Domingo, 18 de noviembre de 2018

La Real Academia y la norma lingüística peruana

29/05/2018
Sofía Rodríguez *

En el Perú hablamos un castellano diferente al de otros países, aunque no es frecuente ser consciente de ello. Nos diferenciamos no solo por la entonación, sino por la estructura y el léxico; hablamos una variedad nacional y muchas variedades regionales. Esta diferenciación no implica jerarquías; por ello debe desterrarse la idea generalizada de la superioridad de un castellano sobre otro, una falsedad que circula desde antiguo y que las nuevas generaciones repiten sin cuestionar.

No es verdad que en Colombia se hable mejor, tampoco que el castellano peruano sea superior al boliviano o al rioplatense. Todas las variedades del castellano —o español— poseen una riqueza única.

A las percepciones populares se suman las opiniones de la Real Academia Española (RAE), la cual si bien es cierto ya no “limpia, fija y da esplendor”, como antaño, ha creado un halo de misterio y hasta genera un respeto supremo por parte de la población en general. No es raro leer o escuchar afirmaciones como “La RAE no lo acepta”, como si la lengua necesitara permisos para ejercer su libertad.

Las recomendaciones de la RAE publicadas en sus obras académicas —y en los sitios de internet en los que participa, como el de la Fundéu— son en su mayoría para la norma ibérica. Sin una guía docente, esos conceptos pueden llevar a los usuarios a creer erróneamente que su castellano local es de inferior calidad. Por esa razón, considero que bien haríamos en difundir el valor de la variedad peruana y el de las variedades regionales en las escuelas, vía los medios de comunicación masivos. Así, las personas resolverían un gran número de dudas lingüísticas sobre lo “correcto” y lo “incorrecto”, “términos que, aplicados al lenguaje, remiten a entidades cambiantes en el tiempo y en el espacio”, como opina Roberto Zavala en su obra “El libro y sus orillas” (FCE, 2012). Zavala añade que lo correcto en un país “a veces se torna incorrecto al trasponer fronteras”, asunto que ignoran quienes promueven el uso madrileño de “vídeo”, por ejemplo, porque consideran que “video” es un error. 

El temor a “equivocarse” al hablar genera también dudas en la escritura. Eso se observa en textos peruanos en los que nuestros diminutivos “piecito” y “manito” son cambiados por “piececito” y “manita”, según el criterio de la RAE, tan ajenos para nosotros. 

El peligro de la desorientación es que se filtren vocablos que no nos pertenecen en las publicaciones peruanas y que sean una guía para los estudiantes. Qué ridículo —y qué  

nefasto— me parece escribir en el Perú “alinea” y “delinea”, en vez de “alínea” y “delínea” (tildadas, porque acá son esdrújulas). De ahí que los agentes de la cadena editorial —autores, editores y correctores— deban capacitarse y velar por nuestros usos locales; igualmente, padres y maestros, pues la formación integral de los jóvenes incluye la reivindicación del castellano peruano.

* Lingüista y docente