Lunes, 10 de diciembre de 2018

Lo "correcto" y lo "incorrecto" en el uso lingüístico

Este trabajo propone una reflexión sobre el discurso gramatical prescriptivo y sugiere que es un instrumento destinado a ocultar la heterogeneidad de la lengua, con propósitos explícitos de control social. El autor afirma que lo que los prescriptivistas consideran "incorrecto" es en realidad el fundamento y el anticipo del cambio lingüístico.

Una ideología de la lengua: lo "correcto" y lo "incorrecto"

Por Miguel Rodríguez Mondoñedo, Universidad de Indiana

Este trabajo propone una reflexión sobre el discurso gramatical prescriptivo y sugiere que es un instrumento destinado a ocultar la heterogeneidad de la lengua, con propósitos explícitos de control social.

0. Consideraciones iniciales

El ejercicio de nuestra actividad de hablantes nos ha enseñado que "parece haber un impulso humano generalizado de juzgar el uso que otros hacen de la lengua". Y si el hablar al mismo tiempo conforma y simboliza nuestro ser/estar en el mundo, la praxis de sufrir y dominar el espacio inmenso donde transcurre nuestra vida, cuyo sentido primero y último nos es ofrecido por la lengua y sólo por la lengua, entonces es legítimo reflexionar, tal como se propone esta ponencia, las razones de aquel impulso y explicar su importancia para el funcionamiento de la lengua.

Las expresiones mismas de "correcto" e "incorrecto", con su maniqueísmo, nos revelan la existencia de una disyunción entre dos tipos de formas lingüísticas, cada una de las cuales es valorada de distinta manera. Si observamos con más profundidad, la preocupación correctora nos informa sobre la convivencia de varias formas expresivas en las prácticas concretas del hablar. Esas formas, equivalentes desde un punto de vista comunicativo, se quieren diferenciar con propósitos cuya pertinencia lingüística y comunicativa queremos explorar hoy.

1. Lengua y variedades

La observación más simple sobre la actividad lingüística advierte muy pronto que las comunidades donde se agrupan los seres humanos ejercitan comportamientos verbales distintos. Inclusive, un mismo sujeto, puesto ante diversas situaciones comunicativas, podrá emplear variedades diferentes de su lengua. Decimos de su lengua, pero ¿con qué derecho llamamos a estas variedades una misma lengua?

Situados en la perspectiva de la comunicación, vale decir, de la transmisión de mensajes de una conciencia a otra, hallamos que esta transmisión se produce sólo si ambas conciencias son capaces de interpretar de un modo aproximadamente igual los mismos hechos expresivos. En otras palabras, la comunicación lingüística supone –entre otros elementos– que los sujetos implicados en ella compartan un código. Es claro que, sin un mismo código que los vincule, dos sujetos no serían capaces de comunicarse. Para efectos de la comunicación con el lenguaje, tal código queda concretado en la lengua.

Si lo anterior es correcto, la prueba de que dos sujetos comparten una misma lengua, esto es, un mismo código, debería ser su capacidad de comunicarse plenamente. Pero hace mucho tiempo sabemos que esa comunicación es posible también a partir de hábitos expresivos muy distintos entre sí y que, además, es necesario, cuando ingresamos a una colectividad distinta, advertir las diferencias lingüísticas para evitar problemas comunicativos.

¿Por qué decimos que un caribeño, un peruano y un español hablan la misma lengua? No parecería así si recordamos la historia del turista español en Venezuela que inventa Ángel Rosenblat para mostrar cómicamente los efectos comunicativos de la variedad en el terreno del léxico:

A nuestro amigo español –nos cuenta Rosenblat– lo invitan a comer y se presenta a la una de la tarde, con gran sorpresa de los anfitriones, que lo esperaban a las ocho de la noche (en Venezuela, la comida es la cena). Le dice a una muchacha "Es usted muy mona", y ella se lo toma a mal. Mona es la presumida, afectada, melindrosa.

Escucha, y a cada rato se sorprende: ""Está cayendo un palo de agua", "Fulano de tal pronunció palo de discurso", "Mengano escribió un palo de libro", "Zutano es un palo de hombre". Y el colmo, como elogio supremo: "¡Qué palo de hombre es esa mujer". Pero lo que le sacó de quicio fue que alguien, que ni siquiera era muy amigo suyo, se le acercara y le dijera con voz suave e insinuante:

-Le exijo que me preste cien bolívares. –Si me los exige usted –exclamó colérico–, no le presto ni una perra chica. Si me lo ruega lo pensaré.

No hay que ponerse bravo. El exigir venezolano equivale a rogar encarecidamente (el pedir se considera propio de mendigos, y la exigencia es un ruego cortés).

Con malcriadez iluminadora, Chomsky ha expresado su convicción de que el concepto de lengua no es una noción lingüística:

¿qué es una lengua? -se pregunta- Se dice en broma que una lengua es lo que tiene un ejército y una marina de guerra. No es un concepto lingüístico, ni una definición lingüística [...] El concepto lingüístico es la gramática.

Esta afirmación tan agresiva quiere llamar la atención sobre el hecho de que, efectivamente, un hablante real es el sitio en el que interactúan varios sistemas idealizados cuyo origen puede ser geográfico, político, sociológico, pero que se postulan como estructuras lingüísticas cuyos rasgos se configuran de acuerdo con la determinación biológica de los principios de la gramática universal. De esta manera, afirma el propio Chomsky: Cada uno de nosotros habla un cierto número de estos sistemas, mezclándolos en forma graciosa. Porque nuestra experiencia es diferente, nuestras mezclas de sistemas también lo son. Pero no creo –dice Chomsky– que, fuera de la realidad de estos sistemas, exista una realidad, dialecto o lengua.

Aunque se pueda discrepar de las premisas que han originado estas opiniones, no se puede dejar de observar, según la lúcida advertencia de Michael Gregory y Susanne Carrol, que: afirmar que todos utilizamos un lenguaje parecido en situaciones parecidas no es decir que todos utilizamos el mismo lenguaje en la misma situación.

Esta observación reconoce la peculiaridad esencial de todo momento del hablar, las características distintas de cada una de las instancias de la lengua, y –al mismo tiempo– admite que cada instancia de la lengua comparte con las otras algunos rasgos significativos, cuyo análisis nos permitirá descubrir los principios para entender la variabilidad en la interacción de los sistemas ubicados en la mente de un hablante o de los miembros de una comunidad.

Una lengua histórica es una compleja entidad que abarca –para nuestro caso– el español completo en sus diferentes etapas de transformación y con sus varios dialectos y modalidades sociales o discursivas. En realidad, nadie sabe español en un sentido de lengua histórica; los hablantes aprendemos algunas variedades del español, singularizadas en una misma coordenada geográfica y temporal, correspondientes a un determinado grupo social y apropiadas para diferentes situaciones comunicativas.

Las dimensiones señaladas anteriormente constituyen los ejes a partir de los cuales se organizan las lenguas. La variedad puede provenir del eje diatópico (cuando se descubren las diferencias verbales entre hablantes ubicados en distintos puntos del espacio geográfico), del eje diastrático (cuando las variedades corresponden a diferencias entre grupos socioculturalmente distintos) o del eje diafásico (cuando las distintas situaciones comunicativas exigen variedades diferentes de lengua). Todos, a pesar de que queremos reconocer en el español una misma lengua, advertimos fácilmente que no hablan igual un peruano y un puertorriqueño, y una observación más cercana nos revela que tampoco hablan igual un peruano culto y uno analfabeto, e inclusive que nosotros mismos, peruanos cultos, cambiamos nuestro estilo de hablar si nos encontramos en una discoteca con los amigos o si enfrentamos una entrevista para conseguir trabajo.

Queda claro, pues, que el término genérico de lengua se emplea, en la percepción cotidiana del hablante, para neutralizar la variación. Es decir, lo que grosso modo llamamos lengua constituye una red de sistemas compleja y difícil de delimitar extensionalmente. Y, desde del punto de vista de la Lingüística, más difícil aún es darle un contenido particular, que al mismo tiempo exhiba precisión científica y eficiencia operativa.

2. Norma y Estándar

Se entiende habitualmente que el funcionamiento de una sociedad es posible –entre otros elementos– gracias a la facultad del lenguaje, que vincula y crea solidaridades entre quienes comparten una misma lengua, al mismo tiempo que opone y separa a quienes hablan otra.

Por esta razón, nadie se ha sorprendido cuando, en comunidades con una compleja organización social y política, se resalta el valor de la propia lengua, exaltada para convertirla en un instrumento simbólico de integración, a la vez que en un signo para diferenciarse de los otros. Ni ha espantado tampoco que, al evolucionar políticamente, una colectividad aplique con mucha dedicación medidas para proteger ese símbolo de las amenazas de la variación e inclusive se proponga imponerlo coercitivamente.

Surge así la estandarización lingüística, conseguida, habitualmente, gracias a una enseñanza controlada de la lengua materna y al apoyo de los medios de comunicación y las instituciones. Una variedad lingüística es estándar cuando en un espacio determinado impone sus hábitos por encima de las otras variaciones -sociales, geográficas o discursivas- y llega a constituirse en el medio más corriente de comunicación para sujetos capaces de emplear otras formas de lengua. Con mucha frecuencia, las necesidades de la escritura imponen una estandarización. La variedad estándar procura la superación de las diferencias e impone una forma única frente a las diferencias de habla.

Pero, para una misma lengua, puede haber varios estándares. Así, el inglés de la BBC londinense o la RP (received pronunciation) son los estándares en Inglaterra pero no en Nueva York. La distancia espacial puede determinar entonces no sólo una diferencia en los códigos lingüísticos globales, las lenguas, sino también en sus intentos de uniformidad. Afirma López Morales:

Los estándares suelen coincidir con los estilos más formales del sociolecto alto de cada zona; él es realmente la variedad manejada en asuntos oficiales, en la educación, en los tribunales, en los medios de comunicación.

Y en el dilatado espacio geográfico en el que se extiende el español, no rige sólo una variante estándar sino que habremos de admitir la presencia de estándares dentro de cada una de las zonas donde se concentran las diversas colectividades políticas que han hecho suya esta lengua. Es decir, la variante estándar es sensible a una diferenciación por el eje diatópico. El espacio se impone inclusive sobre el intento de uniformidad que representa la estandarización dentro de la lengua.

¿Cómo se convierte una variedad en estándar? Sara Bolaño sugiere un conjunto de procesos que involucra ese fenómeno. En primer lugar, la variante estándar es seleccionada entre un conjunto de variedades; puede tratarse de una variedad ya existente o de una amalgama de características pertenecientes a diversas variedades.

En segundo lugar, la variante seleccionada sirve de vehículo comunicativo a los discursos asociados con el mundo oficial y a los textos escritos en general, al punto que aparece ésta como su función promordial. En tercer lugar, la variante es considerada por los hablantes como identificadora de su colectividad, convertida por esa razón en símbolo cultural y nacional; este beneficio simbólico –que se convierte también en un beneficio político– alienta a los Estados a promover el desarrollo de una variedad estándar.

Finalmente, debe estar explícitamente codificada, en el sentido de que se hayan establecido mecanismos para conseguir el consenso acerca de lo "correcto" e "incorrecto"; la expresión máxima de esta codificación son las gramáticas normativas y los diccionarios.

Este último proceso –tal como lo señala Rotaetxe– puede hacerse en grados distintos; el máximo grado está representado en la llamada norma (en un sentido prescriptivo) y el grado menor en el estándar. Esto permite diferenciar dos conceptos que a veces se confunden: estandarización y normativización.

La normativización es siempre una manera oficial de intervenir sobre la lengua y sus variantes, intervención cuyo propósito es alcanzar una codificación exhaustiva de la variedad, a efectos de que pueda ser enseñada en los circuitos educativos formales que controlan los Estados y pueda ser supervisada en su empleo por las instituciones pertinentes. La estandarización, en cambio, se elabora sobre la base de modelos aceptados como tales por los hablantes (por ejemplo, escritores, grupos o personas de prestigio, los diarios o la televisión, etc.) y, si bien supone una codificación, ésta es informal y de menor grado que en la norma. Esto significa que las nociones de "correcto" e "incorrecto" -en la medida en que pueden ser supervisadas y contrastadas con un código formal y explícitamente elaborado- se acercan más al dominio de lo normativo y deben ser enjuiciadas a partir de esta dimensión, pues es la que, en forma transparente, puede generar un discurso prescriptivo.

Antes de examinar el problema del error en el uso del lenguaje, quisiera hacer dos advertencias.

La primera ha venido repitiéndose continuamente desde que la Lingüística pudo reclamar un estatuto científico. Y es la siguiente: la existencia en el funcionamiento social de un discurso prescriptivo, fuertemente apoyado por los mecanismos oficiales del Estado, no debe producir, desde la consideración del lingüista, un desprecio por las otras variedades o por las otras lenguas que conviven el espacio geográfico. Es un hecho nítidamente establecido el que todas las lenguas son capaces de satisfacer las necesidades comunicativas de los hablantes o de modificarse para hacerlo, y que todas las variedades son importantes para la interacción social y cumplen, desde el punto de vista de sus usuarios, una función insustituible.

La segunda está relacionada con una posible confusión relativa a la necesidad de que existan procesos de normativización para una lengua. No creo que estos procesos revelen una propiedad de las lenguas como tales. Más bien, surgen de los hábitos humanos de identificarse con un grupo y diferenciarse de otro, que pueden ser advertidos desde la psicología social, la sociología o la antropología.

3. Error y comunicación

En el fondo de la oposición entre "correcto" e "incorrecto" subyace la noción de error. Y si "correcto" es lo que está libre de error, ¿a qué hechos vamos a llamar errores?. Consideremos las siguientes oraciones:

(1) Ponle agua a las flores.
(2) El río que tú trajiste la casa vales mucho.

Sólo una observación atenta y acostumbrada a las advertencias prescriptivas sobre la concordancia descubre que (1) es una oración "incorrecta", pues el pronombre enclítico no concuerda con su antecedente (uno está en singular; el otro, en plural). Pero cualquier hablante del español (probablemente, al margen de su estrato sociocultural) descubre inmediatamente que (2) es inadmisible como oración en nuestra lengua. Y la cuestión no es sólo un asunto de grados –en el sentido de que (1) tendría un error "menor" o "menos importante" que (2)–. ¿Qué es posible, pues, en el uso lingüístico? ¿Será acaso que la oposición "posible" / "no posible" recubre la de "correcto" / "incorrecto"?

Mitsou Ronat ha distinguido tres tipos de "posible" en relación con el ejercicio lingüístico: lo posible lúdico, lo posible científico y lo posible jurídico. Corresponde a la noción de posible lúdico, precisamente, un ejercicio verbal como el de (2), en el cual tiene protagonismo una combinación aleatoria, donde difícilmente puede ofrecerse una combinación "errónea" de manera regular; es decir, el desempeño de lo posible lúdico es errático, carente de regla. Se diferencia de lo posible científico porque este último se apoya en los condicionamientos naturales del lenguaje, que nadie imagina infringir en el uso corriente del lenguaje. Lo posible jurídico, que comporta la intervención de un sistema externo de codificación (por ejemplo, gramáticas y diccionarios), se apoya en lo convencional, generalmente en un estado de lengua anterior que se propone como "mejor".

Esto significa que no todo error es posible (más allá, por supuesto, del posible lúdico) y que las desviaciones de la norma o del uso hechas por los hablantes no pueden permitirse violentar las características naturales de la facultad lingüística. Por eso, hemos de caracterizar al error (al menos, al que aquí reflexionamos) siempre como un posible científico, es decir, como una posibilidad permitida por el funcionamiento de la lengua. Más inclusive, podemos interpretar el error, esto es, la desviación del patrón de uso, como un mecanismo para asegurar la vitalidad y continuidad de la lengua. De acuerdo con esto, el llamado error, en verdad asegura para la lengua una nueva forma expresiva que, si es admitida por toda la colectividad, se convierte en el nuevo patrón de uso, es decir, en el punto de referencia a partir del que se definen los nuevos errores y respecto del cual la antigua forma es a su vez un error.

En otras palabras, el error es el vehículo del cambio lingüístico. Y, en ese sentido, es el instrumento de acomodación de la lengua a las siempre cambiantes necesidades comunicativas de sus hablantes. Eso lo convierte –pese a tan difundidas ideas en contrario– en un medio para la integración comunicativa y no en causa de aislamiento.

Quiero, en este sentido, recordar la emoción experimentada como hablante de español al recorrer las listas del Appendix Probi, un documento normativo del siglo III a. de C. que denuncia las corrupciones del latín vulgar:

auris non oricla [...]

facies non faces [...]

tabula non tabla [...]

En estos errores ya totalmente extendidos y socializados (y por lo tanto, ya regulares) del latín vulgar aparece, casi al modo de profecía, la forma de las palabras españolas.

Nos habíamos propuesto reflexionar la oposición "correcto" / "incorrecto" y ahora hallamos la manera de darle una vuelta de tuerca a esta distinción tan famosa. A partir de las consideraciones anteriores, parece claro que el error no es un disturbio comunicativo sino, al contrario, un esfuerzo por potenciar las posibilidades comunicativas del código lingüístico, modificándolo para adaptarlo mejor a los usos comunitarios.

¿Por qué entonces el discurso prescriptivo proclama con tanto entusiasmo que la normativización representa un impulso de homogeneidad con fines de integración y mejoramiento de las condiciones apropiadas para la comunicación?

En el fondo de este propósito se halla un hecho cuya meditación debe ponernos en alertar al enfrentar el hecho normativo. Tal proclama supone que la homogeneidad es un estado que debemos buscar para asegurar la comunicación y aprovechar sus beneficios. Y que en aras de este ideal homogenizador y sus provechos no importa si no tenemos en cuenta algunas diferencias, cuya superación debe hacerse para conseguir la unidad, porque –claro– sólo la unidad hace la fuerza.

Pero no se considera –y no sé si con premeditación o descuido– que la integración auténtica no se alcanza con la eliminación de las diferencias entre los sujetos capaces de vincularse. La promoción de las relaciones de solidaridad que permitan la supervivencia de nuestra especie como tal en este planeta, finalidad inobjetablemente capaz de otorgarle un sentido a la existencia humana, no se puede hacer fingiendo que los seres humanos son idénticos entre sí y que sus diferencias son desviaciones de un modelo que nadie sabe quién ha establecido.

Por esa razón, quiero explorar la idea de que la normativización no tiene una finalidad comunicadora –y por lo tanto, integradora– sino, al contrario, un propósito discriminador y, por lo tanto, aislador.

Si el uso "correcto" se esfuerza en diferenciarse de otras variedades más extendidas y mejor dominadas por la mayoría, y si demanda un entrenamiento especial y un sobreesfuerzo, es precisamente para prestigiarlo, para hacerlo un bien precioso, difícil y extraño. Es decir, para convertirlo en un símbolo de status o de "cultura", con ese sentido tan peculiar otorgado por el incauto a la palabra "cultura", que la convierte en un concepto de élite, como si el canibalismo o la pornografía no fueran manifestaciones culturales, e incluso, para decirlo agresivamente, conquistas culturales, formas de civilización-.

Atendamos al cambio en el acercamiento a lo prescriptivo. Una concepción extendida respecto de este fenómeno afirma que es el prestigio social lo que legitima la presencia de lo normativo, en el sentido de que se escoge una variedad con prestigio para proclamarla como el modelo de corrección en el uso lingüístico.

Así, por lo menos, define el Diccionario de Lingüística de Dubois la prescripción:

La gramática normativa se basa en la distinción de niveles de lengua (lengua culta, lengua popular, habla rural, etc.); y, de estos niveles, elige uno de ellos como lengua de prestigio que ha de imitarse y adoptarse; esta lengua se llama "lengua correcta", "uso correcto".

De la misma manera, para los efectos de la enseñanza de la lengua materna, se propone, tal como lo hace Gustavo Rodríguez, profesor de la Universidad Austral de Chile, lo siguiente:

Afinarle [al estudiante] el sentido de la adecuación del uso de la lengua (lo que la Real Academia llama la "propiedad" del lenguaje) y mostrarle –finalmente– que [...] de entre todas las variedades hay una que es más adecuada en razón de su homogeneidad y de su mayor prestigio social.

Es decir, sugiere, como argumento para convencer al estudiante sobre la necesidad de adaptarse a los extraños usos de la normatividad, el beneficio de acogerse al prestigio de sus mandatos. Porque, como ha escrito Manuel Seco: "No cabe duda de que la corrección en el lenguaje es un adorno, un factor de distinción en la persona que la posea".

El prestigio es, entonces, desde el mismo discurso sobre la prescripción, esencial para caracterizar la normatividad. Quiero proponer ahora una interpretación un poco diferente. Voy a asumir que son precisamente las dificultades y extrañezas de la normatividad las que le dan prestigio. Y que esas dificultades, fruto del contraste entre las recomendaciones de corrección idiomática y los usos normales de los hablantes, se mantienen así para asegurar el carácter cerrado y finalmente elitista de las costumbres normativas.

Efectivamente, lo raro y extraño puede obtener dos fortunas distintas pero siempre complementarias: puede provocar rechazo y temor pero también, si se le domina, puede otorgar prestigio, y prestigio significa casi siempre poder. No en vano, los metales más valiosos, los que se han constituido en símbolos del poder o del status, son siempre los más difíciles de obtener.

Es decir, la constitución de un discurso normativo tiene por finalidad asegurar para un sector social una posición de prestigio y, por eso, se constituye en uno de los atributos del poder social. Por eso es que la lengua, la lengua cuidada, la lengua homogénea de los gramáticos normativos, puede ser compañera del Imperio como elucidó Nebrija, al inaugurar una tradición de gramáticos cuyo objetivo, según Manuel Seco, no es el de hacer análisis morfológicos o sintácticos [...], sino el orientar nuestra lengua de hoy en un sentido de unidad entre todos los que la hablan.

Es decir, el ejercicio normativo no es una praxis para conocer, buscar y comunicar la verdad, no es un ejercicio científico, sino una acción desarrollada para ocultar la heterogeneidad y la riqueza de la expresión verbal, una estrategia de la ilusión con explícitas finalidades de control; en otras palabras, es un instrumento ideológico.

4. Recapitulación

Para concluir esta disertación, me permitiré una recapitulación heterodoxa. Haré un recuento de lo que no he dicho, para evitar interpretaciones fuera de lugar.

En primer lugar, no he dicho que apruebo el canibalismo o la pornografía; es decir, no promuevo la eliminación de una axiología que ordene las conquistas culturales de las colectividades de acuerdo con principios de naturaleza moral.

Por esa razón, no he dicho tampoco que el esfuerzo prescriptivo sea perverso e inútil. Creo que quienes nos dedicamos a prescribir costumbres lingüísticas lo hacemos con la convicción de estar contribuyendo eficazmente a la formación personal y profesional de nuestros semejantes. Y no es una simple cuestión de buen gusto.

Por eso mismo, tampoco creo que todos los recursos ideológicos sean por sí mismos "malos"; algunos, a veces, son indispensables para que los seres humanos podamos soportar mejor este mundo tan peculiar, para forzar una explicación que permita entender una injusticia, para intimar una razón que nos libre de la locura cuando nuestra racionalidad y nuestra voluntad son insuficientes.

Falta, por supuesto, saber si la prescripción es ese tipo de recurso. Y es vital que, para esta averiguación, que no es sólo lingüística, atendamos la admirable advertencia del poeta Eielson:

Una manzana roja sobre la hierba verde Es una manzana roja sobre la hierba verde