23/08/2010
Ana Lucía González,
Prensa Libre
Humberto López Morales es
secretario de la Real Academia
Española (RAE) desde hace
dieciséis años, y se ha
dedicado a estudiar la relación
entre la riqueza del lenguaje y los
medios de comunicación, lo cual
lo ha llevado a trazar
estadísticas e índices de
calidad en varios diarios hispanos.
Estuvo en Guatemala para participar en
la presentación del Diccionario
de Americanismos.
¿Es cierto que el
español es la segunda lengua de
comunicación en el mundo,
después del inglés?
Las proyecciones de una empresa en
Chicago decían que para el 2050
el español sería hablado
por el 10 por ciento de la
población mundial, y con ello se
convertiría en la lengua
más hablada. Hace unas dos
semanas se han anticipado esos
resultados para el 2045.
¿Qué ventajas implica
esto para el idioma español?
En el censo de Estados Unidos hay un
investigador que acaba de decir que cada
minuto que pasa entran en la corriente
de ese país 2.5 hispanos. Eso
significa que hay 13 millones más
de hispanos al año. Las
proyecciones para el 2050 es que el
español va a ser la lengua
más hablada de todas, incluso que
el inglés. Claro, la gente
comienza a hacer proyecciones desde el
punto de vista político y
económico.
Según su criterio, ¿se
facilita más aprender
inglés o español?
Depende del inglés que se
aprenda. Si vas a aprender inglés
de Inglaterra, el español es
más fácil, porque tiene
una fonética muy cercana a la
grafía. En cambio, el
inglés es otra cosa, porque tiene
una morfosintaxis no tan simple.
Pero resulta que la mayor parte de Asia
que dice que habla inglés hoy, no
se les entiende en absoluto. Por
experiencia personal, estaba en
Filipinas, y fui a Bangkok porque
querían unas cátedras en
español. Llamé y
pedí un coche con chofer que
hablara español. No tenían
uno solo, así que me dieron un
taxista que hablaba inglés.
Casi no le entendí nada de lo que
me dijo en los dos días que
estuve allí. Él me
entendía a mí
perfectamente, pero yo a él no,
aunque oficialmente ese señor
habla inglés. En cambio, la gente
que habla español, en todo el
mundo se puede entender. Pero en aquel
caso era totalmente imposible.
¿Cómo entender la
homogeneidad lingüística
entre los países hablantes del
español?
Lo que sucede es que no todo el mundo
habla igual; si no, sería
aburridísimo. Todos los que
hablamos español tenemos un poco
más del 80 por ciento del
vocabulario que es absolutamente el
mismo, pero hay 20 por ciento que
evidentemente es típico de cada
zona.
De manera que cuando se dice que el
español es una lengua unitaria,
no es que todo el mundo hable igual.
Cada día, algunas palabras
están siendo conocidas, por los
viajes, Internet, los periódicos
electrónicos. De manera que nos
conocemos un poquito mejor. En tal
sentido, si estoy en un lugar,
normalmente tengo una competencia pasiva
para entender de qué se
está hablando. Y no solo en el
mundo hispánico.
Por ejemplo, en Serbia están
transmitiendo tres telenovelas
hispanoamericanas. Como ellos no pueden
doblar, por lo costoso, usan
subtítulos, de manera que todos
escuchan español.
La profesora del Instituto Cervantes
cuenta que la gente está
enganchada, y muchas chicas que no saben
nada de español se han aprendido
expresiones como: “Eres una bruja”,
“Estoy embarazada” y “Te quiero mucho,
Pedro”.
¿Es cierto que la RAE tiene un
índice de riqueza léxica
para los medios de comunicación?
Eso nos dice cuán rico es el
vocabulario de los medios, el cual es
alto. La gente habla intuitivamente,
pero no es así. Indudablemente,
todos sabemos que Octavio Paz es una
gran figura, pero solo hay un punto por
debajo en la prensa hispanoamericana con
relación al nivel empleado en los
ensayos de este escritor mexicano.
¿Hay una evaluación de
la riqueza léxica de los diarios
de Guatemala?
Todavía no. Solo lo tienen Puerto
Rico, República Dominicana y, en
un par de meses, Chile, que es un
proyecto que estoy dirigiendo. En el
resto de Hispanoamérica, nadie.
Hacemos un sorteo al azar, y entran los
periódicos que caigan de
algún país. A veces son
dos, como Argentina, Chile,
México, pero las
estadísticas son muy
contundentes.
¿Cómo se efectúa
la medición?
Son recuentos estadísticos muy
refinados. El léxico
básico de un país recoge
las palabras más usadas, que en
promedio son cinco mil. El hombre culto
habla un poco más de cinco mil
palabras, y el hombre de la calle, de
dos mil a dos mil 500 palabras. Pero hay
que saber cuáles son esas cinco
mil palabras y qué ordenamiento
tienen respecto de la capacidad que
necesita un estudiante para aprender una
palabra dada.
Esto, dejando al margen el léxico
de la especialidad —laboral—, que en
promedio son 500 palabras. Y el
léxico disponible es el que no lo
actualizas a menos que la
conversación te lo permita; lo
tienes en la cabeza, pero no lo usas.
Eso se analiza en un período de
20 años, con distintos rangos:
literatura técnica, narrativa,
literatura de prensa. De ahí se
hace análisis para extraer las
cinco mil palabras más usadas y
el nivel.
El idioma es algo en constante
transformación.
Claro, el lenguaje es una de las cosas
más móviles que uno se
puede imaginar. No sería nada si
no es de hablantes. Eso conlleva a
palabras que tengan utilidad para dar
nombres a cosas nuevas. En eso sí
nos ganan los anglohablantes.
En España, la Academia de la
Lengua tenía un programa
maravilloso que se ha abandonado, el
proyecto Búho. Era un ordenador
que grababa durante la noche todo lo que
había salido ese día en la
prensa y en diferentes textos de todas
partes. Había empezado con un
caudal modesto de unos 120 diarios,
identificando fecha y origen.
Lo novedoso es que era un detector de
palabras nuevas. Ello nos hubiera
permitido saber qué palabras
nacían, en qué momento, y
allí es cuando hay ocasión
de intervenir. Era, además, un
proyecto baratísimo, que se
interrumpió; pero quizás
con un cambio de Academia se vuelva a
retomar el asunto.
Usted habla de la responsabilidad de
la lengua española como
vehículo de comunicación
para las masas.
Estamos acercándonos a los 500
millones de hablantes de español
como lengua materna. Por otro lado, los
índices de estudiantes de
español aumentan de manera
vertiginosa. Para empezar, cuando
preguntaban a los estudiantes japoneses
del Instituto Cervantes por qué
estudiaban español, ellos
respondían: Mercosur. No era
precisamente para leer El Quijote, con
lo cual los españoles estaban
furiosos.
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