10/03/2010

¿Español o castellano?
¿Cómo se llama nuestra
lengua?

Ramón Ribes, Diario de Córdoba

Hace algunos meses, estando en la cola de la oficina de Correos de Santa Rosa, pregunté al funcionario el motivo del retraso que se estaba acumulando. El buen señor me contestó que el problema era que estaba tratando de enviar un paquete a San Sebastián y que esta ciudad no aparecía en su listado. Le propuse que buscase Donosti y se pudo solucionar el problema volviendo la cola a su ritmo normal. En el listado de marras aparecía «Donosti/San Sebastián», «Iruña/Pamplona», «Gasteiz/Vitoria», «Lleida/Lérida», «A Coruña/La Coruña», etc., porque en un alarde de corrección política autonómica alguien había dado prioridad a los nombres de estas ciudades en sus respectivas lenguas vernáculas autonómicas.

Creo que la anécdota refleja lo surrealista de la situación e imagino a miles de funcionarios españoles apuntando los equivalentes en gallego, catalán y vascuence de cientos de ciudades y pueblos porque al que hizo la lista no se le ocurrió pensar que hubiera sido más operativo escribir primero su nombre en español y después su nombre en el resto de lenguas oficiales del Estado.

Vaya por delante el mayor de los respetos por el catalán, el gallego y el vascuence y mi más firme apoyo a su enseñanza y difusión en sus respectivas comunidades autónomas. Pero ese grado máximo de respeto es el que creo que debe exigirse para el español. El español no puede, bajo ningún concepto, ser un idioma perseguido en parte alguna del territorio nacional.

Uno de los elementos vertebradores de un país es tener un idioma común. Estados Unidos es un país entre otras cosas porque sus habitantes hablan el mismo idioma. Unos hipotéticos Estados Unidos de Europa son impensables por la multiplicidad de idiomas del viejo continente.



¿Por qué fuera de España se le llama a nuestra lengua «español» mientras que en nuestro país está mejor visto, sobre todo en determinadas comunidades autónomas, decir «castellano»?

Aunque la Real Academia de la Lengua los considera sinónimos, muestra preferencia por el término «español» frente al vocablo «castellano».

El «Spanish», con mayúsculas, es como se denomina en inglés a la lengua de los españoles y los hispanoamericanos. El término «Castillian», es virtualmente inexistente para referirse a nuestro idioma y cuando se utiliza ha de acompañarse de «español» —Castillian Spanish— para que se entienda referido a un idioma y no al habitante de Castilla.

Me resisto a pensar que el idioma en el que se habla en Ubrique, en Puerto del Rosario, en Melilla, en Gijón, en Calatayud o en Cieza por ejemplo sea el castellano. No hay ninguna duda de que los habitantes de las localidades antes mencionadas hablan diferentes variantes del español. El término «castellano» debería ser reservado para denominar la variante del español hablada en Castilla- León y en Castilla La Mancha.

Denominar «castellano» a una lengua, el español, de 500 millones de hablantes, en un vano intento de ponerla, dentro de nuestro territorio, en plano de igualdad con el gallego, el catalán o el vascuence es, como mínimo, una inexactitud porque no todos los españoles somos castellanos.

Utilizar traducción simultánea para las cuatro lenguas oficiales del Estado en el Senado me parece demasiado. Ver a políticos que en la cafetería del Senado suelen departir informalmente en español escuchándose el uno al otro con la ayuda de la traducción no es de recibo.

La normalización lingüística ha supuesto, entre otras cosas, una barrera de entrada en tres comunidades autónomas para el resto de ciudadanos españoles y para ciudadanos procedentes de otros países. Los profesionales españoles que no quieren que sus hijos sean educados en otra lengua distinta del español --y el inglés como segunda lengua-- no suelen aceptar ofertas en estas comunidades autónomas. Muchos profesionales extranjeros de alta cualificación al conocer que uno de los activos fundamentales de venir a trabajar a España, aprender español, está en entredicho, declinan la oferta laboral. Muchos amigos españoles y extranjeros han rechazado ofertas laborales, por lo demás, muy interesantes en Galicia, Cataluña y País Vasco fundamentalmente por la imposición de sus lenguas cooficiales en la educación de sus hijos.

Los idiomas, en definitiva, deben ser elementos integradores y, en ningún caso, suponer barreras de entrada y fuentes de conflictos entre los habitantes de un determinado territorio.

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