21/04/2010
Ángela Pradelli, Clar&iac
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Todo buen profesor sabe que, en el aula,
cuando el lenguaje circula con vida
entre docentes y alumnos, se construye
una visión del mundo sostenida en
la subjetividad de cada uno. La libertad
es entonces la herramienta clave del
aprendizaje.
Hace cinco años, en el marco del
Congreso Internacional de la Lengua
Española que se celebró en
Rosario, escuché a un poeta, el
escritor nicaragüense Ernesto
Cardenal, afirmar respecto a la muerte
de las lenguas: «Cuando una lengua
desaparece, no son sólo palabras
las que se pierden. Cuando se muere una
lengua, es una visión del mundo
lo que desaparece». Partiendo de
Cardenal, podemos llegar también
a la otra orilla y preguntarnos: para
que la lengua viva en las aulas,
¿qué es lo que se enseña y
qué se aprende?
Los profesores, en nuestras clases,
tenemos que valorar la vacilación
de la lengua como algo sagrado,
preservarla en lo insondable de la
materia que enseñamos. Escribir
una oración breve puede ser una
operación compleja y
dificilísima. Se ponen en juego
no sólo la circulación de
las palabras, también los
silencios, las jergas, la cadencia, el
fraseo. El lenguaje corre allí
con su energía creadora. La
polisemia de la lengua es casi
permanente: es imposible hablar sin
matices, es imposible desatender a la
vitalidad de ciertas frases y tonos. Los
acentos de un poema nos revelan un mundo
y nos ocultan otros. La intensidad de
una prosa que nos afecta puede
perturbarnos.
Los alumnos que leen y escriben
poesía en el aula se acercan al
secreto más misterioso de la
creación. Cuando los estudiantes
elaboran argumentaciones y construyen
relatos hablan también, siempre,
de su propia identidad. Vivimos en un
mundo que se desborda de señales,
que está repleto de mensajes.
Cada gesto, cada color, las posturas,
incluso los silencios tienen algo para
decirnos.
Pero necesitamos las palabras para
cargar a cada uno de ellos de cierta
significación. El punto y las
comas marcan la respiración de
nuestras enunciaciones. Cuando los
alumnos construyen sus textos, orales o
escritos, deciden también, en la
compleja red de la sintaxis,
dónde acontecerán sus
propios silencios. En la
construcción de textos los
silencios ya no son sólo
límites del lenguaje. En el
silencio se oye el eco de la palabra que
está presente incluso
allí, en su ausencia.
El lenguaje tiene reflejos a partir de
los cuales se instala en la
creación. Los discursos que
acontecen en el aula, los discursos de
los otros y los propios, laten en la
capacidad de su propia invención.
Nada queda fuera: los enunciados de los
medios, las conversaciones entre amigos
y con las parejas, los mensajes de las
autoridades de la escuela, la historia,
la filosofía, el cine, la
matemática, los blogs, el chateo,
los muros del Facebook, los mensajes de
texto, las canciones.
Nuestros enunciados, personales y
también sociales, nuestros
discursos amorosos, profesionales, los
diálogos entre alumnos y
docentes, cualquiera de nuestros
discursos opera sobre una
gramática compleja y traza un
mapa de nuestra subjetividad. En los
pliegues más remotos de nuestra
intimidad hay elementos sociales y
públicos que inciden en ella y la
determinan. Es imposible no oír
las distintas lenguas que circulan
dentro de la misma lengua.
La riqueza de una clase puede ser
ilimitada si valoramos los espacios de
los diálogos
«interlinguales».
La capacidad del lenguaje es tremenda.
Por la lengua construimos una mirada
personal sobre el universo, nuestra
propia humanidad depende de nuestras
palabras.
La respuesta a qué se
enseña y qué se aprende en
las clases de lengua la encontramos
también en aquel poeta
nicaragüense cuando en Rosario
habló de la vida de las lenguas.
Hacia allí van los aprendizajes,
hacia la construcción de una
visión del mundo. En el aula,
cuando el lenguaje circula con vida
entre alumnos y profesores —en las
bocas, los cuadernos, las
pantallas— se construye, sobre
todo, una visión del mundo.
Aunque por momentos, o quizás por
eso mismo, el lenguaje se ponga
imposible y nos haga balbucear a todos
con una lengua de trapo.
«Tropezamos, dice George Steiner,
en ocasiones visceralmente con
impalpables pero rígidos muros de
lenguaje. El poeta, el pensador, los
maestros de la metáfora, hacen
arañazos en ese muro. Sin
embargo, el mundo, tanto dentro como
fuera de nosotros, murmura palabras que
no somos capaces de distinguir.»
La intensidad de las palabras que se
dicen puede ser tan potente como el
vigor de las palabras que se callan. Los
que hemos hecho de la lectura y de la
escritura los ejes de los aprendizajes,
construimos las clases sobre estas dos
columnas que nos sostienen y nos
permiten atravesar con nuestros alumnos
los umbrales siempre infinitos que nos
internan en el nervio de las palabras,
en la ambigüedad, y también
en la música, los sonidos y en el
silencio.
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