valladolid, Madrid), desde los tiempos de Alfonso X, pasando por el Imperio español, hasta nuestros días. Es decir, la decisión sobre qué formas lingüísticas y qué pronunciación se deberían considerar "correctas y cuáles no, además del diseño de la ortografía de la lengua española, se ha realizado tradicionalmente desde esta zona basándose en el habla culta de… esta zona.

¿El único pecado de los latinoamericanos y andaluces? Haber nacido lejos de allí. Haber crecido en una comunidad de hablantes que ha tenido históricamente –y en cierta medida, todavía tiene– mucho menos poder económico, político, cultural e ideológico: insuficiente como para imponer su forma de hablar a los demás. Si las relaciones de poder hubiesen virado hacia Andalucía o Latinoamérica, el español correcto, el español con más prestigio social, quizá sería el andaluz o alguna variedad, por ejemplo, mexicana o chilena. Los castellanos serían los que "hablasen mal", los que tuviesen un acento "regional", y este texto tendría otro título.

Esta relación entre el poder hegemónico de cada comunidad de hablantes y el prestigio de su forma de hablar se observa en prácticamente todos los rincones del mundo. En el Reino Unido, por ejemplo, el foco de poder se ha situado históricamente en el sur, alrededor de la capital londinense; por eso, el inglés estándar se parece más al inglés londinense que al inglés de Manchester, Liverpool o Edimburgo. En Estados Unidos, las cosas se complican aun más, y no solo hay diferencias geográficas, sino que también tenemos diferencias raciales: el inglés de los afroamericanos (llamado African-American Vernacular English) se diferencia mucho del inglés estándar americano, que está basado en el inglés de los estadounidenses blancos.

Hablismo, otro prejuicio que tenemos que superar

Como acabamos de comentar, todas las variedades lingüísticas del español –y de cualquier lengua– tienen la misma validez desde el punto de vista científico. Lo único que las diferencia unas de otras es su consideración social, que en última instancia emana de la reputación de sus hablantes y su poder de influencia frente a otras comunidades. Es por eso que cuando juzgas la gramática, la pronunciación o la ortografía de alguien, es muy probable que estés discriminando a la persona por pertenecer a una comunidad (o incluso raza) históricamente desfavorecida.

Para intentar concienciar a la sociedad de sus consecuencias, algunos lingüistas están empezando a utilizar el termino hablismo (accentism en inglés) para referirse a este tipo de discriminación. Sobre todo para los que aún no son del todo conscientes de los graves problemas que acarrean otros prejuicios como el machismo, el racismo o la homofobia, ni de lejos superados en la mayoría de sociedades, añadir otro ismo a la lista les parecerá de risa. Pero las posibles consecuencias no son precisamente para soltar carcajada. 

En primer lugar, cuando juzgamos el habla de otro, no solo estamos atacando a la persona, sino su a identidad y su entorno. Todos aprendemos a hablar de la forma que habla nuestro entorno social, aquellas a las que amamos, aquellas con las que hemos nacido y crecido (véase el concepto de lengua materna). En algunos casos, esto puede acabar generando un estigma hacia los propios orígenes de la persona o incluso afectar su autoestima.

Entrando quizá en cuestiones menos obvias, pero no menos serias, los psicólogos y los lingüistas saben que el acento o el habla, igual que las cualidades físicas o la vestimenta, nos proporcionan una primera impresión de la persona que tenemos enfrente. A partir la forma de hablar de la persona a la que estamos escuchando, hacemos generalizaciones sobre la personalidad, la inteligencia, el nivel educativo e incluso la confianza o credibilidad que nos genera. En ciertos ámbitos de la vida, esto puede tener consecuencias estremecedoras. 

No en vano, hay estudios que sugieren que en las entrevistas de trabajo aquellos que hablan con un acento alejado del estándar tienen menos posibilidades de conseguir el puesto. Solo por tu forma de hablar, el entrevistador tendrá la impresión de que estás menos capacitado para realizar el trabajo que otra persona con exactamente el mismo currículum. Si alguna vez tienes que enfrentarte a un juicio, solo por tener un acento "regional" puede que el juez o el jurado popular te perciban como más culpable que si tuvieses un acento estándar. Igualmente, si eres testigo, tu declaración podría ser percibida como menos creíble y acabar teniendo menos relevancia.

Como en el caso de otros prejuicios, la buena noticia es que el hablismo lo podemos erradicar. ¿Cómo? Podemos dejar de juzgar a las personas por cómo hablan o cómo escriben y empezar a prestar más atención a lo que dicen, que es lo realmente importante. Podemos intentar ser más conscientes de esas injustas y peligrosas primeras impresiones que nos producen otras formas de hablar.

Podemos abrazar la diversidad lingüística en todos los sentidos, no solo entre las diferentes lenguas, sino entre diferentes formas de hablar una lengua, pues todas las lenguas y todas las variedades forman parte de nuestra riqueza cultural. Estigmatizar ciertas variedades no hace sino acrecentar las desigualdades históricas que han sufrido sus hablantes.