Sábado, 19 de agosto de 2017

tifón

Un estudiante de mandarín, la melodiosa lengua de los chinos, aseguró hace algún tiempo al autor que la palabra tifón provendría del mandarín tai fung o del cantonés taai feng, que significan ‘gran viento’. Esta equivalencia es correcta tanto en chino como en cantonés, y la etimología parece confirmarse, sobre todo con la definición que la Academia Española ofrece para tifón: “huracán en el mar de la China”. La existencia de un huracán con nombre tan específico, sumado a las palabras chinas que lo designan, parecería confirmar este origen. Sin embargo, lo cierto es que se trata de una etimología falsa. En efecto, sabemos que hace dos mil años los latinos ya utilizaban la palabra typhon para referirse, no necesariamente a un huracán, sino sólo a un viento fuerte, a un vendaval. En los primeros años de la era cristiana, Plinio el Viejo y Lucio Apuleyo usaron typhon con ese sentido y, casi en la misma época, el poeta épico latino Valerio Flaco llamaba así a las tormentas eléctricas que venían acompañadas por vientos fuertes. Pero la palabra tampoco es de origen latino, pues ya los griegos llamaban typhon a los torbellinos de viento antes que lo hicieran los romanos. Habían formado este vocablo a partir de typhos ‘vapor de agua’, y así llegamos a la etimología más antigua que se conoce de tifón. Sin embargo, un enigma permanece en pie. ¿Cómo podría una palabra haber nacido al mismo tiempo en civilizaciones tan distantes y completamente aisladas entre sí? Se sabe con certeza que ni los romanos ni (mucho menos) los griegos sospechaban siquiera la existencia de China y que faltaban más de mil años para que Marco Polo pudiera llegar a Catay, como los europeos llamarían inicialmente al Celeste Imperio. Todo indica que tai fung y taai feng no son tan antiguas en China, adonde habrían sido llevadas, en realidad, por los colonizadores británicos o portugueses, que bautizaron los huracanes del mar de la China con la palabra inglesa typhoon o con la portuguesa tufão. Los hablantes del mandarín y del cantonés, simplemente, adaptaron el vocablo europeo a sus lenguas milenarias, como hicieron con tantas otras palabras que les llegaron de Occidente.


Estos textos ha sido extraídos de los libros de Ricardo Soca La fascinante historia de las palabras y Nuevas fascinantes historias de las palabras.

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