Lunes, 20 de noviembre de 2017

Descubren plagio de Ricardo Piglia en "Plata quemada"

23/07/2015

En su laureada novela Plata quemada (Planeta 1997), basada en la historia real de un millonario asalto a un banco de la provincia de Buenos Aires, perpetrado en 1965, el escritor Ricardo Piglia reprodujo textualmente textos del diario uruguayo Acción, escritos 32 años antes de la publicación de su libro, según muestra en su blog el periodista Leonardo Haberkorn.

Tras el atraco, que ocurrió en la localidad bonaerense de San Fernando, los delincuentes huyeron hacia Montevideo, para atrincherarse en un apartamento en el céntrico edificio Liberaij, donde perdieron la vida tras un tiroteo con la policía que duró dieciséis horas.

Las crónicas del diario Acción, publicadas sin firma, fueron escritas por un periodista de indudable talento literario. Plata quemada obtuvo el Premio Planeta de Argentina, pero la legitimidad del galardón fue cuestionada por un tribunal de Buenos Aires, que condenó a Planeta, alegando que  “existen demostradas muchas circunstancias que revelan la predisposición o predeterminación del premio en favor de la obra de Ricardo Piglia”.

Haberkorn descubrió la coincidencia de textos durante la investigación que llevó a cabo para su libro Liberaij (Sudamericana 2014), una crónica periodística basada en los mismos hechos policiales.

Como prueba de sus dichos, Haberkorn publica un trecho del reportaje del diario montevideano Acción publicado el 6 de noviembre de 1965 y lo compara con el libro de Piglia: 

“Se lanzó sobre el miserable una avalancha de pasión que fue casi imposible de contener.
Entre cuatro o cinco que nunca se sabrá quiénes son, el pistolero herido, el asesino, era un baño de sangre viva y palpitante todavía. La avalancha lo rodeó y millares de voces se alzaron hasta el sol pesado de la tarde pidiendo su muerte.
—¡Que lo maten!... ¡Mátenlo!... ¡Que lo maten!...
Nunca habíamos visto una cosa semejante, pero debemos decir también que ese momento de descontrol colectivo se justificaba por el daño terrible y cruelmente causado a la sociedad y a sus leyes.
El deseo de venganza, que acaso sea la primera chispa en el relámpago de la mente humana cuando está lesionada, corría con velocidad eléctrica por entre la muchedumbre.
Y la muchedumbre empujó: varios miles de hombres y mujeres de toda traza y tipo clamando la venganza.
Fueron inútiles entonces los propios cordones policiales y sobre el montón sanguinolento de Mereles y Brignone –ya no importa- llovieron de todas partes los golpes, las patadas, los puñetazos, los escupitajos y los insultos.
Eran las 14 horas y minutos de la tarde y la ambulancia donde lograron tirarlo se perdía en un mar humano de las cabezas con ira”.

Y luego en un recuadro:

 “El jefe de Policía habló y su voz fue una copa de aceite sobre la muchedumbre alucinada.

Pedía calma, pedía sosiego para la labor de la Justicia, pedía tiempo para la meditación y la pena profunda que viene ahora por la memoria de los muertos.
—Yo le di el último puñetazo —dijo el Jefe.
Y sobre las cabezas de la muchedumbre, mostró en el aire caliginoso de la tarde el puño derecho, tinto en sangre".

En la novela de Ricardo Piglia se lee:

“Se lanzó sobre el miserable una avalancha de pasión que fue casi imposible de contener.
Entre cuatro o cinco policías y periodistas lo golpearon con sus armas y sus cámaras, el pistolero herido era un baño de sangre viva y palpitante todavía, que parecía sonreír y murmurar. Santa María Madre de Dios ruega por nosotros pecadores, rezaba el Gaucho. Veía la iglesia y el cura que lo esperaba en la parroquia. Tal vez si pudiera confesarse podría hacerse perdonar, podría explicar al menos por qué había matado a la colorada, porque las voces le dijeron que ella no quería seguir viviendo. Pero él en cambio ahora quería seguir vivo. Quería volver a estar con el cuerpo desnudo del Nene, los dos abrazados en la cama, en  algún hotel perdido en la provincia.
La avalancha lo rodeó y cientos de voces se alzaron hasta el sol pesado de la tarde pidiendo su muerte.
—¡Que lo maten!... ¡Mátenlo!... ¡Que lo maten!...
Nunca se había visto una cosa semejante, en ese momento el descontrol colectivo se justificaba según algunos por el daño terrible y cruelmente causado a la sociedad y a sus leyes, por los delincuentes.
El deseo de venganza, que acaso sea la primera chispa en el relámpago de la mente humana cuando está lesionada, corría con velocidad eléctrica por entre la muchedumbre. Y la muchedumbre empujó: varios cientos de hombres y mujeres de toda traza y tipo clamando venganza.
Fueron inútiles entonces los propios cordones policiales y sobre el montón sanguinolento de Dorda llovieron de todas partes los golpes, las patadas, los puñetazos, los escupitajos y los insultos.
Por fin fue sacado del tumulto y llevado a una ambulancia para su traslado al Maciel. Eran las dos y cuarto de la tarde y la ambulancia donde lograron tirarlo se perdía en un mar humano.
Entonces el jefe de la policía argentina habló y su voz fue una copa de aceite sobre la muchedumbre alucinada.
Pedía calma, pedía sosiego para la labor de la Justicia, pedía tiempo para la meditación y la pena profunda por la memoria de los muertos.
—Yo le di el último puñetazo —dijo Soria.
Y sobre las cabezas de la muchedumbre, mostró en el aire caliginoso de la tarde el puño derecho, tinto en sangre.

 

Haberkorn, que trabaja en una agencia internacional de noticias, no utilizó en su texto la palabra plagio ni formuló ningún comentario, limitándose a exponer y documentar los hechos en su blog.