La traducción de películas y audiovisuales



Xosé Castro Roig



La profesión de traductor es un oficio fascinante por la variedad de los desafíos que suele presentar, desde la monótona "nacionalización" de softwares y los informes hasta el delicioso reto de las traducciones literarias. Pero si hay un área que exige una peculiar sensibilidad de los profesionales es la de traducción de textos para uso de los dobladores de películas cinematográficas, como nos explica Xosé Castro. Traductor de vasta experiencia a pesar de su juventud, el autor ha participado en la elaboración de la versión digital del Diccionario de la Real Academia Español, en la nacionalización de softwares de la Microsoft y en la traducción de películas y audiovisuales.
En este artículo, que se basa en una conferencia que dictó en el Curso Superior de Traducción Superior Inglés-Español de la Universidad de Valladolid, Xosé revela algunos secretos de la traducción de filmes y ofrece sugerencias de invalorable utilidad para quienes se inician en esta actividad.

El editor



La traducción audiovisual despierta mucho interés entre los estudiantes y entre la gente en general, aunque a veces no se entienda bien la diferencia que hay entre el trabajo del traductor y el del actor de doblaje, ajustador o director de doblaje, así que cuando uno afirma que es traductor de películas, suelen surgir con frecuencia preguntas del tipo «Tú no harás de Bruce Willis, ¿no?».

Los traductores audiovisuales traducimos los guiones de películas, series, dibujos animados, documentales... que luego serán doblados o subtitulados en vídeo, DVD, televisión o cine.

Las dos grandes características distintivas de esta especialidad son la oralidad y el cambio de registro.



Oralidad

Los traductores audiovisuales trabajamos con imágenes, pero traducimos lengua escrita que tiene un fin claro: ser hablada. En este sentido, es una disciplina que está a caballo entre la interpretación y la traducción, pues nuestro trabajo consiste en trasladar expresiones a nuestro idioma de tal manera que el actor de doblaje las lea y suenen como si acabaran de ser pensadas y pronunciadas con naturalidad. (Obsérvese la diferencia con la traducción de textos redactados para ser «pronunciados» sin esa naturalidad como, por ejemplo, discursos, conferencias o las preguntas de una entrevista.)



Cambio de registro

Mis profesores de lengua en primaria y secundaria siempre lo repetían: «la cultura consiste en saber —y poder— cambiar de registro». Si nos atenemos a esta norma, los traductores audiovisuales nos culturizamos a marchas forzadas porque el cambio de registro es la tónica: la semana pasada teníamos que traducir una serie de dibujos animados; en esta tenemos que lidiar con una película sobre abogados, juicios y forenses y, en la próxima, desentrañamos un documental sobre marsupiales australianos. Por este motivo, la biblioteca de un traductor audiovisual resulta tan variopinta: libros de fauna, textos sagrados de las principales religiones, enciclopedias, documentos técnicos, ediciones antiguas, etcétera.



Ser traductor

Lo primero que debe hacer un traductor en ciernes es algo netamente extralingüístico: valorarse; tener en cuenta la importancia de su papel, ser consciente del legado que recibe de otros muchos traductores que, como él, se responsabilizaron de transmitir la palabra y la cultura en épocas anteriores. (Recordemos que la mayoría de los conocimientos que poseemos fueron traducidos antes.)

La banalización que de esta profesión se hace en algunos ambientes profesionales —y lamentablemente también académicos— incita a muchos traductores a tenerse como simples portadores de noticias, oficinistas con conocimiento de lenguas, meros transcriptores de mensajes más o menos necesarios, y ese es el motivo por el que muchos colegas y estudiantes, cuando se comparan con otras profesiones liberales (abogados, médicos, escritores...), piensan que la suya es una profesión de menor entidad. Es algo que no suele decirse, pero se piensa.

Si este artículo se hubiera redactado para público de otro país, este primer punto no habría sido necesario, pero después de haber visitado la mayoría de las facultades de traducción españolas, me he dado cuenta de que esta minusvalía del oficio de traducir está totalmente extendida, entre profesores y alumnos.

Así que si el lector desea vivir de la traducción, insisto en que el primer paso que debe dar es concienciarse de su relevancia como profesional. Esto determinará notablemente la manera de buscar y encontrar trabajo, el planteamiento de la rentabilidad que se espera de él y la capacidad de vivir holgadamente de esta profesión o, por el contrario, de sobrevivir con pocas opciones de mejora. Y esto no tiene nada que ver con hechos como el tener experiencia laboral o no, con estar recién licenciado o ser autodidacto, con el hecho de pensar que la formación académica recibida ha sido pobre; todo eso es accesorio.

En esta profesión eminentemente liberal es casi tan importante la actitud como la aptitud y en muchas situaciones, es mucho más importante aquella. Como en otras, aquí triunfan célebres ineptos que demuestran grandes aptitudes para la mercadotecnia y, sin embargo, fracasan personas muy aptas, pero poco hábiles.



Yo soy yo y mis circunstancias

Igual que el toro debe librarse del pelo de la dehesa y el ermitaño dejar atrás los bienes mundanos, el traductor debe mudar de idioma para adquirir uno nuevo. Debe abandonar su idioma para verlo desde fuera, para observarlo y observarse.

Tanto la lengua hablada como la escrita a la que ha estado expuesto un traductor cincelan su forma de expresarse y también de redactar. Como lingüistas, debemos ser conscientes de que hay una serie de factores externos —algunos tan asumidos que los ignoramos— que forman notablemente nuestro lenguaje; son los pilares de nuestro idiolecto.

Debemos ser conscientes de dónde termina nuestro idiolecto, nuestro dialecto y de dónde empieza la norma. Si esto ya es algo que hacen de manera instintiva los hablantes que tienen que comunicarse con personas de otras regiones o niveles sociales o culturales para poder comunicarse correctamente, en el caso del traductor, se trata de un ejercicio meditado y necesario, especialmente si hemos sido educados en zonas bilingües o con adstrato.

Dicho de una manera llana: tenemos que poder determinar cuáles son las expresiones exclusivas de nuestro ámbito familiar, barrio, ciudad o región y dirimirlas de aquellas que son propias de la norma o de lo que nosotros entendemos como norma.

En las charlas que doy a alumnos universitarios suelo decir que cuando un traductor arguye —a modo de justificación— que tal o cual expresión «yo siempre la he dicho/oído así» es que su argumentación ha tocado fondo. Si bien es un recurso común y válido para muchos hablantes, los profesionales que trabajamos con el idioma debemos sobrepasar ese nivel anecdótico, la estadística sin fundamento, y hablar desde posiciones más documentadas. De ahí que poner nuestro lenguaje a examen sea tan importante.



Formación humanística

Desde el mismo momento en el que hemos decidido ejercer como traductores o como lingüistas o como periodistas —que, para el caso, viene a ser lo mismo— estamos «condenados» a leer; ya no es esta una cuestión optativa; ya no habrá profesores que nos obliguen a leer La celestina, ahora somos nosotros los que nos lo impondremos.

La paradoja de licenciarse es que, al cabo, uno termina corroborando que la perseverancia y los denuedos de nuestros profesores de lengua y literatura de primaria y secundaria eran justificados. Hay ciertas lecturas que, para un traductor, no solo son recomendables sino obligatorias. No obstante que haya autores que prefiramos, no obstante que pasemos temporadas sin tocar un libro, no obstante que haya estilos que aborrezcamos, hay ciertos géneros, autores y estilos que no debemos dejar de leer.

No olvidemos que los traductores somos escritores y que todos escribimos como leemos. Escribimos lo que leemos. En estos tiempos de comida rápida y satisfacción inmediata, la lectura tiene notables competidores que proporcionan placer instantáneo: televisión, Internet, cine, videojuegos, multimedia. Aunque la lectura también aporta placer, no es fácil zapear con un libro, admitámoslo. En Internet, donde navegamos abriendo páginas a mansalva como si fuéramos octópodos, cambiamos de un tema a otro sin dilación ni trauma si aquel nos aburre. La lectura es —y debe ser— un ejercicio más pausado y mesurado.

Como ejercicio, la lectura debe realizarse de manera analítica y curiosidad de novicio. Hay lecturas de recreo, de pasatiempo, y lecturas de esas que se hacen con lápiz y diccionario en ristre. El gran placer de leer es que, aunque creamos haber olvidado el texto de una novela, el conocimiento se deposita indefectiblemente en nuestro cerebro, como bien nos recuerdan los neurólogos. Con un estímulo externo adecuado (por ejemplo, la práctica de la conversación, la redacción de una carta...), podremos rescatar esos conocimientos del olvido. Buena prueba de ello es que los hablantes conocemos decenas de miles de palabras, pero... ¿de cuántas podríamos recordar el día o el instante en el que las aprendimos? Eso es lo mágico de la cultura, nos impregna casi sin que nos percatemos.

Entre algunas personas —y esto es preocupante cuando se trata de traductores— hay tendencia a pensar que los cambios que sufre el idioma, la pérdida de ciertos vocablos, la simplificación de la sintaxis, la entrada de extranjerismos innecesarios, es un signo de evolución y que precisamente por eso equivale a 'mejora'. En mi opinión, es pernicioso confundir una situación «natural» con una «idónea».

Recuerdo mi ignorancia cuando, en cierto momento, yo quise creer que el español, el gallego, el catalán, el francés... eran «mejores» idiomas que el latín, puesto que eran «más evolucionados». También creía que el castellano del siglo XX era, digamos, mejor que el castellano del siglo XVII. Para mí fue sorprendente hallar El Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, una novela picaresca anterior a El Quijote y en cierto modo eclipsada por el éxito de esta última. Su lectura fue esclarecedora. Fue una lección de redacción, composición sintáctica, comunicación y vocabulario. Me di cuenta entonces de mis carencias en cuestiones de vocabulario, sintaxis y expresión. Era un libro en el que tenía que releer ciertos pasajes porque no lograba entenderlos al primer vistazo. Si mi lenguaje era «más evolucionado» que aquel, ¿por qué no lo entendía con facilidad?

Lo natural es que el idioma se simplifique, sea permeable a extranjerismos innecesarios, pierda vocablos precisos y gane muletillas algo vacuas, ¿pero es eso lo idóneo? En mi opinión, el papel del traductor es hacer de intermediario de modo que entre lo natural y lo idóneo haya el menor número de diferencias.



Los clásicos

Aunque resulte obvio recordarlo, las obras que denominamos clásicas, en cualquiera de las artes, lo son porque han sobrevivido a generaciones enteras de hablantes, cambios socioeconómicos, regímenes políticos y modas. Y si lo han hecho es porque los artistas posteriores de cualquier tendencia las han tomado como patrones a partir de los cuales crearon obras vanguardistas y modernas, que no son otra cosa que una reinterpretaciones del clásico.

Por ese motivo a los niños de medio mundo se les siguen contando las fábulas del griego Esopo, que las escribió hace 2600 años.

También hay muchos vocablos en nuestro léxico que apenas han variado después de miles de años y que deberíamos calificar también como «clásicos» y pensar seriamente si conviene eliminarlos, igual que haríamos si alguien propusiera suprimir El Quijote de las bibliotecas.

El traductor audiovisual tiene que conocer cuáles son las obras clásicas del país cuya lengua traduce porque seguramente se haga referencia explícita a dichas obras o a sus autores en algún momento.

En resumidas cuentas y llanamente: nadie puede conducir un coche de Fórmula Uno si antes no ha conducido un utilitario. Del mismo modo, no podemos ser modernos si antes no hemos pasado por una formación clásica porque lo moderno es la consecuencia de lo clásico.



El bicultismo

En contra de lo que creen algunos estudiantes, para dedicarse a ciertas ramas de la traducción no es imprescindible ser bilingüe, aunque esto no es aplicable a la traducción audiovisual. En esto influye notablemente la especialidad a la que uno se dedique. Un colega y amigo mío es un excelente y reputado traductor de temas financieros ingleses y, sin embargo, no podría mantener una conversación fluida en ese idioma.

Desde mi punto de vista, lo más importante para ser traductor audiovisual no consiste en aspirar a dominar ambas lenguas (bilingüismo) sino ambas culturas. Sólo el conocimiento de la cultura original y la destinataria puede ayudarnos a resolver las dudas y las carencias que se nos presentan a la hora de traducir.

Un ejemplo: cualquier camarero de cualquier bar de los Estados Unidos sabe lo que quiere un cliente cuando pide un BLT ('bacon, lettuce & tomato'), pero es posible que el traductor español no sepa qué significa si no ha estado en aquel país; es posible que no lo encuentre en un diccionario al uso, igual que un estadounidense no puede deducir qué es un montado o un pepito de ternera y tampoco le sería fácil encontrarlo en diccionarios comunes.

Debido al desconocimiento de las culturas de origen, muchos traductores introducen en nuestro idioma expresiones incorrectas e innecesarias o pasan por alto giros y referencias culturales.

Muchos infantes españoles expresan sorpresa soltando la anglicada onomatopeya oh-oh en lugar del español huy. Esto se debe a que los traductores de los Teletubbies no tradujeron la onomatopeya inglesa, quizá por ignorancia, quizá por negligencia o quizá sí lo hicieron, pero los directores de doblaje decidieron dejarla en inglés. (Hasta donde yo sé, este error se produjo en las versiones española, gallega y catalana.)

«Por sus onomatopeyas los conoceréis», parafraseando la frase bíblica. Y es cierto que a los buenos traductores audiovisuales se los distingue, entre otras muchas cosas, por su forma de traducir las onomatopeyas, interjecciones y otras muchas expresiones casi gestuales que tienen una enorme carga expresiva. Cada vez oímos más onomatopeyas e interjecciones sin traducir en cine y televisión: iak, ups, yija (en inglés, yuk, oops, yeeha) en lugar de sus traducciones españolas (puaj/aj; ¡anda!/uy/caray; ¡bien!/¡guay!). No todo es malo, cada vez se traducen mejor las palabras malsonantes y otras expresiones coloquiales.



Formación profesional

La mayoría de las personas que estudian Traducción e Interpretación acaban siendo profesionales independientes que trabajan por cuenta propia. La búsqueda de empleo, la captación de clientes es distinta de la que hace el trabajador por cuenta ajena ya que el autónomo es un proveedor de servicios y tiene una clientela, mientras que el asalariado es una persona integrada dentro de una empresa, generalmente con un horario y unas condiciones laborales distintas.

En mi opinión, la gran diferencia es que «el asalariado busca un patrón mientras que el autónomo elige entre varios clientes». Un asalariado trabaja para una sola empresa, pero el autónomo —entre los que me encuentro— decide con quién trabaja y en qué condiciones. En cierto modo, es más responsables de lo bien o mal que vaya el sector porque somos nosotros, en última instancia, quienes aprobamos, rechazamos o perpetuamos condiciones buenas, malas o vitandas.

No está entre los objetivos de este artículo hablar de las ventajas que tiene trabajar por cuenta propia o ajena y eso es algo que debe sopesar el lector. Yo sólo puedo decir que ninguna de las dos situaciones es perfecta, no hay una opción blanca y otra negra, sino una gran gama de grises.

A la hora de buscar trabajo, el futuro traductor autónomo debe ser consciente de que es un proveedor de servicios, una empresa —a efectos fiscales y profesionales— y, como decía al principio, es vital tener en cuenta la importancia de algo que, lamentablemente, no se enseña en las facultades: la negociación. Cuando a un estudiante universitario no le enseñan a negociar o no le advierten sobre los riesgos de la negociación en el mercado laboral de los profesionales autónomos, hay grandes posibilidades de que negocie mal. Y los que negocian mal suelen emplear el sistema aparentemente menos arriesgado y también el más perjudicial para él y sus colegas: bajar las tarifas.

El hecho de trabajar con tarifas que están por debajo de las consideradas justas provoca no pocos inconvenientes al profesional autónomo y, desde mi punto de vista, si no adopta una actitud de cambio y mejora, se expone paulatinamente a estas situaciones:

a) El traductor se introduce en el círculo vicioso de algunas agencias que prometen mucho trabajo a cambio de tarifas bajas;



b) como consecuencia, necesita trabajar muchas más horas para conseguir unos ingresos normales;



c) constriñe su círculo de clientes a una o dos de esas agencias que le imponen plazos de entrega cortos, que trabajan en malas condiciones y pagan a sesenta o noventa días;



d) la ausencia de tiempo libre le impide buscar nuevos y mejores clientes, pero sobre todo, le impide instruirse y seguir formándose como traductor;



e) la falta de ingresos holgados no le permite invertir en material de trabajo y de referencia, desempeña su trabajo mal y coge vicios que nadie le corrige;



f) deja de ser un traductor novato para convertirse en traductor de segunda fila porque no puede seguir el paso que marca el mercado: nuevos programas, nuevos conocimientos, nuevas lecturas. En muchas ocasiones, la desidia acaba reemplazando la ansias de mejora y el traductor que sigue este camino se frustra y cambia de profesión.



Esta es la vía profesional que han elegido, eligen y seguirán eligiendo algunos traductores. Pero es una decisión personal. En el mercado de la traducción general y de la audiovisual hay suficientes opciones como para no verse impelido a aceptar estas condiciones.

Por no extenderme demasiado en esta cuestión —quizá la más áspera y menos provechosa del asunto— la resumo con una de mis máximas como profesional: es preferible invertir tres meses en conseguir a un cliente bueno que me pague cien, que conseguir mañana mismo un cliente malo que me pague cincuenta.



Adminículos profesionales

Todas las profesiones y oficios tienen un medio y un instrumento de trabajo, ya sean las propias manos o un martillo neumático. En nuestro caso, el medio es la lengua y el instrumento es la informática.

En varias facultades de traducción se siguen impartiendo asignaturas como Documentación en las que se casi no se menta la informática y algunos alumnos, que es más preocupante, admitían en mis charlas que no les gustan los ordenadores. Querer ser traductor y detestar la informática es casi como querer ser taxista y detestar el automóvil.

El traductor que no domina la informática (Windows, Office, Internet...) está abocado al fracaso o, como mínimo, a tener muchas menos oportunidades de conseguir clientes y trabajo que sus colegas.

En informática, igual que en lingüística, puede aprenderse algo nuevo cada día y la disposición constante del traductor será la de intentar buscar esos conocimientos que no tiene. Mientras un usuario que emplea la informática de manera lúdica puede pasarse años utilizando un programa del que sólo conoce un par funciones (las que le sirven para llevar a cabo una tarea), el traductor debe ir más allá e indagar todo aquello que el programa puede aportarle.

Un ejemplo claro de esto serían las versiones electrónicas de los diccionarios. Algunos traductores usan los diccionarios en CD-ROM como si fueran diccionarios impresos: se limitan a buscar lemas y significados. La mayoría de los diccionarios electrónicos bien diseñados permiten hacer búsquedas complejas: encontrar lemas a partir de sus definiciones, buscar palabras dentro de las definiciones, etcétera.



El lingüista activista

En todas las charlas que imparto en las facultades españolas pregunto a los alumnos si alguna vez les ha disgustado mucho la traducción de una película de cine o televisión, de un libro o de un manual de instrucciones. Casi el cien por ciento levanta la mano. A continuación, pregunto cuántos de los que levantaron la mano hicieron algo por hacer llegar su queja a los productores del desaguisado (distribuidora de cine, canal de televisión, editorial...) y entonces levanta la mano un dos por ciento de ellos.

Y yo me pregunto: si los universitarios de este país, que son los que tienen acceso a la cultura y saben qué hay que hacer para quejarse correctamente no lo hacen, ¿quién se queja? La respuesta es sencilla: no se queja nadie.

En un periodo de unos diez años, la ex directora de doblaje de uno de los principales canales de televisión españoles recibió menos de cinco quejas de televidentes relativas a la calidad del doblaje o de la traducción de sus películas y series. ¿Qué conclusión puede sacarse? Si nos atenemos a la estadística, que es una ciencia, la única conclusión es que la traducción audiovisual es casi perfecta. Pero si uno asiste a charlas y congresos sobre traducción audiovisual, el mundo académico y el profesional parecen rasgarse las vestiduras ante los dislates que a diario se emiten en televisión.

Desde mi punto de vista, el lingüista tiene que ser dinámico y activista. Por cuestiones históricas, en este país se confunde la crítica personal con la profesional, y algunos traductores pacatos creen que quejándose perjudican a otros colegas. Lo verdaderamente cierto es que si las empresas que contratan traductores no reciben quejas por sus malas traducciones seguirán contratando traductores malos a precios bajos.



Hay otros traductores que llevan a rajatabla la máxima de que «el cliente siempre tiene razón» y con cierta desidia admiten cualquier cambio que aquel haga en sus correctas traducciones. Lo cierto es no nos preparan —ni en las facultades ni en el mundo profesional autodidacta— para educar al cliente y esto no suele ser plato de gusto ni del que se obtenga un beneficio inmediato. Con esto no estoy diciendo que no se acepten las revisiones de un cliente sino que no se admitan sin réplica las que son claramente incorrectas porque, a fin de cuentas, el que firma la traducción es el traductor. Personalmente, yo entiendo mi relación con el cliente de la siguiente manera: él me contrata porque soy un profesional de la traducción y él es un profesional de la materia que haya que traducir. Él tiene la última palabra en cuestiones afines a esa materia, pero yo tengo la última palabra en cuestiones de traducción y redacción.



Aprendizaje y curiosidad

Si tuviera que definir a un traductor con un solo adjetivo, no lo dudaría un instante: «curioso». La curiosidad por aprender es el origen de las ciencias y una de las características que distingue al Homo sapiens de otros animales.

Si hay algo gratificante en esta profesión es que nos fuerza a aprender constantemente, bien a través de las propias traducciones que hacemos, bien a través de la documentación que hemos de leer para llevarlas a cabo. El traductor sabe un poco sobre casi todo y esto nos convierte en el terror de las sobremesas y en ganadores recurrentes de las partidas de Trivial Pursuit. Cuanto más curiosos seamos, mejores traductores seremos. Pero la que para mí es el mayor aliciente de esta profesión es que uno mejora profesional y personalmente con el paso del tiempo. Con el paso del tiempo, por necesidad, acabamos impregnándonos del acervo cultural que se acumula en los anaqueles de nuestra biblioteca particular y nos hace crecer como personas.

Cuando hablo de curiosidad lo hago en el amplio sentido de la palabra. La curiosidad, a mi modo de ver, es la 'constante inquietud por saber'. ¿Nunca se ha preguntado de dónde procede su apellido? ¿Quién era el fulano que da nombre a su calle? El traductor curioso no pasa por alto las dudas que le surgen; las investiga. Por distintos motivos, yo me pregunté en su momento cuál era el origen de ciertas palabras, como adefesio o hígado o chupa o porro o cachondeo. No las cito en vano. Descubrir su étimo o su significado original fue, tiempo ha, un descubrimiento fascinante para mí que me hizo sentirme afortunado por poder trabajar con un medio (el lenguaje) del que sé que puedo aprender algo nuevo y curioso cada día de mi vida.

El traductor busca la cultura y no espera a que le llegue por los canales habituales.



Hay otra máxima que yo aplico a diario en mi profesión: «Más vale una conversación con un experto en la materia que una enciclopedia entera sobre la materia». En la traducción audiovisual tenemos que recurrir con frecuencia a lo que se denomina «fuentes no documentales», es decir, a personas que saben sobre la materia que estamos traduciendo. Además de ser un sistema rápido de documentarse, se basa en la comunicación humana, en la conversación y el diálogo, de los que no solo se aprenden conceptos sino también maneras y conocimientos profundos. En mi caso, nunca desaprovecho la oportunidad de poder pedir ayuda a un profesional porque, además, cuando se trata de alguien con vocación, le resulta muy alentador poner sus conocimientos al servicio de otro. En sí, todo este procedimiento resulta enormemente enriquecedor.



El método cartesiano

El método de Descartes fue una de esas lecturas obligatorias del bachillerato que leí a regañadientes y que, una vez emancipado, decidí volver a leer voluntariamente para acabar comprendiendo el valor de su mensaje. Otro clásico.

Descartes, en su opúsculo, planteaba la necesidad de averiguar, de cuestionar, de dudar de los hechos y buscar los fundamentos, pero insistía especialmente en cuestionarse lo que uno da por sentado, no sólo los conocimientos que tenga que aprender en el futuro, sino los que ya ha aprendido.

Emplear la duda metódica nos previene contra los conocimientos enlatados, los axiomas sin fundamento y las verdades a voces. Este punto está muy próximo al segundo de este artículo, pues el método cartesiano es que el nos va a llevar a preguntarnos: ¿Por qué yo digo esto de esta manera? ¿Por qué traduzco esto así? ¿Por qué creo esto otro a pies juntillas? ¿Por qué empecé a utilizar yo esta muletilla en mi discurso? ¿Por qué debo cumplir esta norma si no estoy de acuerdo con ella por tal o cual motivo?

Como ve el lector, este artículo no contiene muchas fórmulas y estrategias con efecto inmediato. En la traducción, como en todos las profesiones intelectuales, no se puede apartar al traductor-persona del traductor-profesional. Lo que le suceda a aquel afecta a este y, del mismo modo, si mejoramos como profesionales mejoramos como personas y viceversa.

Esa es la gran suerte de haber elegido esta profesión. Y el gran placer.



Xosé Castro es traductor profesional
y editor del sitio http://www.xcastro.com.


Este artículo fue publicado en el libro
Nuevas perspectivas de los estudios de traducción
(ISBN 84-8448-187-5), publicado
por la Universidad de Valladolid.


Lista de traductores audiovisuales: http://xcastro.com/trag.


Los derechos de autor pertenecen a Xosé Castro. Queda prohibida la reproducción no autorizada de este artículo.

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