Viernes, 24 de noviembre de 2017

Carta de un traductor catalán a
Edward Albee

27/06/2012

La Diaria«Por favor, complete una planilla con todas aquellas expresiones en español que no se ajusten exactamente al texto original en inglés, explicando detalladamente por qué debió apartarse de él»: algo así le escribió el representante de Edward Albee al traductor catalán Joan Sellent, que estaba trabajando sobre la obra A delicate balance del octogenario dramaturgo estadounidense. Sellent accedió a cumplir con el extraño requerimiento, según él, por amistad hacia los productores españoles de la obra, ya que de lo contrario no podrían montarla. Pero la semana pasada se dio a conocer una carta abierta dirigida a Albee por el catalán, que no es precisamente un recién llegado a la traducción ni un desconocedor de sus múltiples riesgos y desafíos. Nacido en Castellar del Vallés en 1948, es profesor de Traducción e Interpretación en la Universidad Autónoma de Barcelona, tradujo decenas de obras desde el francés y el inglés al catalán (desde novelas a guiones cinematográficos, pero sobre todo piezas teatrales) y entre los autores que vertió al español o catalán están los narradores Salman Rushdie, Paul Auster, Henry James, Noah Gordon y HG Wells, y también dramaturgos como Tennessee Williams, Harold Pinter, David Mamet, Arthur Miller, Neil LaBute, Oscar Wilde, George Bernard Shaw y, por supuesto, William Shakespeare.Así dice parte de la carta —por las dudas: bilingüe— que dirigió al autor de Quién le teme a Virginia Woolf.Creo que el respeto es una de las prioridades que el traductor debe tener siempre presente y que este respeto tiene dos destinatarios principales: por un lado, el texto original (y, por extensión, su autor); por otro, los espectadores potenciales de la obra.Permítame explicarle los principales motivos por los cuales los requerimientos que recibí después de haber traducido su obra me provocaron el impulso inmediato de no perder ni un minuto en acatarlos: básicamente me sentí insultado como profesional al darme cuenta de que, luego de trabajar como traductor durante más de treinta años, alguien esperaba que dedicara una parte importante de mi tiempo a una tarea tan absurda como inútil.En cuanto a la primera parte de sus exigencias —que anotara «cualquier desviación de las exactas palabras inglesas»—, bien le puedo asegurar que, exceptuando los nombres de los personajes y un par de topónimos o referencias culturales, el resto de mi traducción es una absoluta y radical desviación de las exactas palabras inglesas, sencillamente porque está escrita en otro idioma. Un idioma que, por cierto, no es el español —como erróneamente dice su correo— sino el catalán, una lengua que pertenece a la familia de las lenguas romances y tiene características propias suficientes para conferirle la condición de lengua autónoma en relación con el español y con otras ramas de esta familia. Imagínese el largo kilométrico de la planilla si hubiera decidido cumplir con este requerimiento literalmente.En cuanto a la parte final de sus exigencias —por qué escogió las palabras que usó como reemplazo»—, podría limitarme a argumentar que la dudosa oportunidad de una pregunta como ésta (piense por un momento en que alguien que desconociera su idioma le hiciera la misma pregunta respecto de una obra suya) me vuelve reticente a contestarla, pero dejaré de lado el amor propio y haré el esfuerzo: señor Albee, las palabras escogidas lo fueron simplemente porque el traductor las consideró apropiadas. Usted tenía todo el derecho de temer que podía escoger palabras que traicionasen o distorsionasen el sentido, la intención, el tono y el registro del original; no le diré que es un temor del todo injustificado, porque no escasean los traductores que maltratan y distorsionan lo que les cae en las manos, pero ¿cree que si yo fuera uno de éstos habría de explicitar mis errores en la planilla que se me obligaba a rellenar?Creo firmemente que es decisivo y legítimo que el dramaturgo haga valer su autoridad, sobre todo en estos tiempos en los que proliferan los directores de escena que, en lugar de estar al servicio del texto, tienden a tomarse libertades difícilmente justificables y a otorgarse una supuesta autoría que no les corresponde. Estos directores con ínfulas de autor son uno de los flagelos de la escena contemporánea. También considero absolutamente legítimo el derecho del dramaturgo a controlar las traducciones de sus obras antes de que lleguen a la imprenta o al escenario. Faltaría más.No obstante, creo que cuando uno decide hacer valer sus derechos —y ahora en referencia a cualquier ámbito de la actividad humana— cabe esperar que el pragmatismo, el sentido común y la ética más elemental lo inclinen a hacerlo de una manera inteligente y conveniente a sus intereses, y no de forma ofensiva hacia la parte que supuestamente podría poner en riesgo sus derechos. La experiencia de haber traducido su obra me ha hecho ver hasta qué punto puede resultar lamentable la autoridad cuando se ejerce de una manera que no tiene otra utilidad que humillar gratuitamente a un profesional que no quiere otra cosa que hacer bien su tarea.