05/06/2012

Maqui Dutto: los ojos que miran al autor

María Eugenia Martínez, 180.com

Es muy probable que al menos uno de los libros uruguayos que se publicaron este mes lo haya corregido María Cristina Dutto. Porque los autores no siempre escriben tan bien como podría pensarse. Incluso las plumas más cultas pasan por los ojos de uno o dos correctores. Y los ojos de Maqui, dicen en el ambiente editorial, son una garantía. Por eso, y porque además ha corregido muchos, pero muchos libros, recibió el sábado 2 un premio de la Academia Nacional de Letras.

Es bajita, delgada, pausada, y es tan solvente como tímida. De hecho, pasó muchos nervios este fin de semana, cuando tuvo que hablar frente a los que se reunieron para celebrar el reconocimiento.
La premiaron por su aporte a los libros uruguayos, por ser la correctora que ha sido, autodidacta, perfeccionista… Por no cansarse de cambiar gerundios mal usados, comas que no van, por cuidar la ortografía, por trabajar para los lectores. Y 180 la entrevistó por eso.

—¿Cómo te hiciste correctora?
—Trabajaba en el CLAEH, en Secretaría. Era a principios de los ochenta, cuando todavía había que pasar en limpio los proyectos y lo que escribían los investigadores... Como yo corregía espontáneamente (soy perfeccionista y segura en ortografía), me daban los textos peor escritos o los que tenían que causar mejor impresión.

— ¿Hay que ser perfeccionista para ser corrector? ¿Vos te sentís así?
—Un poco de neurosis obsesiva se necesita, sí, y es un lindo oficio para canalizarla en vez de andar molestando al prójimo. Soy perfeccionista en algunas áreas. En otras, nada.
— ¿Habías estudiado algo relacionado?
—Cuando empecé en el CLAEH estudiaba arquitectura. No te rías, pero yo veo relación entre la escritura y la arquitectura. En 1984 el CLAEH creó la Secretaría de Difusión, que entre otras cosas se encargaba de producir las publicaciones, y Federico Bervejillo, que iba a ser el responsable, quiso que yo integrara el equipo.

Los años en Difusión fueron impresionantes. Para que te hagas una idea: en 1984 todavía estábamos corrigiendo galeras de linotipo y en 1987 ya corregí mi primer libro en computadora. En el medio hubo composer, fotocomposición, qué sé yo: era un invento atrás de otro. La revolución tecnológica nos llevaba al trote. En esa época hacíamos edición, corrección y diseño gráfico, todo entreverado. El diseño y el armado todavía eran manuales: cortar y pegar tiras de texto, dibujar, pintar... Recuerdo aquella oficina de planta baja como un lugar maravilloso, aunque físicamente era un asco.
—¿Se puede decir que sos autodidacta?
—Sí, en el sentido de que no tengo educación formal ni en corrección ni en letras. Pero aprendí de otros, obviamente. A través de libros, a través del contacto personal... En el CLAEH aprendí mucho con los compañeros, intercambiando descubrimientos y piques, y después trabajé también con Ariel Collazo, que durante el exilio había trabajado en el sector editorial en Barcelona. En esos años no pasábamos un día sin saber algo nuevo.

—¿Se puede decir que José Martínez de Sousa es el mayor referente profesional actualmente?
—Para los correctores hispanohablantes, sin ninguna duda. No hay persona, grupo ni institución que tenga una obra tan monumental y tan sólida, tan precisa, tan exhaustiva, tan exquisita. Solo las razones más mezquinas pueden explicar que no tenga un sillón en la Real Academia. Tampoco lo tuvo María Moliner.

—¿Cómo te conectaste con Martínez de Sousa?
—Un día llegó al CLAEH un valijero que le vendía libros a Romeo Pérez y por la ventana del patio me ofreció el Diccionario de tipografía y el libro de Martínez de Sousa. Empecé a hojearlo y fue como si me cayera un rayo. Un rayo benéfico, claro. En dos minutos me enteré de que mi oficio existía, era antiguo y tenía nombre, y también supe lo que era un diccionario de dudas. El CLAEH compró el libro y ahora lo tengo en casa, en préstamo vitalicio.
Pasaron como diez años y una noche se me ocurrió buscar a Martínez de Sousa en Internet. No sabía de él más que lo que decían las solapas de los libros. En esa búsqueda encontré información sobre varias obras nuevas y lo que parecía ser la respuesta suya a una consulta de otra persona. La dirección era algo llamado Apuntes. Entonces escribí a esa dirección un mensajito en el que contaba que Martínez de Sousa era muy importante para mí y no sé qué más, con la esperanza de que por esas casualidades él llegara a leerlo, y me fui a dormir.
Al otro día prendí la computadora y tenía un mensaje del propio Martínez de Sousa, que firmaba "Pepe". Me explicaba que Apuntes era una lista de discusión por correo electrónico sobre cuestiones lingüísticas y me invitaba a integrarme. Recuerdo que mi hija tenía once años, era la época de Titanic y yo pensaba: "Esto es como si a Clara la invitara a bailar Leonardo DiCaprio".

—¿Cuáles son los peores textos a la hora de corregir?
—Los que dicen poco o nada en el mayor espacio posible, y peor si además son pretenciosos. No me molesta corregir un libro mal escrito cuando lo que dice es interesante y tiene una organización razonable. Al contrario: esos libros me gustan porque, aunque me den mucho trabajo, después siento que mi intervención ahí era necesaria, que tenía sentido, que valió la pena.
Lo que te voy a decir tal vez suene poco profesional, pero creo que uno no debe corregir un texto que le desagrada o de un autor por el que siente antipatía. Puede ser que lo que dice no le interese, puede ser que lo aburra, puede ser que lo desespere por mal escrito; hasta ahí no hay conflicto. Pero si le da bronca tiene que devolverlo porque no va a hacer un buen trabajo. Para corregir un libro hay que ser hincha del libro, querer que salga lindo y que le vaya bien. Al menos yo necesito ese estímulo emocional para trabajar.

—¿Cuál creés que ha sido tu aporte?
—Pensando en voz alta, de repente el aporte ha sido casar la experiencia en corrección con la docencia en escritura no literaria. En su origen esta fue una idea de Pablo da Silveira para la carrera de Comunicación de la Católica, que funcionó. Tiempo después con Silvana Tanzi le dimos un formato extracurricular, porque algunas empresas nos pedían un taller así para la gente que tiene que escribir como parte de su trabajo. Y en el 2002 empezamos a ofrecerlo en el CLAEH.

El taller está basado en los problemas de escritura más comunes de la gente con nivel educativo alto. Puede parecer raro, pero un abogado de 80 años y una ingeniera de 30 tropiezan más o menos con las mismas piedras cuando se ponen a escribir. Entonces la idea es trabajar sobre esas piedras, que no son tantas.
Más tarde, a partir de los materiales que fuimos elaborando para el taller, con Silvana y Silvia Soler escribimos nuestro librito, que se publicó en el 2008.

—¿Qué te parece la Tecnicatura en Corrección de Estilo de la Udelar?
—Me parece buenísimo que exista, aunque si de mí dependiera le haría algunos retoques. Para empezar, pondría prueba de admisión, porque creo para ser corrector se necesitan ciertas inclinaciones y habilidades que no se adquieren solo con estudio. Hoy hablábamos del perfeccionismo, por ejemplo. Y si vos tenés 35 años y escribís ojo con hache, no tiene sentido que la Universidad gaste dinero de los contribuyentes en tratar de formarte como correctora. Podrás salvar todas las materias con 12, pero nunca vas a ser correctora. Y al programa le reforzaría el componente editorial, porque la corrección no es autónoma: es parte de un proceso y de un trabajo en equipo.

—¿Cuál es el error qué más te fastidia encontrar en los textos? —Detesto los errores típicos del lenguaje burocrático: el mismo como pronombre, los gerundios en lugar de verbos conjugados, las palabras ampulosas, como precedentemente en lugar de antes... Con esos tres ingredientes basta para escribir textos pesados, oscuros, feos, de esos que solo se leen por obligación.
Cuando en diciembre se creó la Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo, hicimos la asamblea y había que leer el acta de constitución, y el acta era un espanto: llena de gerundios —siendo, considerando, proveyendo—, la mayoría mal usados gramaticalmente, más un montón de el mismo, la misma... Quisimos corregirla pero nos dijeron que no se podía.

—¿Tenés alguna anécdota de equívocos en el texto que recuerdes como graciosa?
—Más bien grotesca. Vos sabés que, por desgracia, el plagio es algo bastante común en los libros. Hoy plagiar es mucho más fácil que en la época de José Pedro Varela, pero también es mucho más fácil descubrirlo. En general el que plagia está apurado y por eso le quedan desprolijidades. Uno viene corrigiendo y de pronto no muy conscientemente empieza a percibir que cambia el estilo, que los errores son distintos, o se encuentra una incoherencia como "allá en Montevideo" cuando sabe que el libro se escribió en Malvín. Una vez que se te instala la sospecha vas a Google y ahí en general el plagio salta.

Hace poco estaba corrigiendo un libro de varios autores desconocidos para mí, compilado por una persona muy formal, casi solemne, y en un capítulo encontré varios párrafos levantados de Wikipedia. Esa vez me di cuenta de casualidad, porque había un dato que me pareció inverosímil, fui a corroborarlo en Internet y ahí saltó. Para plantearle la situación al compilador marqué con amarillo en el archivo todo el texto plagiado y empecé a escribirle un mensaje. Pero no me había fijado en el nombre del autor del plagio, y cuando lo hice vi que era el propio compilador. Una vergüenza.

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