Valladolid: Un antiguo cruce de caminos en el reino moro de Castilla
Por Ricardo Soca
Con sus añejas construcciones alineadas a lo largo de los siglos en callejuelas estrechas y zigzagueantes, Valladolid, que albergó en octubre el II Congreso Internacional de la Lengua Española, es más antigua que el idioma de Cervantes, la lengua milenaria de andariegos e inmigrantes que la llevaron a cuatro continentes.
Hace doce siglos era apenas el Valle de Olid, la propiedad de un rico señor moro que acabó dejando su nombre a la ciudad, que hoy cuenta con 200.000 habitantes. El antiguo Palacio Real, donde vivió Carlos V y donde nació Felipe II, muestra un pintoresco balcón que llama la atención por su extraña ubicación, exactamente en la esquina, que exacerba la curiosidad del viajero y suscita la pregunta.
Los vallisoletanos, gentiles como los viejos castellanos de los tiempos de la caballería andante, tienen la respuesta en la punta de la lengua: el balcón fue construido para que los Reyes mostrasen al pueblo el recién nacido Felipe II, que así pudo ser visto por la muchedumbre que se agolpó en las dos calles que hacen esquina en el Palacio.
Buena parte de los trabajos del II Congreso se desarrollaron en otro palacio muy cerca de allí, el del Conde de Ansúrez, una construcción de porte impresionante aún para el siglo XXI, que fue construido hace seis siglos por el noble que le dio su nombre. No muy lejos de estos palacios y de la iglesia de San Pablo, con un estilo indeciso entre plateresco y gótico tardío, hoy convertida en sede del Museo Nacional de Escultura, podemos llegar a una austera casona edificada en el siglo XV, entre cuyas paredes Miguel de Cervantes Saavedra escribió parte de su historia sobre el Caballero de la Triste Figura.
Pero mucho antes que Cervantes, el visionario marinero genovés Cristóbal Colón vivió en la ciudad y en ella terminó sus días en 1516, veinticuatro años después de haber desembarcado en la fantástica isla de Guanahaní, en las puertas del Nuevo Mundo. Y cinco siglos más tarde, muchos Colón figuran hoy en la guía telefónica esta urbe cargada de historia, antigua capital del Imperio Español, vieja frontera de árabes y cristianos y cruce de caminos con un mundo que se anunciaba Nuevo.
La ciudad está situada sobre la confluencia del Duero con el Pisuerga, un hito en la historia de España, pues durante un cierto período de la dominación árabe ambos ríos sirvieron como frontera entre moros y cristianos.
Hoy, veloces mitsubishis, seats y peugeots rugen en las calles de la vieja urbe, pero el viajero soñador todavía oye resonar en sus callejas cascos de caballos y las pesadas ruedas de madera de los carros medievales.
La ciudad ama su historia pero vive con los pies en el siglo XXI. Apenas concluido el Congreso de la Lengua, en el que participaron representantes de 22 países, la pequeña ciudad surgida en el valle de Olid albergó la Semana Internacional del Cine, un importante acontecimiento cultural que ocurre desde 1956.
Embarcados de retorno a sus comarcas y países por carreteras, por cielos y por mares, los participantes del Congreso ciertamente llevaron en sus retinas imágenes del Imperio fundado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el reino de los audaces conquistadores que hace cinco siglos pusieron sus plantas en América. Fue con ellos que el oscuro dialecto nacido en un rincón del norte de Castilla dio los primeros pasos hacia su destino de gran lengua internacional.