En 2004, el periodista uruguayo Ricardo Soca dio a conocer el primer tomo de La fascinante historia de las palabras, un compendio de etimologías seleccionadas que resumía una singular experiencia en Internet: la creación de una página web —http://www.elcastellano.org— en la que desde 1996 Soca se dedica a la divulgación etimológica. Unos años más tarde, en 2002, creó el boletín "La palabra del día", enviado por correo electrónico. En la actualidad, su página cuenta con 12 mil visitantes diarios y su boletín, con cerca de 154.000 suscriptores.
Éste es el segundo tomo y, como el anterior, ofrece la historia de un variado registro de voces del idioma, ordenadas alfabéticamente, aunque sin la continuidad de un diccionario. Se trata de una obra vocacional y, como señala Carlos Liscano en su presentación, inscrita "en la tradición de los antiguos redactores de diccionarios en solitario, como Sebastián de Covarrubias, quien escribió solo y a mano el primer diccionario monolingüe".
Su virtud reside en la consulta de muchas fuentes bibliográficas condensadas en el artículo que da cuenta de las palabras elegidas por llevar consigo "una narración interesante de algún instante del desarrollo de la humanidad" o que permiten "contar alguna crónica de la historia de esta lengua de 400 millones de hablantes", declara en el prólogo el autor.
La etimología es una disciplina feliz y abrumadora. Quien compra un martillo para clavar un clavo difícilmente corregirá su puntería con el conocimiento de la historia del martillo. Pero el idioma es el martillo y a la vez el clavo, de modo que conocer el instrumento mejora la precisión. El problema de la etimología es su complejidad, naturalmente ligada a la historia humana, a la mutación de los significados adjudicados a las cosas y a sus viajes históricos de lengua en lengua. Su variedad encandila y ciega. El intento de tratar de trazar el recorrido de una palabra en entre su origen y su maleable destino, como lo encarna este libro, abre las puertas a un tesoro tan extraordinario que, por expresarlo con su paradoja, no se puede atesorar en la conciencia. Y en parte porque desde que aprendimos a separar las palabras en sílabas, en desmedro de su raíz y desinencia, extraviamos el camino al origen de muchas voces. A mediados del siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento y Andrés Bello protagonizaron una interesante polémica americana al respecto, y primó el sentido práctico del sanjuanino, urgido por alfabetizar antes que preservar los caminos originales, como quería Bello.
No obstante, una arqueología es posible. Curiosa es la afinidad entre palabras de sentido divergente y el empeño de las raíces que permanecen invariables. Queda el consuelo de la consulta y de la vocación humana por las palabras que, como comprendió Ricardo Soca, "nos acompañan en algunos casos desde hace miles de años" y son las mismas que probablemente hayan usado Paris y Elena, Marco Antonio y Cleopatra o Dante y Beatriz". Acaso no sirvan para clavar un clavo, pero puede que la historia de las voces reunidas en este libro nos ayude a expresarlo mejor.
Vea también las reseñas La fascinante historia de las palabras, por el etimólogo y lexicólogo salmantino Fernando Navarro, y de Nuevas fascinantes historias de las palabras
, por el escritor uruguayo Carlos Liscano.
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