25/06/2010
La
Voz Digital
Una entre tantas otras naderías
que un ciudadano español de
comienzos del XXI tiene que soportar es
el empeño constante que los
adalides de la corrección
política ponen para que todos
empleemos un «lenguaje no
sexista». El esfuerzo es irritante
no sólo por el tiempo y el dinero
dedicado a la gestación y
aprobación de guías,
normativas, manuales o cursos, ni por
las toneladas de impresos
administrativos que han de ser
desechados y reeditados, sino, sobre
todo, porque se sustenta en un
presupuesto falso: en el hecho de que el
lenguaje pueda ser sexista y responda al
afán dominador de un sexo sobre
otro. Filológicamente esto
está tan claro que el fomento de
una práctica tan escasamente
fundada sólo puede deberse a
ignorancia supina, o al deliberado
intento de usar el lenguaje como arma
política.
Respecto a lo primero, la ignorancia, no
seré yo quien dude de la
capacidad de nuestros gestores
públicos para emprender este
atropello y otros peores. No obstante,
parece razonable esperar que en cada
ministerio, consejería,
concejalía, etc., haya al menos
algún asesor ilustrado capaz de
informar a quien corresponda de que una
cosa es el sexo y otra el género
gramatical, y que ambas no están
necesariamente ligadas, ni en nuestro
idioma ni en ningún otro de
nuestro entorno cultural. De ahí
que no pueda sostenerse que el uso
predominante que algunas lenguas como la
nuestra hacen del género
masculino sea la consecuencia de una
voluntad de dominación sobre la
mujer, sino más bien de los
vericuetos caprichosos por los que
evolucionan las hablas humanas, que
hacen, por ejemplo, que gato sea
femenino en alemán y masculino en
español. La atribución del
género gramatical no ha seguido
por lo general reglas lógicas, y
unas veces el género y el sexo
biológico coinciden y otras no.
Esto se ha dicho en tantas ocasiones y
foros tan autorizados que da pereza
repetirlo, pero a veces no queda
más remedio, dada la avalancha de
simplezas con que se nos bombardea a
diario.
Sin embargo, la presencia de asesores en
los órganos de decisión
política, a veces en
número excesivo, me lleva a
pensar que el origen del dislate se debe
más bien a la ambición de
usar el lenguaje como medio de hacer
política subliminal. Este
empeño, por otra parte, no es
nuevo. Ya Orwell apuntó en su
premonitoria 1984 que el Gran
Hermano impondrá una neolengua
con la pretensión de dominar el
pensamiento de los ciudadanos y hacer
inviable la crítica y la
oposición política.
Pero no hace falta recurrir a la
ficción. Ejemplos
históricos reales muestran
cómo una y otra vez algunos
gobernantes han hecho un uso
político de la lengua. Un caso
paradigmático, en los años
treinta del siglo pasado, es el que
protagonizó Mussolini intentando
cambiar las formas de tratamiento del
italiano.
El italiano, como el español, ha
desarrollado unas formas pronominales de
tratamiento: en singular, la forma
común de tratamiento,
válida para los dos
géneros, es «lei»,
pronombre femenino de la tercera persona
del singular. Así, por ejemplo,
sea en referencia a un varón o a
una mujer, se dice «Lei parla
troppo» (usted habla demasiado).
Y, en el lenguaje más
burocrático, por sus
características formalistas, es
frecuente la utilización del
pronombre «Ell», tanto para
el masculino como para el femenino. Esta
manera de referirse respetuosamente a
los demás data, al parecer, del
siglo XV y se impuso, pásmense,
por influencia española
(¿recuerdan el «vuestra
merced»?). Pues bien, Mussolini,
considerando poco viril el uso de esa
forma de tratamiento entre los
descendientes de los conquistadores
romanos, quiso imponer el uso del
«voi», en masculino. Pero el
capo Benito no tuvo éxito, porque
la gente en Italia ha seguido usando el
femenino para tratar de
«usted».
Es de esperar que los actuales intentos
de manipulación política
del lenguaje no prosperen. Por
descontado que existen aún
situaciones de discriminación por
razón del sexo de las personas,
pero necesitan más coraje
político y menos varitas
mágicas del lenguaje para hacer
ver que avanzamos. La realidad es como
es, cualquiera que sea la forma con que
la denominemos. Lo que hace falta son
mecanismos de acción
política real, no de
perversión del lenguaje.
Pretender que se fomenta la igualdad
entre los sexos por el uso de un
lenguaje políticamente correcto
es como creerse que se combate el calor
por llamarlo frío. Es evidente
que hay mujeres maltratadas, que las
tareas del hogar no se reparten
aún equitativamente entre los
cónyuges, o que con frecuencia se
retribuye a la mujer peor que a sus
colegas masculinos; estos y otros
problemas deben abordarse con la
máxima seriedad, pero sin
engaños y sabiendo que en modo
alguno se atenúan porque usemos
el «todos y todas», en lugar
del correcto «todos».
De todas formas, existe una razón
aun más poderosa para augurar que
este disparate no tendrá
éxito: el lenguaje tiende a la
economía. Es un comportamiento
humano que se repite y responde a
nuestra capacidad lógica y
práctica. En el ejemplo anterior,
el clásico «vuestra
merced» de nuestros tatarabuelos
evolucionó al
«usted», y no por impulso de
ningún ministro con
ínfulas progresistas, sino
simplemente porque era más corto,
rápido y fácil de decir.
Por eso, confío en que no dure
mucho la moda sumisa a estos dictados
políticos. En mi caso, para
obligarme a decir todos y todas a cada
paso tendrán que mandarme a la
guardia civil que, fíjense, es
femenino.
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