25/01/2010
Antón Castro, El
Heraldo de Soria
¿Con qué ánimo
recibió la noticia de que
José Antonio Pascual, Luis Mateo
Díez y Carmen Iglesias la
proponían para ingresar en la
Real Academia Española?
— Me quedé muy sorprendida.
Luis Mateo me llamó un jueves y
creí que me iba a comentar algo
sobre un premio literario del que los
dos hemos sido jurado. No puedo recordar
muy bien qué le dije.
¿Había soñado o
anhelado esta posibilidad?
— La verdad es que no se me
había ocurrido en serio, cuando
alguien me lo comentaba no lo
consideraba mucho. Siempre me he dicho
que cuando este tipo de cosas
sobrevienen, pues estupendo, pero es
mejor no darles muchas vueltas.
Conociendo su ánimo sosegado,
su inclinación hacia la vida
oculta, ¿padece ansiedad o
está como quien se enfrenta a un
examen?
— Por fortuna, es un proceso que
tiene un buen ritmo. Me lo comunicaron
antes de las navidades y ya se sabe que
este período te ofrece muchos
motivos de ocupación. El jueves
se sabe: todo está sucediendo
deprisa. Pero no estoy segura de que mi
ánimo sea tan sosegado como dice.
Llevo este asunto con cierta
tranquilidad, porque, si entro a formar
parte de la Academia, me parecerá
magnífico, y, si no consigo el
número de votos necesario, pues
sigo como estoy.
¿Ha significado algo especial
para usted la Institución, que
dirigieron paisanos como Laín
Entralgo, Manuel Alvar, Lázaro
Carreter?
— Seguramente, la Academia es para
mí lo que es para todo el mundo,
la institución que se ocupa de la
lengua. Produce un gran respeto. De las
personas que cita tuve oportunidad de
conocer a las dos últimas,
tenían un trato muy llano y
agradable, resultaban muy cercanas.
Pensemos lo mejor, ¿sobre
qué versará su discurso de
ingreso?
— Creo que hablaría del
Quijote, de ciertos personajes
secundarios. Me buscaría una
buena compañía para ese
momento, la mejor.
¿Recuerda cómo era su
primer diccionario?
— Recuerdo, naturalmente, los
diccionarios, tan usados, tan gastados,
de mis tiempos escolares. La
sensación que daba ese tomo
grueso de tapas duras era de ayuda, el
diccionario era algo que te sacaba de
apuros, que te aclaraba las cosas.
En aquellos días de joven
escritora, ¿quién guiaba
sus pasos?
— En los años escolares
leía mucha poesía. Los
romances, las coplas, Garcilaso,
Bécquer, la generación del
27, Cernuda, Juan Ramón
Jiménez. He tenido muy buenas
profesoras de literatura, algunas de
ellas monjas, otras, profesoras
contratadas. Por otra parte, creo que ha
sido Baroja -adquirí poco a poco
sus obras completas en Biblioteca Nueva-
el escritor que me empujó
más en los primeros momentos. Me
sedujo su naturalidad, esa
sensación de que se movía
a sus anchas por sus narraciones.
Siempre se define como una escritora
de escenarios, de miradas, de
atmósferas, y esa
concepción está vinculada
a Zaragoza...
La vida te va aportando sensaciones
nuevas y todas van dejando su huella en
lo que eres y en lo que escribes, pero,
sin duda alguna, los primeros escenarios
de Zaragoza, donde se produjeron las
primeras sensaciones, se guardan en un
lugar especial de la memoria.
¿Cuál ha sido su
relación con las palabras?
Las palabras son mi instrumento.
Están allí, a
disposición de todo el mundo,
pero cuando las usas tú son
tuyas, puedes darles el tono que
quieras. Lo importante, antes de nada,
es saber qué tono quieres darles.
Porque además las palabras a
veces se separan de ti, van por su
cuenta, te traicionan. Tienes que estar
preguntándote todo el rato si
ellas te han entendido, si te expresan,
si dicen lo que querías decir. Es
un diálogo continuo. La palabra,
cuando logra la expresión exacta,
es maravillosa, pero cuando yerra te
causa estupor y rechazo.
¿Cómo define el
castellano, qué le apasiona de
él?
Es mi lengua materna, eso es lo que la
hace querida para mí. No es mejor
ni peor que las demás, pero es la
mía. De su mano me
aventuré en la vida por primera
vez, y lo sigo haciendo cada día.
Puede que la riqueza de las
conjugaciones verbales sea lo que
más me llame la atención,
¡cuántos matices para la
acción del verbo! A lo mejor es
que el castellano se asombra
infinitamente ante la acción.
En sus novelas, en sus relatos, en
sus ensayos, ¿cuál ha sido
su preocupación respecto al
idioma?
Presto mucha atención a la
musicalidad. En cada una de mis
narraciones busco una música, es
eso lo que me dice que el relato va por
buen o mal camino. Tiene que sonar a
verdad, y cada verdad tiene su propio
ritmo. No tengo por costumbre releer mis
libros, pero, si por alguna razón
lo hago, lo primero que capto es ese
ritmo, esa música. Eso me produce
un gran alivio, recuerdo los
planteamientos y los retos que hay en
cada novela...
Hace cuarenta años, fue
candidata a la RAE María Moliner,
zaragozana como usted.
¿Qué opinión le
merecen su labor y su Diccionario de uso
del español?
La labor de María Moliner no
tiene parangón. Es
increíble que se planteara hacer
lo que hizo y que tuviera paciencia y
energía para llevarlo a cabo. Me
parece que todos los escritores tenemos
cerca de nuestras mesas su diccionario.
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