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Los fanes del ñu que se zurruscaba


Ricardo Soca


El escritor argentino Jorge Luis Borges, en su artículo El idioma analítico de John Wilkins, alude al abogado y traductor alemán del siglo pasado Franz Kuhn, quien mencionaba una cierta enciclopedia china titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos, que describía así:

«En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta calificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas».


No es imposible que los autores de esa enciclopedia se hayan inspirado en alguna de las ediciones del Diccionario de la Real Academia Española, que desde 1927 viene definiendo así el animal africano conocido como ñu: 'Antílope propio del África del Sur, que parece un caballo pequeño con cabeza de toro'.

El tufillo medieval y anticientífico de esta definición que sobrevive en el siglo XXI —y que más bien parece propio de la obra de Covarrubias, publicada en 1611— está presente en muchas de las entradas de la mayor obra lexicográfica de nuestra lengua. Veamos por ejemplo la palabra bardaje, que, según el mismo Diccionario nos enseña, alude al 'homosexual paciente' y de la cual aparecen en el corpus apenas cuatro casos, sin duda extraídos de la magna obra por sus autores. El calificativo paciente no está allí obviamente para excluir a los homosexuales que tienen poca paciencia, sino para delimitar el alcance del término a los pasivos. En todo caso, parece muy poco probable que este extraño vocablo pueda oírse en nuestra época con mucha frecuencia en cualquier lugar del área hispanohablante.

Es el mismo caso del verbo pronominal zurruscarse, que significaría «irse de vientre involuntariamente». No le preguntaré al lector si alguna vez tuvo que conjugar este verbo en primera persona, apenas si oyó esta palabra, que ni siquiera figura en el corpus académico y que tal vez sea propia del pueblo natal de algún académico nostálgico.

En un texto de la semana pasada mencionaba el caso de la palabra de origen inglés 'fan' cuyo plural, tanto en inglés como en español es 'fans'. Sin embargo, el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) «recomienda» el uso del plural fanes, desdeñando con arrogancia la preferencia unánime de los hablantes por fans, mientras que la forma recomendada no figura ni una sola vez en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA).

Y después se quejan de que los hablantes de otras lenguas «atacan» al español y ridiculizan a sus hablantes. ¿¡Y qué quieren!? ¡Si ese es el mejor diccionario que tenemos!

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