Jueves, 25 de mayo de 2017

Calcáneo y calzoncillo

 

 

Parentescos sorprendentes
Por Fernando Navarro

 


calcáneo y calzoncillo

Los romanos llamaban al talón calcaneun, de calx, calcis, (talón), a través del verbo calcare (pisar), por ser esta parte del pie la primera que apoyamos en el suelo al caminar. Con el tiempo, el calcaneun latino ha experimentado una doble evolución en castellano: en el lenguaje vulgar, hacia calcañar; en el lenguaje médico, hacia calcáneo, el mayor de los huesos del tarso, situado en el talón o calcañar. Por insertarse precisamente en este hueso del pie, el tendón del tríceps sural recibe el nombre de tendo calcaneus en la nomenclatura anatómica internacional, aunque es más conocido como tendón de Aquiles. Cuenta la leyenda que Aquiles fue sumergido de niño en las aguas de la laguna Estigir, que conferían la invulnerabilidad, y como su madre lo mantuvo sujeto por el talón derecho, ésta era la única parte vulnerable de su cuerpo.

La misma raíz calc- está presente en calceus, nombre latino de la prenda de vestir que se ajustaba al pie y que, dado que los romanos no usaban calcetines, era el zapato; éste es el origen de palabras tan frecuentes como calzado, calzar, calzador y descalzar. Cuando los romanos adoptaron de los pueblos germánicos el uso de las medias, las denominaron con un derivado de calceus: calcea (calzas). Durante la Edad Media, las calzas se fueron llevando cada vez más largas, hasta cubrir desde los pies hasta la cintura. Cuando, en el siglo XVI, esta prenda se dividió en dos partes, la superior, que cubría el abdomen y parte de los muslos, recibió en castellano el nombre de calzas o calzones (hoy, menguado su tamaño, los llamamos calzoncillos); la parte inferior se llamó calcetas o medias calzas. Las calcetas han ido reduciendo su tamaño hasta los actuales calcetines, que apenas llegan a la pantorrilla; las medias calzas, en cambio, abreviado ya su nombre a medias y restringido su uso al bello sexo, siguen cubriendo por encima de la rodilla.

El verbo calcaré tenía un segundo sentido, "apretar con el pie", como se hacía para terraplenar las famosas vías romanas, que por ello recibieron el nombre de calce-ata via; de hecho, todavía hoy seguimos llamando calzada a la porción apisonada de nuesteras calles y carreteras. Los romanos usaban también los pies para calcare u obtener copias por presión de una superficie sobre un modelo que se deseaba reproducir; de ahí deriva nuestro verbo calcar, que significa sacar una copia por contacto del original con el papel al cual se traslada. En el siglo XVIII, los ingleses inventaron un nuevo procedimiento para decorar la porcelana mediante transferencia o calco de imágenes dibujadas en papel. A la hora de darle nombre, sus inventores recurrieron a transferencia (transfer), y los franceses, a calco (décalcomanie); este último fue el que llegó hasta nosotros, quedándose en calcomanía al cruzar los Pirineos el siglo pasado.

En realidad, los derivados de calcar son muchos más numerosos, aunque no siempre su parentesco etimológico es fácil de reconocer. Veamos, por ejemplo, las tres frases siguientes: "Debes recalcar al paciente que se atenga estrictamente a las dosis prescritas." "Es intolerable que un gobierno democrático conculque los derechos humanos." "En la escuela nos inculcaron ideas trasnochadas."

Es necesario, sin duda, afinar un poco la imaginación para adivinar que nuestros verbos recalcar (del latín recalcare, "pisar fuerte"), conculcar (de conculcare, "pisotear") e inculcar (de inculcare, "apretar o hacer penetrar una cosa pisándola") están directamente emparentados, al igual que calcáneo, calzoncillo o calcomanía, con el verbo latino calcar.