Este trabajo propone una reflexión sobre el discurso gramatical
prescriptivo y sugiere que es un instrumento destinado a ocultar
la heterogeneidad de la lengua, con propósitos explícitos de
control social.
0. Consideraciones iniciales
El ejercicio de nuestra actividad de hablantes nos ha enseñado
que "parece haber un impulso humano generalizado de juzgar el
uso que otros hacen de la lengua". Y si el hablar al mismo
tiempo conforma y simboliza nuestro ser/estar en el mundo, la
praxis de sufrir y dominar el espacio inmenso donde transcurre
nuestra vida, cuyo sentido primero y último nos es ofrecido por la
lengua y sólo por la lengua, entonces es legítimo reflexionar, tal
como se propone esta ponencia, las razones de aquel impulso y
explicar su importancia para el funcionamiento de la lengua.
Las expresiones mismas de "correcto" e "incorrecto", con su
maniqueísmo, nos revelan la existencia de una disyunción entre
dos tipos de formas lingüísticas, cada una de las cuales es
valorada de distinta manera. Si observamos con más
profundidad, la preocupación correctora nos informa sobre la
convivencia de varias formas expresivas en las prácticas
concretas del hablar. Esas formas, equivalentes desde un punto
de vista comunicativo, se quieren diferenciar con propósitos cuya
pertinencia lingüística y comunicativa queremos explorar hoy.
1. Lengua y variedades
La observación más simple sobre la actividad lingüística advierte
muy pronto que las comunidades donde se agrupan los seres
humanos ejercitan comportamientos verbales distintos. Inclusive,
un mismo sujeto, puesto ante diversas situaciones comunicativas,
podrá emplear variedades diferentes de su lengua. Decimos de su
lengua, pero ¿con qué derecho llamamos a estas variedades una
misma lengua?
Situados en la perspectiva de la comunicación, vale decir, de la
transmisión de mensajes de una conciencia a otra, hallamos que
esta transmisión se produce sólo si ambas conciencias son
capaces de interpretar de un modo aproximadamente igual los
mismos hechos expresivos. En otras palabras, la comunicación
lingüística supone –entre otros elementos– que los sujetos
implicados en ella compartan un código. Es claro que, sin un
mismo código que los vincule, dos sujetos no serían capaces de
comunicarse. Para efectos de la comunicación con el lenguaje, tal
código queda concretado en la lengua.
Si lo anterior es correcto, la prueba de que dos sujetos comparten
una misma lengua, esto es, un mismo código, debería ser su
capacidad de comunicarse plenamente. Pero hace mucho tiempo
sabemos que esa comunicación es posible también a partir de
hábitos expresivos muy distintos entre sí y que, además, es
necesario, cuando ingresamos a una colectividad distinta,
advertir las diferencias lingüísticas para evitar problemas
comunicativos.
¿Por qué decimos que un caribeño, un peruano y un español
hablan la misma lengua? No parecería así si recordamos la
historia del turista español en Venezuela que inventa Ángel
Rosenblat para mostrar cómicamente los efectos comunicativos
de la variedad en el terreno del léxico:
A nuestro amigo español –nos cuenta Rosenblat– lo
invitan a comer y se presenta a la una de la tarde, con
gran sorpresa de los anfitriones, que lo esperaban a las
ocho de la noche (en Venezuela, la comida es la cena). Le
dice a una muchacha "Es usted muy mona", y ella se lo toma
a mal. Mona es la presumida, afectada, melindrosa.
Escucha, y a cada rato se sorprende: ""Está cayendo un
palo de agua", "Fulano de tal pronunció palo de
discurso", "Mengano escribió un palo de libro", "Zutano
es un palo de hombre". Y el colmo, como elogio supremo:
"¡Qué palo de hombre es esa mujer". Pero lo que le sacó
de quicio fue que alguien, que ni siquiera era muy amigo
suyo, se le acercara y le dijera con voz suave e insinuante:
-Le exijo que me preste cien bolívares.
–Si me los exige usted –exclamó colérico–, no le
presto ni una perra chica. Si me lo ruega lo
pensaré.
No hay que ponerse bravo. El exigir venezolano equivale
a rogar encarecidamente (el pedir se considera propio de
mendigos, y la exigencia es un ruego cortés).
Con malcriadez iluminadora, Chomsky ha expresado su
convicción de que el concepto de lengua no es una noción
lingüística:
¿qué es una lengua? -se pregunta- Se dice en broma que una lengua es lo que tiene un ejército y una marina de guerra. No es un concepto lingüístico, ni una definición lingüística [...] El concepto lingüístico es la gramática.
Esta afirmación tan agresiva quiere llamar la atención sobre el
hecho de que, efectivamente, un hablante real es el sitio en el que
interactúan varios sistemas idealizados cuyo origen puede ser
geográfico, político, sociológico, pero que se postulan como
estructuras lingüísticas cuyos rasgos se configuran de acuerdo
con la determinación biológica de los principios de la gramática
universal. De esta manera, afirma el propio Chomsky:
Cada uno de nosotros habla un cierto número de estos
sistemas, mezclándolos en forma graciosa. Porque
nuestra experiencia es diferente, nuestras mezclas de
sistemas también lo son. Pero no creo –dice Chomsky–
que, fuera de la realidad de estos sistemas, exista una
realidad, dialecto o lengua.
Aunque se pueda discrepar de las premisas que han originado
estas opiniones, no se puede dejar de observar, según la lúcida
advertencia de Michael Gregory y Susanne Carrol, que:
afirmar que todos utilizamos un lenguaje parecido en
situaciones parecidas no es decir que todos utilizamos el
mismo lenguaje en la misma situación.
Esta observación reconoce la peculiaridad esencial de todo
momento del hablar, las características distintas de cada una de
las instancias de la lengua, y –al mismo tiempo– admite que
cada instancia de la lengua comparte con las otras algunos
rasgos significativos, cuyo análisis nos permitirá descubrir los
principios para entender la variabilidad en la interacción de los
sistemas ubicados en la mente de un hablante o de los miembros
de una comunidad.
Una lengua histórica es una compleja entidad que abarca –para
nuestro caso– el español completo en sus diferentes etapas de
transformación y con sus varios dialectos y modalidades sociales
o discursivas. En realidad, nadie sabe español en un sentido de
lengua histórica; los hablantes aprendemos algunas variedades
del español, singularizadas en una misma coordenada geográfica
y temporal, correspondientes a un determinado grupo social y
apropiadas para diferentes situaciones comunicativas.
Las dimensiones señaladas anteriormente constituyen los ejes a
partir de los cuales se organizan las lenguas. La variedad
puede provenir del eje diatópico (cuando se descubren las
diferencias verbales entre hablantes ubicados en distintos puntos
del espacio geográfico), del eje diastrático (cuando las variedades
corresponden a diferencias entre grupos socioculturalmente
distintos) o del eje diafásico (cuando las distintas situaciones
comunicativas exigen variedades diferentes de lengua). Todos, a
pesar de que queremos reconocer en el español una misma
lengua, advertimos fácilmente que no hablan igual un peruano y
un puertorriqueño, y una observación más cercana nos revela
que tampoco hablan igual un peruano culto y uno analfabeto, e
inclusive que nosotros mismos, peruanos cultos, cambiamos
nuestro estilo de hablar si nos encontramos en una discoteca con
los amigos o si enfrentamos una entrevista para conseguir
trabajo.
Queda claro, pues, que el término genérico de lengua se emplea,
en la percepción cotidiana del hablante, para neutralizar la
variación. Es decir, lo que grosso modo llamamos lengua
constituye una red de sistemas compleja y difícil de delimitar
extensionalmente. Y, desde del punto de vista de la Lingüística,
más difícil aún es darle un contenido particular, que al mismo
tiempo exhiba precisión científica y eficiencia operativa.
2. Norma y Estándar
Se entiende habitualmente que el funcionamiento de una
sociedad es posible –entre otros elementos– gracias a la
facultad del lenguaje, que vincula y crea solidaridades entre
quienes comparten una misma lengua, al mismo tiempo que
opone y separa a quienes hablan otra.
Por esta razón, nadie se ha sorprendido cuando, en comunidades
con una compleja organización social y política, se resalta el valor
de la propia lengua, exaltada para convertirla en un instrumento
simbólico de integración, a la vez que en un signo para
diferenciarse de los otros. Ni ha espantado tampoco que, al
evolucionar políticamente, una colectividad aplique con mucha
dedicación medidas para proteger ese símbolo de las amenazas
de la variación e inclusive se proponga imponerlo
coercitivamente.
Surge así la estandarización lingüística, conseguida, habitualmente, gracias a una enseñanza controlada de la lengua
materna y al apoyo de los medios de comunicación y las instituciones.
Una variedad lingüística es estándar cuando en un espacio
determinado impone sus hábitos por encima de las otras
variaciones -sociales, geográficas o discursivas- y llega a
constituirse en el medio más corriente de comunicación para
sujetos capaces de emplear otras formas de lengua. Con mucha
frecuencia, las necesidades de la escritura imponen una
estandarización. La variedad estándar procura la superación de
las diferencias e impone una forma única frente a las diferencias
de habla.
Pero, para una misma lengua, puede haber varios estándares.
Así, el inglés de la BBC londinense o la RP (received
pronunciation) son los estándares en Inglaterra pero no en Nueva
York. La distancia espacial puede determinar entonces no sólo
una diferencia en los códigos lingüísticos globales, las lenguas,
sino también en sus intentos de uniformidad. Afirma López
Morales:
Los estándares suelen coincidir con los estilos más formales del sociolecto alto de cada zona; él es realmente la variedad manejada en asuntos oficiales, en la educación, en los tribunales, en los medios de comunicación.
Y en el dilatado espacio geográfico en el que se extiende el
español, no rige sólo una variante estándar sino que habremos de
admitir la presencia de estándares dentro de cada una de las
zonas donde se concentran las diversas colectividades políticas
que han hecho suya esta lengua. Es decir, la variante estándar es
sensible a una diferenciación por el eje diatópico. El espacio se
impone inclusive sobre el intento de uniformidad que representa
la estandarización dentro de la lengua.
¿Cómo se convierte una variedad en estándar? Sara Bolaño
sugiere un conjunto de procesos que involucra ese fenómeno.
En primer lugar, la variante estándar es seleccionada entre un
conjunto de variedades; puede tratarse de una variedad ya
existente o de una amalgama de características pertenecientes a
diversas variedades.
En segundo lugar, la variante seleccionada
sirve de vehículo comunicativo a los discursos asociados con el
mundo oficial y a los textos escritos en general, al punto que
aparece ésta como su función promordial. En tercer lugar, la
variante es considerada por los hablantes como identificadora de
su colectividad, convertida por esa razón en símbolo cultural y
nacional; este beneficio simbólico –que se convierte también en
un beneficio político– alienta a los Estados a promover el
desarrollo de una variedad estándar.
Finalmente, debe estar
explícitamente codificada, en el sentido de que se hayan
establecido mecanismos para conseguir el consenso acerca de lo
"correcto" e "incorrecto"; la expresión máxima de esta codificación
son las gramáticas normativas y los diccionarios.
Este último proceso –tal como lo señala Rotaetxe– puede
hacerse en grados distintos; el máximo grado está representado
en la llamada norma (en un sentido prescriptivo) y el grado menor
en el estándar. Esto permite diferenciar dos conceptos que a
veces se confunden: estandarización y normativización.
La normativización es siempre una manera oficial de intervenir
sobre la lengua y sus variantes, intervención cuyo propósito es
alcanzar una codificación exhaustiva de la variedad, a efectos de
que pueda ser enseñada en los circuitos educativos formales que
controlan los Estados y pueda ser supervisada en su empleo por
las instituciones pertinentes. La estandarización, en cambio, se
elabora sobre la base de modelos aceptados como tales por los
hablantes (por ejemplo, escritores, grupos o personas de
prestigio, los diarios o la televisión, etc.) y, si bien supone una
codificación, ésta es informal y de menor grado que en la norma.
Esto significa que las nociones de "correcto" e "incorrecto" -en la
medida en que pueden ser supervisadas y contrastadas con un
código formal y explícitamente elaborado- se acercan más al
dominio de lo normativo y deben ser enjuiciadas a partir de esta
dimensión, pues es la que, en forma transparente, puede generar
un discurso prescriptivo.
Antes de examinar el problema del error en el uso del lenguaje,
quisiera hacer dos advertencias.
La primera ha venido repitiéndose continuamente desde que la
Lingüística pudo reclamar un estatuto científico. Y es la
siguiente: la existencia en el funcionamiento social de un
discurso prescriptivo, fuertemente apoyado por los mecanismos
oficiales del Estado, no debe producir, desde la consideración del
lingüista, un desprecio por las otras variedades o por las otras
lenguas que conviven el espacio geográfico. Es un hecho
nítidamente establecido el que todas las lenguas son capaces de
satisfacer las necesidades comunicativas de los hablantes o de
modificarse para hacerlo, y que todas las variedades son
importantes para la interacción social y cumplen, desde el punto
de vista de sus usuarios, una función insustituible.
La segunda está relacionada con una posible confusión relativa a
la necesidad de que existan procesos de normativización para
una lengua. No creo que estos procesos revelen una propiedad de
las lenguas como tales. Más bien, surgen de los hábitos
humanos de identificarse con un grupo y diferenciarse de otro,
que pueden ser advertidos desde la psicología social, la sociología
o la antropología.
3. Error y comunicación
En el fondo de la oposición entre "correcto" e "incorrecto" subyace
la noción de error. Y si "correcto" es lo que está libre de error, ¿a
qué hechos vamos a llamar errores?.
Consideremos las siguientes oraciones:
(1) Ponle agua a las flores.
(2) El río que tú trajiste la casa vales mucho.
Sólo una observación atenta y acostumbrada a las advertencias
prescriptivas sobre la concordancia descubre que (1) es una
oración "incorrecta", pues el pronombre enclítico no concuerda
con su antecedente (uno está en singular; el otro, en plural). Pero
cualquier hablante del español (probablemente, al margen de su
estrato sociocultural) descubre inmediatamente que (2) es
inadmisible como oración en nuestra lengua. Y la cuestión no es
sólo un asunto de grados –en el sentido de que (1) tendría un
error "menor" o "menos importante" que (2)–.
¿Qué es posible, pues, en el uso lingüístico? ¿Será acaso que la
oposición "posible" / "no posible" recubre la de "correcto" /
"incorrecto"?
Mitsou Ronat ha distinguido tres tipos de "posible" en relación
con el ejercicio lingüístico: lo posible lúdico, lo posible científico y
lo posible jurídico. Corresponde a la noción de posible lúdico,
precisamente, un ejercicio verbal como el de (2), en el cual tiene
protagonismo una combinación aleatoria, donde difícilmente
puede ofrecerse una combinación "errónea" de manera regular; es
decir, el desempeño de lo posible lúdico es errático, carente de
regla. Se diferencia de lo posible científico porque este último se
apoya en los condicionamientos naturales del lenguaje, que nadie
imagina infringir en el uso corriente del lenguaje. Lo posible
jurídico, que comporta la intervención de un sistema externo de
codificación (por ejemplo, gramáticas y diccionarios), se apoya en
lo convencional, generalmente en un estado de lengua anterior
que se propone como "mejor".
Esto significa que no todo error es posible (más allá, por
supuesto, del posible lúdico) y que las desviaciones de la norma o
del uso hechas por los hablantes no pueden permitirse violentar
las características naturales de la facultad lingüística. Por eso,
hemos de caracterizar al error (al menos, al que aquí
reflexionamos) siempre como un posible científico, es decir, como
una posibilidad permitida por el funcionamiento de la lengua.
Más inclusive, podemos interpretar el error, esto es, la desviación
del patrón de uso, como un mecanismo para asegurar la vitalidad
y continuidad de la lengua. De acuerdo con esto, el llamado error,
en verdad asegura para la lengua una nueva forma expresiva
que, si es admitida por toda la colectividad, se convierte en el
nuevo patrón de uso, es decir, en el punto de referencia a partir
del que se definen los nuevos errores y respecto del cual la
antigua forma es a su vez un error.
En otras palabras, el error es el vehículo del cambio lingüístico.
Y, en ese sentido, es el instrumento de acomodación de la lengua
a las siempre cambiantes necesidades comunicativas de sus
hablantes. Eso lo convierte –pese a tan difundidas ideas en
contrario– en un medio para la integración comunicativa y no en
causa de aislamiento.
Quiero, en este sentido, recordar la emoción experimentada como
hablante de español al recorrer las listas del Appendix Probi, un
documento normativo del siglo III a. de C. que denuncia las
corrupciones del latín vulgar:
auris non oricla [...]
facies non faces [...]
tabula non tabla [...]
En estos errores ya totalmente extendidos y socializados (y por lo
tanto, ya regulares) del latín vulgar aparece, casi al modo de
profecía, la forma de las palabras españolas.
Nos habíamos propuesto reflexionar la oposición "correcto" /
"incorrecto" y ahora hallamos la manera de darle una vuelta de
tuerca a esta distinción tan famosa.
A partir de las consideraciones anteriores, parece claro que el
error no es un disturbio comunicativo sino, al contrario, un
esfuerzo por potenciar las posibilidades comunicativas del código
lingüístico, modificándolo para adaptarlo mejor a los usos
comunitarios.
¿Por qué entonces el discurso prescriptivo proclama con tanto
entusiasmo que la normativización representa un impulso de
homogeneidad con fines de integración y mejoramiento de las
condiciones apropiadas para la comunicación?
En el fondo de este propósito se halla un hecho cuya meditación
debe ponernos en alertar al enfrentar el hecho normativo. Tal
proclama supone que la homogeneidad es un estado que
debemos buscar para asegurar la comunicación y aprovechar sus
beneficios. Y que en aras de este ideal homogenizador y sus
provechos no importa si no tenemos en cuenta algunas
diferencias, cuya superación debe hacerse para conseguir la
unidad, porque –claro– sólo la unidad hace la fuerza.
Pero no se considera –y no sé si con premeditación o descuido–
que la integración auténtica no se alcanza con la eliminación de
las diferencias entre los sujetos capaces de vincularse. La
promoción de las relaciones de solidaridad que permitan la
supervivencia de nuestra especie como tal en este planeta,
finalidad inobjetablemente capaz de otorgarle un sentido a la
existencia humana, no se puede hacer fingiendo que los seres
humanos son idénticos entre sí y que sus diferencias son
desviaciones de un modelo que nadie sabe quién ha establecido.
Por esa razón, quiero explorar la idea de que la normativización
no tiene una finalidad comunicadora –y por lo tanto,
integradora– sino, al contrario, un propósito discriminador y,
por lo tanto, aislador.
Si el uso "correcto" se esfuerza en diferenciarse de otras
variedades más extendidas y mejor dominadas por la mayoría, y
si demanda un entrenamiento especial y un sobreesfuerzo, es
precisamente para prestigiarlo, para hacerlo un bien precioso,
difícil y extraño. Es decir, para convertirlo en un símbolo de
status o de "cultura", con ese sentido tan peculiar otorgado por el
incauto a la palabra "cultura", que la convierte en un concepto de
élite, como si el canibalismo o la pornografía no fueran
manifestaciones culturales, e incluso, para decirlo agresivamente, conquistas culturales, formas de civilización-.
Atendamos al cambio en el acercamiento a lo prescriptivo.
Una concepción extendida respecto de este fenómeno afirma que
es el prestigio social lo que legitima la presencia de lo normativo,
en el sentido de que se escoge una variedad con prestigio para
proclamarla como el modelo de corrección en el uso lingüístico.
Así, por lo menos, define el Diccionario de Lingüística de Dubois la
prescripción:
La gramática normativa se basa en la distinción de niveles de lengua (lengua culta, lengua popular, habla rural, etc.); y, de estos niveles, elige uno de ellos como lengua de prestigio que ha de imitarse y adoptarse; esta lengua se llama "lengua correcta", "uso correcto".
De la misma manera, para los efectos de la enseñanza de la lengua materna, se propone, tal como lo hace Gustavo Rodríguez, profesor de la Universidad Austral de Chile, lo siguiente:
Afinarle [al estudiante] el sentido de la adecuación del uso de la lengua (lo que la Real Academia llama la "propiedad" del lenguaje) y mostrarle –finalmente– que [...] de entre todas las variedades hay una que es más adecuada en razón de su homogeneidad y de su mayor prestigio social.
Es decir, sugiere, como argumento para convencer al estudiante
sobre la necesidad de adaptarse a los extraños usos de la
normatividad, el beneficio de acogerse al prestigio de sus
mandatos. Porque, como ha escrito Manuel Seco: "No cabe duda
de que la corrección en el lenguaje es un adorno, un factor de
distinción en la persona que la posea".
El prestigio es, entonces, desde el mismo discurso sobre la
prescripción, esencial para caracterizar la normatividad.
Quiero proponer ahora una interpretación un poco diferente. Voy
a asumir que son precisamente las dificultades y extrañezas de la
normatividad las que le dan prestigio. Y que esas dificultades,
fruto del contraste entre las recomendaciones de corrección
idiomática y los usos normales de los hablantes, se mantienen
así para asegurar el carácter cerrado y finalmente elitista de las
costumbres normativas.
Efectivamente, lo raro y extraño puede obtener dos fortunas
distintas pero siempre complementarias: puede provocar rechazo
y temor pero también, si se le domina, puede otorgar prestigio, y
prestigio significa casi siempre poder. No en vano, los metales
más valiosos, los que se han constituido en símbolos del poder o
del status, son siempre los más difíciles de obtener.
Es decir, la constitución de un discurso normativo tiene por
finalidad asegurar para un sector social una posición de prestigio
y, por eso, se constituye en uno de los atributos del poder social.
Por eso es que la lengua, la lengua cuidada, la lengua homogénea
de los gramáticos normativos, puede ser compañera del Imperio
como elucidó Nebrija, al inaugurar una tradición de gramáticos
cuyo objetivo, según Manuel Seco,
no es el de hacer análisis morfológicos o sintácticos [...],
sino el orientar nuestra lengua de hoy en un sentido de
unidad entre todos los que la hablan.
Es decir, el ejercicio normativo no es una praxis para conocer,
buscar y comunicar la verdad, no es un ejercicio científico, sino
una acción desarrollada para ocultar la heterogeneidad y la
riqueza de la expresión verbal, una estrategia de la ilusión con
explícitas finalidades de control; en otras palabras, es un
instrumento ideológico.
4. Recapitulación
Para concluir esta disertación, me permitiré una recapitulación
heterodoxa. Haré un recuento de lo que no he dicho, para evitar
interpretaciones fuera de lugar.
En primer lugar, no he dicho que apruebo el canibalismo o la
pornografía; es decir, no promuevo la eliminación de una
axiología que ordene las conquistas culturales de las
colectividades de acuerdo con principios de naturaleza moral.
Por esa razón, no he dicho tampoco que el esfuerzo prescriptivo
sea perverso e inútil. Creo que quienes nos dedicamos a
prescribir costumbres lingüísticas lo hacemos con la convicción
de estar contribuyendo eficazmente a la formación personal y
profesional de nuestros semejantes. Y no es una simple cuestión
de buen gusto.
Por eso mismo, tampoco creo que todos los recursos ideológicos
sean por sí mismos "malos"; algunos, a veces, son indispensables
para que los seres humanos podamos soportar mejor este mundo
tan peculiar, para forzar una explicación que permita entender
una injusticia, para intimar una razón que nos libre de la locura
cuando nuestra racionalidad y nuestra voluntad son insuficientes.
Falta, por supuesto, saber si la prescripción es ese tipo de
recurso. Y es vital que, para esta averiguación, que no es sólo
lingüística, atendamos la admirable advertencia del poeta
Eielson:
Una manzana roja sobre la hierba verde Es una manzana roja sobre la hierba verde
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