04/04/2010
El
Colombiano
En
Colombia hay cinco lenguas que
están al borde de la muerte:
tinigua, nonuya, carijona, pisamira y
totoró.
Un experto del ministerio de Cultura, el
profesor francés Jon Landaburo,
conocedor de lenguas nativas, que
aparece en decenas de investigaciones
sobre ellas y hasta habla algunas,
sostiene que están casi muertas
porque las usa apenas un puñado
de personas, menos de diez, y demasiado
viejas como para pensar que duren mucho
tiempo.
De ellas, quizá la más
agónica o, tal vez esté
muerta ya, es la tinigua. «Ese
pueblo, que habitó la Sierra de
la Macarena, fue casi exterminado
durante la llamada Violencia de los
años cuarenta y cincuenta
—señala el
etnolingüista—.
Adelanté una investigación
hace quince años y el tinigua
tenía apenas un hablante. Era un
anciano que no sé si ya haya
muerto y la lengua se haya ido con
él».
Con esta expresión lapidaria
quiere decir que con ella se fue
también, en gran medida, la
cultura: la forma de vida y de ver el
mundo, la cosmogonía, los
rituales, las canciones, los refranes,
las oraciones a los dioses, las recetas
culinarias, las expresiones de saludo y
despedida...
La nonuya, lengua de una comunidad
situada en la Amazonia, entre
Caquetá y Putumayo, tres ancianos
la hablaban hace veinte años
«cuando fui a grabarles». No
obstante, en las nuevas generaciones hay
voluntad de recuperarla: los
niños están aprendiendo
canciones y, en fin, hacen intentos de
revitalizarla. «No creo que
vuelva, pero algo está
pasando».
Y es que el afán por «que
vuelva» o al menos por conocerla,
más que por hablarla todo el
tiempo —que sería
ideal—, es un intento por
encontrar en ella las raíces de
la identidad de un pueblo. Por entender
quiénes son, de dónde
vienen y por qué actúan de
tal o cual manera.
La lengua carijona tiene dos hablantes
pasivos en la margen izquierda del
río Caquetá, en el alto
Vaupés, cerca de Brasil.
Hablantes pasivos son personas que la
entienden, pero no la hablan.
La pisamira, de una comunidad de
Vaupés, cuenta con unos diez o
quince hablantes, y la
«totoró, del Cauca, tiene
unos 20, aunque sé que
están haciendo un esfuerzo grande
por recuperarla», dice Landaburo.
Y es cierto. Los esfuerzos han dado tan
buenos resultados que la cifra de
hablantes que maneja el experto ha sido
superada con creces. El profesor Ernest
Angucho, perteneciente a esa comunidad,
viajó a Bogotá para contar
el jueves 18 de marzo, en el seminario
internacional Avances en la
Protección de Lenguas
Minoritarias en Cataluña y
Colombia, que «ya tenemos entre
100 y 150 hablantes activos y entre 800
y 1.000 hablantes pasivos».
Él hace parte del primer grupo:
lo habla y lo entiende. «La
nuestra se consideraba una lengua muerta
me cuenta por teléfono mientras
desayuna en un hotel de
Bogotá—, pero hemos
recuperado tal cantidad de hablantes en
un proceso constante de veinte
años». El totoró es
una asignatura en las escuelas,
«gracias a la Ley 397 de 1997, la
cual ahora se fortalecerá con la
Ley de Lenguas, la 1381 de 2010».
Porque esta Ley, del 26 de enero pasado,
dice:
«Título I, Artículo
2: (...) el Estado (...)
promoverá la preservación,
la salvaguarda y el fortalecimiento de
las lenguas nativas, mediante la
adopción, financiación y
realización de programas
específicos».
Otra lengua en serio peligro de
extinción es el palenquero. La de
los negros del Palenque de San Basilio.
«Está en situación
delicada —dice Landaburo—.
La habla menos del 50 por ciento».
Por su parte, Manuel Pérez
Salinas, palenquero, uno de los
organizadores del Festival de Tambores y
Expresiones Culturales de Palenque,
confirma esta situación, pero
advierte que el 50 por ciento que no lo
habla, al menos la entiende. La
población de Palenque de San
Basilio es de unas 3.000 personas, sin
contar los que viven en sitios
distintos, como Barranquilla y
Cartagena, con los cuales puede ascender
a 10.000.
«En los colegios apenas dedican
dos horas semanales a la lengua
palenquera», se lamenta. Y explica
que el mayor déficit está
en los niños: «ellos son
muy seguidores de la televisión y
en ésta no hay un canal en lengua
propia; sólo en
español».
Emberañol,
tuleñol...
El etnolingüista Manipiniktikinya,
de la comunidad tule, a quien un
profesor de su infancia bautizó
Abadio Green para evitar dificultades,
también nos habla de la
situación de las lenguas nativas
en Antioquia. Dicho sea de paso, su
nombre original, que en español
quiere decir «El nacimiento de la
planta nueva», hubiera tenido que
ser respetado por aquel profesor, si la
Ley de Lenguas hubiera existido en esos
tiempos.
«Título II, Artículo
6º: los nombres y apellidos de personas
provenientes de la lengua y de la
tradición cultural usados por los
hablantes de lenguas nativas, y
más generalmente por los
integrantes de pueblos y comunidades
donde se hablen estas lenguas,
podrán ser reconocidos para
efectos públicos».
Más bien le hubiera dicho, como
sus paisanos: Pinikti, una abreviatura
de su nombre.
En cuanto al tema de las lenguas en
Antioquia, el académico comienza
por decir que en el departamento hay
unas 25.000 personas indígenas. Y
que, aparte del español, se
hablan dos lenguas nativas: el embera
—con sus variantes chamí,
katío y dobidá— y
tule o kuna.
Entre los embera hay unas 13.000
personas. De ellas, la mayor parte son
de la familia embera katío o
eyavida; es decir, de montaña. De
las tres familias, en el aspecto
lingüístico, la chamí
está en grave situación.
«Ellos mismos dicen que hablan
emberañol», anota el
lingüista tule. Se trata de
habitantes del suroeste
antioqueño, Jardín,
Valparaíso, Támesis y
Pueblo Rico. Esta tragedia, la de
debilitar su lengua, la deben a estar
metidos entre grandes comunidades de
cultura paisa. En la emisora,
Chamí Estéreo, 90.3 FM,
del resguardo Carmatarrúa
(Cristianía), una de las 26
emisoras indígenas de Colombia,
moderna y tecnificada, emiten programas
en lengua, los de los comités de
salud, deporte, educación y
cultura, y demás, pero la mayor
parte del tiempo emiten reggaetón
y música campesina. Y no es que
deban permanecer herméticas al
mundo. No. Pero «sí
deberían sacarle partido para
fortalecer su lengua, su pensamiento y
su cultura», comenta Abadio Green,
quien menciona que en Apartadó
hay otra emisora indígena con la
que sucede lo mismo.
«Los embera chamí del
Suroeste deberían aprovechar que
los embera chamí de Risaralda
tienen una lengua fuerte, para aprender
de ellos», sugiere el
lingüista antioqueño.
Sin embargo, los tule no pueden estar
tranquilos. Otro miembro de esta
comunidad, el enfermero Olotinalikinia
(«El tiburón de oro que
vive en el agua adherido a la
Naturaleza»), a quien en la vida
privada llaman Olo y en la
pública Iván
Meléndez, señala que ya
existe el tuleñol. Sobre todo
entre los niños y los
jóvenes. Este integrante del
consejo directivo de la
Organización Indígena de
Antioquia, OIA, dice, por ejemplo:
«los niños tule no aprenden
en la escuela a contar en lengua tule
sino en español».
En este punto entra a terciar
Guzmán Cáizamo, un
integrante de la OIA encargado de la
educación. Señala que a
muchos padres de familia no les gusta
mandar a los niños a la escuela
étnica, a la de la comunidad,
donde enseñan la propia cultura y
la lengua, sino a la escuela
convencional, la de la comunidad
dominante, que no les fortalece su
identidad. «Esos padres creen que
estudiar la propia lengua es un atraso y
que estudiar español y
matemáticas es civilizado»,
dice Guzmán, con lo cual deja ver
que el colonialismo todavía es
muy fuerte.
El caso sin remedio en Antioquia es el
de los indígenas Senúes.
Hay algunos en Urabá, aunque
habitan mayoritariamente en los
departamentos de Córdoba y Sucre.
Hace tiempos que no quedan hablantes.
«Fuimos a Europa y buscamos una
gramática de esa lengua
—comenta Abadio Green— y no
la hay». Apenas queda algo de la
toponimia: Mompox, Sotavento,
Chinú, Sinú, entre otras
palabras.
Cuatro moribundas, tres
vitales
Nonuya:
Mi mamá: jo'juño
Noche: ni'd'u'u
Agua: un'uvi
Sol: miña
Carijona:
Hijo: muchu
Mujer: nocha
Mi corazón: yeremorü
Mentira: wano
Totoró:
Soñador: piaktipik
Bonito: maitik
Buscaflores: olapik
Quién anda por el camino: maiju
Embera chamí:
Bello: miapitakidí
Cómo está usted:
sakakidí
Emberá dobidá (de
río):
Hola: mera
Sol: umandau
Luna: jedeko
Agua: bania
Mamá: papa
Tule o Kuna:
Sol: T atkua
Luna: Ni
Agua: ti
Río: tigual
Quebrada: tian
Semana: itogüense
Palenquera:
Sol: Só
Mamá: máe
Agua : agua
Rebelión: botrokolo
Tambor: kitakanatule
Asociación Cultural Antonio de Nebrija - © 1996-2008 - Derechos Reservados / Editor: Ricardo Soca