Domingo, 19 de noviembre de 2017

Pedro Barcia: «La puteada es un bien
cultural»

17/07/2010

Daniel dos Santos, ClarínResulta un hombre sorprendente Pedro Luis Barcia, aunque no me guste empezar una nota con una alabanza. Por eso conviene clarificar que sorprender viene del francés surprendre, que quiere decir prender por encima, sin dar lugar a prevenirse, de improviso. Y el presidente de la Academia Argentina de Letras se las ingenia para decir siempre aquello que el interlocutor no espera. No es que él asuma esta cualidad como una carga ni mucho menos; le sale naturalmente.A simple oído podría asegurarse que piensa rápido y dice más presto aún, pero como está probado —y él mismo se encarga de recordar— pensamos por palabras, entonces por fuerza el proceso debe darse al revés de lo expuesto al principio. Y el ejemplo para confirmar lo dicho vino en su primera respuesta, cuando todavía humeaba el café que ya llega servido con una ración de azúcar en cantidad indefinible y al que sólo se puede endulzar más, pero nunca, claro, menos de lo que el amable ordenanza de la casona de Sánchez de Bustamente y Las Heras determina con ejecutividad bien sana. Al fin, cuántos se animarán a devolverlo, y por esos pocos —yo tampoco lo hice— no vale la pena preocuparse. Antes, y porque intuyo que Barcia no me perdonaría, dejo sentado que el hombre que una vez se recibió en Letras en la Universidad de La Plata, casado y con cuatro hijos, es nacido (né, para los franceses otra vez) en Gualeguaychú en el no tan remoto año en que empezó la Segunda Guerra Mundial, sin que ambos eventos tuvieran nada que ver por supuesto, como él mismo, con su buen humor, admitiría.—Cuál palabra usa más?Gollete y desgolletado. Es decir aquello que tiene sentido para mí. Esto tiene gollete o está desgolletado, sin sentido. Y otra es entrevero. Define muy bien lo que es la vida del hombre: una lucha criolla que se hace cuerpo a cuerpo y en la que se conoce quién es el enemigo, y quién, el aliado. Usted está metido en medio de la pelea. No puede balconearla, otro argentinismo, como los anteriores, por no entrar al baile. Y gollete es encontrarle sentido al entrevero. —Cuál palabra le suena mal?Cachivache, pero sólo por fonética. La expresión que me suena mal por ética es males colaterales. Diría que es una perfidia lingüística generada por todo un sistema que tapa la realidad con este tipo de reasignaciones suavizantes.—Cuál le da más tristeza?Crepúsculo, porque me presenta frente a lo indefinido del cambio. Me preocupa más el crepúsculo vespertino porque uno va entrando en un mundo de sombras. Sé que soy Pedro Luis Barcia todo el día y parte de la noche, porque cuando duermo no sé quién soy. Ese temor de no manejar lo que viene, de lo adveniente, para decirlo con un latinismo y ser culto, me angustia y se me cierra el garguero.—Dijo primero mamá o papá?Primero dije papá. No sé si es porque he tenido por mi viejo una preferencia muy grande o porque recuerdo que he dicho primero papá porque hubiera sido lo que hubiera querido decir. Era fuera de serie porque sabía de todo. Armó el primer televisor en Gualeguaychú antes de que llegaran desde Buenos Aires. Era contador y en casa no había más libros que los de contaduría. No me motivó a la vida cultural, pero produjo en mí una especie de admiración.—Qué más lo impresionaba de él?Cómo administraba justicia. En la mesa éramos cinco varones, dos mujeres, dos tías, dos abuelas y mis padres. Una especie de introducción al cotolengo y cuando algunos de los chicos molestaba en la mesa, él sin levantar nunca la voz decía: «Esta noche te fajo». Y uno todo el día pensaba que a las diez de la noche lo iba a fajar.—Era más castigo la espera que los chirlos?Claro. Me impresionaba la frialdad con que aplicaba justicia; jamás se calentaba. —Con cuáles palabras insultaba cuando era chico?Yo era muy puteador, pero como mi padre ajusticiaba seriamente a los que puteaban encontré en un Larousse Ilustrado una frase de Cicerón que en latín sonaba igual a una puteada. Todavía la uso y mis alumno se ríen. —Cuál es el mayor insulto?Al parecer uno que se ha hecho corriente y que yo no manejo: andá a la c...de tu madre. Es la negación del insulto porque es de donde uno ha salido y el origen noble que tuvo. Es un contrasentido que se quiera putear con eso, un desajuste desde el punto de vista de la puteada y una grosería mayor. A mí no me preocupan las groserías verbales, pero cuando se hacen frecuentes como veo en un teleteatro como Botineras, me parece excesivo. También pasa en un programa de radio, que parece hecho por una especie de cloaca incesante. Lo censuraría en defensa de la puteada, porque la puteada es un bien de la lengua que se debe preservar para momentos contundentes. Y no hay que pervertirla ni banalizarla, como se hizo con la palabra boludo, que inicialmente tuvo un valor descalificativo y hoy no tiene nada. En cambio, pelotudo ha mantenido un peso específico natural. —Con cuáles palabras se declaró?Creo que no fue con palabras normales. Di vericuetos. Y siempre dije: «Vos me entendés lo que quiero decir». No estuvo muy florido. Nada creador. Yo era un buen recitador y creaba un clima y después venía el acercamiento, pero sin muchas palabras.—Es cierto que la gente se entiende cuando habla?La gente se entiende menos de lo que cree porque manejan palabras grandes. La palabra grande, al serlo, tiene mucha cavidad y todo el mundo pone algo distinto adentro, como en la palabra amor usada para acostarse con alguien. La intención con que la mujer la recibe es sentimental y el hombre le pone carga erótica. Ahí se produce el malentendido. Por eso es difícil llegar a acuerdos finales. En todas las mesas redondas a las que asisto entran con lo suyo y salen con lo suyo, cuando lo ideal sería que entren con la suya y salga con la del otro, no con las mujeres sino con las posiciones.