22/07/2012
El
Observador
La vida era sencilla cuando no
había que acordarse de tantas
contraseñas. ¿O tal vez
no? Entonces había que ir al
banco para hacer cualquier tipo de
trámite que hoy se puede liquidar
en dos minutos en la web (próximo
post de Toolbox sobre bancos online,
promesa). Había que pagar las
cuentas en cada uno de los entes que
generaban esas cuentas, mientras que hoy
se pagan también por la web en la
mayoría de los casos. Y algunas
otras complicaciones burocráticas
de las que ahora nos salva Internet.
No vale la pena comparar si tiempos
pasados fueron mejores, pero la realidad
es que el presente puede resultar
complicado a la hora de administrar las
múltiples contraseñas que
se necesitan para ingresar a las cuentas
online que se han vuelto imprescindibles
en nuestra rutina. Una persona “poco
tecnológica” tiene al menos una
clave para ingresar al correo
electrónico, otra para alguna de
las redes sociales que usa (seguramente
Facebook, de acuerdo a las cifras de lo
que prefieren la mayoría de los
uruguayos), y tal vez una tercera para
su tienda online favorita. Con cada
grado de sofisticación
tecnológica que una persona suma,
seguramente agregue una nueva
contraseña. No me animo a contar
todos los servicios online que uso con
frecuencia –y menos aquellos en que me
inscrito y que apenas uso-, pero si sumo
solamente los de los bancos, correos
electrónicos y redes sociales, ya
supero la decena.
Cuando Internet comenzó a
masificarse, a fines de los 90, bastaba
con una palabra clave “cantada”: el
nombre del hijo, del perro, el del
chalé de veraneo, el de la abuela
preferida. Pronto los expertos en
seguridad informática nos dijeron
que todos esos datos eran muy
fáciles de adivinar y, por lo
tanto, de piratear. Cuando la cuenta que
se podía piratear contenía
unos pocos mails sin importancia, nadie
perdía el sueño. Ahora, si
hackean tu cuenta del banco, o de la
tarjeta de crédito, o incluso la
de Amazon, podrías perder mucho
dinero. Y seguramente si el pirata se
mete en tu cuenta de Twitter, Facebook o
You Tube, te regalará un mal
momento y te afectará la
reputación.
Por eso ahora, con decenas de cuentas
online pendientes de la frágil
memoria humana –a la que, según
demuestran los estudios, Internet no
ayuda a fortalecer- es casi
imprescindible generar una
organización mínima a la
hora de usar contraseñas. Los
consejos básicos de los expertos
en seguridad, incluyen:
1) Generar tres tipos de
contraseñas. La más
sencilla (ej: observador) compuesta
únicamente de letras, sin
mayúsculas ni minúsculas,
debe usarse para los servicios en los
que se guardan los datos menos
importantes. Si alguien me roba por un
rato la cuenta de Flickr, la de Vuvox, o
la de Animoto, que las disfruten. Cero
estrés. El segundo nivel de
contraseña debe incluir una
combinación de letras
mayúsculas y minúsculas
(ej: ObservadOr) sirve para cuentas que
guardan información un poco
más sensible, entre las que
están las redes sociales. Un
tercer nivel de seguridad se debe
aplicar para las cuentas más
sensibles, aquellas en las que se
maneja dinero: bancos, servicios de pago
y tiendas online. En estos casos es
mejor elegir una combinación de
letras mayúsculas y
minúsculas, más
números y hasta símbolos
(ej: ObservaOr_2012, aunque
pensándolo bien, esta
sería muy evidente en mi caso,
¿no?)
2) Las contraseñas más
seguras siguen estos
parámetros
-no se pueden encontrar en el diccionario (los hackers también lo usan para intentar con todas las palabras posibles, y no lo hacen a mano, una a una, claro está)
-contienen tanto caracteres especiales ($%&) como letras y números
-usan mayúsculas y minúsculas
-tienen un mínimo de 10 caracteres
-no se pueden adivinar averiguando información pública del usuario (cédula, fecha de nacimiento, número de teléfono, etc).
3) No usar las mismas contraseñas para todos los servicios. Luego de que un hacker piratea la cuenta de Linkedin, intentará seguramente usar la misma palabra clave para ingresar en Facebook y hasta en el correo de Gmail.
4) Asegurarse de que todas las contraseñas que se usan se puedan recuperar en caso de que éstas fueran pirateadas. Así, si alguien comienza a postear tonterías desde tu cuenta de Facebook podrás cambiar rápidamente tu contraseña. Para eso hay que asegurarse de asociar siempre una cuenta de correo electrónico principal a estas cuentas, y también una alternativa. Muchos servicios permiten además ingresar un número de celular (entre ellos Facebook y Google), lo que permite resetear la contraseña rápidamente luego de que te envían mensaje de texto. La mayoría de los servicios también permiten generar preguntas de seguridad, que deberían ser lo más particulares y privadas posibles. Es decir, no preguntes cómo se llama tu hijo. Tal vez cómo se llamaba tu maestra de segundo año.
5) Probar el nivel de seguridad de la contraseña elegida. Esto se puede hacer usando herramientas online tales como The Password Meter. La palabra clave que estoy usando ahora tiene un 66% de efectividad, según este servicio. Luego de cambiarle una minúscula por mayúscula, subió a 99%.
6) Cambias las contraseñas periódicamente. Es cierto, es una pesadilla. ¿A quién se le ocurre tener que pensar contraseñas nuevas cada 90 días? Pero es así señores. Hay que intentarlo, al menos.
7) Mantener copia de sus contraseñas en un lugar seguro. Ante este consejo, me niego a tener una libretita de papel con las palabras clave anotadas. ¿Para qué tanto progreso tecnológico si tengo que volver al papel? Para evitarlo existen diferentes servicios online (para activarlos se necesita una contraseña, siiii!!) que actúan como administradores de contraseña.
Algunas de estas herramientas guardan esta información “en la nube”, como lo hace LastPass. Otras almacenan la información en la propia computadora, y para usarlas hay que bajar una aplicación, como por ejemplo Keepass, un software de código abierto sencillo de instalar.
Uno de los últimos en lanzarse es Dashlane, disponible para PC y Mac, que funciona en conjunción con Chrome, Firefox y Safari (Internet Explorer llegará amigos, como siempre, después). Este administrador almacena no sólo contraseñas sino también información que evita que uno tenga que volver a llenar esos pesados formularios que piden nombre, teléfono, dirección, fecha de nacimiento y hasta medida de la cintura. El sistema “recuerda” estos datos (con previo permiso del usuario) y los sugiere automáticamente cada vez que hay que incluirlos en un formulario online. Luego de que se instala en la computadora, es posible indicarle qué contraseñas debe guardar y cuáles no. En mi caso elegí que Dashlane recuerde los passwords de casi todos los servicios cuya privacidad no me preocupa, y en cambio no administra mi Gmail ni mis cuentas bancarias. Para estas últimas hago trabajar cada tanto a mi memoria.
Si todo lo anterior le resulta pesado y tedioso, tiene razón. Aunque, si se tome unos minutos para repasar las últimas brechas de seguridad en grandes compañías – Linkedin, Yahoo, Best Buy, Formspring- , todas las cuales han dejado al descubierto miles de contraseñas, tal vez haga la ecuación y decida que es hora de asegurar las suyas.
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