Por Mempo Giardinelli
Extraído de Página/12, viernes 11 de abril de 1997
Desde hace años se sabe que Gabriel García
Márquez es un mago capaz de colocar en el cielo de la literatura
maravillosos fuegos artificiales. Pero somos muchos los escritores que
crecimos con él, y gracias a él, que pensamos también
que los fuegos artificiales son sólo eso: artificios. Y por lo tanto
brillo efímero, golpe de efecto, momento deslumbrante.
La médula es otra cosa. Y en el caso de estas ideas
que la prensa ha difundido (no he tenido la oportunidad de leer el discurso
completo del Maestro) me parece que hay mucho de disparate en esa propuesta
de "jubilar la ortografía".
Además de ser una propuesta efectista (y quiero
suponer que poco pensada), es la clase de idea que seguramente aplaudirán
los que hablan mal y escriben peor (es decir, incorrecta e impropiamente).
No dudo que tal jubilación (en rigor, anulación) sólo
puede ser festejada por los ignorantes de toda regla ortográfica.
Digámoslo claramente: suena tan absurdo como jubilar a la matemática
porque ahora todo el mundo suma o multiplica con calculadoras de cuatro
dólares.
En mi opinión, la cuestión no pasa por determinar
cuál regla anulamos, ni por igualar la ge y la jota, ni por abolir
las haches, ni por aniquilar los acentos. No, la cuestión central
está en la colonización cultural que subyace en este tipo
de ideas tan luminosas como efectistas, dicho sea con todo respeto hacia
el Nobel colombiano.
Y digo colonización porque es evidente que estas
cuestiones se plantean a la luz de los cambios indetenibles que ocasiona
la infatigable invasión de la lengua imperial, que es hoy el inglés,
y el creciente desconocimiento de reglas ortográficas y hasta sintácticas
que impera en las comunicaciones actuales, particularmente Internet y el
llamado Cyberespacio.
Frente a esa constatación de lo virtual que ya
es tan real, ¿es justo que bajemos los brazos y nos entreguemos
sin luchar? ¿Es justo que porque el inglés es la lengua universal
y es tan libre (como anárquica), el castellano deba seguir ese mismo
camino? ¿Por el hecho de que el cyberespacio está lleno de
ignorantes, vamos a proponer la ignorancia como nueva regla para todos?
¿Por el hecho de que tantos millones hablen mal y escriban peor,
vamos a democratizar hacia abajo, es decir hacia la ignorancia?
Si las difundidas declaraciones de García Márquez
son ciertas, a mí me parece que hay un contrasentido en su propuesta
de preparar nuestra lengua para un "porvenir grande y sin fronteras".
Porque el porvenir de una lengua (como el porvenir de nada) no depende
de la eliminación de las reglas sino de su cumplimiento.
Por eso, a los neologismos técnicos no hay que
"asimilarlos pronto y bien... antes de que se nos infiltren sin digerir",
como él dice. Lo que hay que hacer es digerirlos cuanto antes, y
para digerirlos bien hay que adaptarlos a nuestra lengua. Como se hizo
siempre y así, por caso, "chequear" se nos convirtió
en verbo y "kafkiano" en adjetivo. Y en cuanto al "dequeísmo
parasitario" y demás barbarismos, no hay que negociar su buen
corazón, como aparentemente propone García Márquez.
Lo que hay que hacer es mejorar el nivel de nuestros docentes para que
sigan enseñando que esos parásitos de la lengua son malos.
Eso por un lado.
Y por el otro está la cuestión de para qué
sirven las reglas, y el porqué de la necesidad de conocerlas y respetarlas.
No voy a defender las haches por capricho ni por un espíritu reglamentarista
que no tengo, pero para mí seguirá habiendo diferencias sustanciales
entre "lo hecho" y "lo echo"; y sobre todo entre "hojear"
y "ojear" un libro.
Tampoco me parece que sea un "fierro normativo"
la diferencia entre la be de burro y la ve de vaca. Ni mucho menos me parece
poco razonable la legislación sobre acentos agudos y graves, ni
sobre las esdrújulas, ni sobre las diferencias entre ene-ve y eme-be,
y así siguiendo, como diría David Viñas.
Las reglas siempre están para algo. Tienen un sentido
y ese sentido suele ser histórico, filosófico, cultural.
La falta de reglas y el desconocimiento de ellas es el caos, la disgregación
cultural. Y eso puede ser gravísimo para nosotros, sobre todo en
estos tiempos en que la sabiduría imperial se ha vuelto tan sutil
y astuta. Las propuestas ligeras y efectistas de eliminación de
reglas son, por lo menos, peligrosas.
Precisamente porque vivimos en sociedades donde las pocas
reglas que había se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos,
y hoy se aplauden estúpidamente las transgresiones. Es así
como se facilitan las impunidades.
Y así nos va, al, menos en la Argentina.
En todo caso, eliminemos la absurda policía del
lenguaje en que se ha convertido la Real Academia. Democraticémosla
y forcémosla a que admita las características intertextuales
del mundo moderno, hagamos que celebre las oralidades, que festeje las
incorporaciones como riquezas adquiridas. Esa sería una tarea revolucionaria.
Pero manteniendo las reglas y, sobre todo, haciéndolas cumplir.
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