¿El español es una lengua internacional?

El hecho de ser hablada por muchos millones de personas en varias naciones hace de la lengua española castellana una lengua internacional: la única lengua internacional, incluso, de todo el dominio histórico del español actual. Ahora bien, son requisitos tan mínimos que, en sí mismos, no dicen nada respecto a la potencialidad económica de esa internacionalidad, salvo en términos de mercado: centenares de millones de consumidores que pueden recibir información o propaganda sobre cualquier producto en una lengua común. La riqueza que proporcionen las actividades lingüísticas así orientadas puede no suponer un beneficio práctico para los hispanohablantes como tales: el circuito de producción de esos mensajes lingüísticos orientados económicamente puede quedar fuera del circuito económico de los países que hablan la lengua.

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La respuesta a la pregunta básica, a saber, qué queremos decir con «lengua internacional», puede expresarse desde dos posiciones:

La definición general se limitaría a decirnos que una lengua es internacional cuando se habla en dos o más naciones, de acuerdo con la definición del diccionario académico. El español cumple ese requisito, efectivamente. La definición demográfica precisa la anterior, y viene a decirnos que un número de hablantes superior a un nivel —necesariamente arbitrario, convencional— confieren el carácter de internacionalidad a una lengua. El nivel trescientos, cuatrocientos o quinientos millones funciona inmediatamente y nos permite volver a responder afirmativamente a la cuestión de si el español es lengua internacional.

El hecho de ser hablada por muchos millones de personas en varias naciones hace de la lengua española castellana una lengua internacional: la única lengua internacional, incluso, de todo el dominio histórico del español actual. Ahora bien, son requisitos tan mínimos que, en sí mismos, no dicen nada respecto a la potencialidad económica de esa internacionalidad, salvo en términos de mercado: centenares de millones de consumidores que pueden recibir información o propaganda sobre cualquier producto en una lengua común. La riqueza que proporcionen las actividades lingüísticas así orientadas puede no suponer un beneficio práctico para los hispanohablantes como tales: el circuito de producción de esos mensajes lingüísticos orientados económicamente puede quedar fuera del circuito económico de los países que hablan la lengua.

Un primer matiz que puede introducirse para seguir aclarando el concepto de internacionalidad vendría dado por el número de países que no tienen como propia la lengua española, pero la aceptan y utilizan como lengua de intercambio: presencia en la comunidad internacional y las organizaciones internacionales. Aquí tenemos ya unos datos claros: el español es una de las lenguas de las Naciones Unidas y los organismos que dependen de esta organización o se relacionan con ella, como UNESCO. Ahora bien, es más difícil reflejar la teoría tan nítidamente en la práctica, como se observa en cualquier reunión internacional. Las estrecheces presupuestarias hacen que por lo general, no se realice la traducción al español de los documentos oficiales, y es relativamente frecuente que no se disponga de intérpretes de español en las reuniones de escaso número de asistentes. Esta circunstancia es más clara todavía en la Unión Europea, que alguna vez tendrá que dejar de rehuir uno de sus más espinosos problemas, el lingüístico, sobre todo desde que Alemania, primer país de la Unión en número de hablantes, reclama con mayor insistencia el uso del alemán en los foros europeos. La ampliación a quince supuso la liquidación, en la práctica, del sistema teórico de las lenguas oficiales. Ya es imposible traducir todos los documentos a todas las lenguas de la Unión, estamos lejos de sistemas de traducción por ordenador que resuelvan con un costo bajo esa necesidad y, mientras tanto, sólo se traducen aquellos documentos que se solicitan especialmente. No sólo el francés, también el italiano, presionan sobre el español en el contexto europeo, en el que además se registra un número elevado de casos de abandono del español en favor de otras lenguas europeas por los propios hispanohablantes. Este fenómeno puede en ocasiones estar vinculado a hablantes españoles de otras lenguas de España, pero sería erróneo contentarse con esta explicación. En general, cuantos hemos tenido una relación continuada con otros países europeos, en el marco de la Comunidad, primero, y de la Unión, después, hemos utilizado otras lenguas de modo sistemático, sencillamente porque el grado de conocimiento y uso del español en Europa, en esos sectores, es muy bajo. Las posibilidades de que un hablante pueda desenvolverse sólo en español en Europa son mucho menores que en América, por comparar dos continentes de cultura europea.

Otro aspecto interesante es el que se refiere a su empleo como lengua de producción e intercambio de los resultados de las ciencias, tanto las humanas y sociales como las exactas, físicas y naturales. Habría que ser más sutil y hacerse dos preguntas. La primera es si los científicos hispanohablantes escriben en español. La respuesta es que una parte de la producción científica de los hispanohablantes no se escribe en español, y no me refiero a los estudios sobre lenguas o literaturas distintas, que se escriben en las lenguas de esas culturas; sobre todo es destacable que aquellos trabajos que requieren una cierta proyección internacional se escriben en inglés, principalmente, aunque también en otras lenguas, como alemán y francés. La gran masa de la producción, con todo, sigue escribiéndose en castellano. La segunda pregunta sería si los científicos que proceden de países no hispanohablantes y no tienen el español como lengua materna lo usan como lengua de comunicación científica. La respuesta es que, con la excepción de los que tratan la «materia de España», es decir, la lengua y la cultura, en general, de los países hispanohablantes, o cuando el público es de lengua española, por razones diversas, no existe producción científica foránea en español.

La conclusión dista mucho, por el momento, del triunfalismo engañoso: la internacionalidad del español es más relativa que absoluta, aunque esta consecuencia no sólo depende de la utilización, sino también de la falta de inversión. El español podría ser realmente una lengua internacional, si se realizaran los esfuerzos oportunos para que así fuera, lo que equivale a decir, si se considerara la rentabilidad de la inversión lingüística. Ésta es la perspectiva que se va imponiendo a partir de 1999 y por ello esta contribución analizará más las posibles vías de desarrollo, en lugar de hacer recuentos del pasado. De éste, por supuesto, nos interesará, y mucho, todo aquello que favorezca el porvenir de la lengua en su dimensión internacional.

Encerrado ya en los límites de este análisis, es decir, en relación con el uso en internet, sin perjuicio de lo que luego diremos sobre cómo se cuantifican y presentan los datos, podemos decir que el español se emplea, en la red, en menos de un 5 por ciento de todas las ocasiones en las que se actúa lingüísticamente y que, si dejamos fuera al inglés, ocupa un, en apariencia razonable, cuarto lugar, por detrás de japonés, alemán y chino, pero por delante de las otras lenguas románicas o latinas, si bien a muy corta distancia del francés. Ya veremos luego que, si cambiamos de fuente de estadísticas, también hay variación de resultados.

Más interesante que preguntarse cuánto se usa el español en internet, convendría averiguar si el uso relativo del español se incrementa o si, por el contrario, decrece. Nuestra conclusión es que, hasta que no dispongamos de mecanismos de consulta coherentes y regulares, es imposible saberlo. Hace unos meses se desató una cierta polémica, especialmente en Hispanoamérica, porque ciertas estadísticas indicaban que la presencia del español decrecía en la red. Mejor dicho, al ampliarse el uso de la red, aumentaba la presencia de otras lenguas y, en consecuencia, aunque hubiera más usuarios hispanos, su incremento no corría parejo al de los hablantes de las otras lenguas y la proporción correspondiente al español era menor. El español está en el grupo de lenguas cuya presencia en internet crece más, aunque debe prestarse atención al cuadro, para situarnos en una valoración bien fundamentada.

Mientras disponemos de las herramientas de análisis que nos permitan estimar con certeza el valor relativo de las lenguas en la red, podemos señalar que el español conserva en internet su carácter de lengua internacional, que existen buscadores específicos para el castellano y que, además, existen versiones en español de algunos de los buscadores de uso general en la red. Gracias al organismo coordinador de la red académica, RedIRIS, existen también, no sólo listas, sino también gestores informáticos de listas en español en España. En diversos países de América se desarrollan asimismo movimientos de este tipo, si bien no existe nada parecido a un esbozo de RedIRIS hispanoamericana, que supondría un fuerte compromiso técnico y económico. Es preciso añadir una aclaración inmediatamente: si bien es muy interesante que haya posibilidades de acceso a la información en español, mucho más necesario es, en todo caso, que sean los contenidos los que estén en español. Las interfaces en español son cómodas para la mayoría de los usuarios, pero lo fundamental es que la respuesta a la pregunta que se formula por la red esté también en español y, mucho más, que haya sido elaborada por un grupo de información hispanohablante. Es la producción de información en español lo que debe interesarnos, más que la comodidad de acceso a una información cuyo origen nada o poco tenga que ver con la actividad productora de ámbito hispano, tanto cultural como industrial o comercial.