31/10/2009
Olga Bernard: "El lenguaje es el sustituto
más potente de lo real"
"Escribo casi siempre a
mano y en distintas cafeterías", dice
Olga Bernard (Zaragoza, 1969), que
empezó publicando en Internet y atrajo
al editor sevillano de la Fundación
Ecoem con 'Caricias perplejas', un libro
que está suscitando unánimes
elogios
¿De dónde sale la escritora
Olga Bernard? ¿Cuál es su
prehistoria?
Yo llevo escribiendo casi desde que
tengo memoria. A los ocho años (quizá ya
intuyendo que los temas son cuatro:
sota, caballo, rey y otro que no sabemos
concretar) comencé una historia de mi
vida. Acabé pronto, pero la intención
estaba ahí. La lectura y la escritura
fueron siempre una auténtica pasión para
mí.
¿Cómo nació este libro,
'Caricias perplejas', cuál es su origen?
A los treinta y ocho años me di cuenta
de que nunca me había dado permiso para
la poesía por miedo y prejuicios. Me
encontré por sorpresa ante un serio
problema de salud y supe que me
arrepentía de no haberme dado esa íntima
libertad de hacer exactamente lo que
quería, aquello para lo que crees que
sirves. Quería algo que solo podía venir
a través de la poesía.
¿Por qué ese título: 'Caricias
perplejas'?
Forma parte de un verso de uno de mis
primeros poemas. Empecé escribiendo
sobre la belleza, qué menos, ya que
había tardado tanto. Simplemente me
gustó y fue el nombre que le di a mi
blog. Define bien mi poesía. Creo que en
una época tan poco inocente como la
nuestra, estamos inmunizados contra el
asombro. La única bofetada eficaz para
mantener la perplejidad por un momento
tal vez sea la de la belleza. En esos
pocos segundos de perplejidad se
mantiene viva una cierta inocencia, una
limpieza que ya no es del todo nuestra,
y ese es un buen territorio para la
poesía.
Arranca con una cita de Luis Cernuda.
¿Es un aviso a navegantes, a
propósito de gustos o influjos?
Admiro a Cernuda, pero también a otros
muchos. Soy una apasionada del Siglo de
Oro, de algunos románticos, de muchos de
la nómina oficial -y no tan oficial- del
veintisiete. Pero también de los Panero
(me gustan todos, hasta la madre), de
ciertos poemas de Pere Gimferrer, de Gil
de Biedma, de César Vallejo, de Miguel
Labordeta, de Julio Martínez Mesanza, de
todos, mezclados con Auden, Keats y
Yeats, Catulo, Safo y Arquíloco.
Dice al final que 'Caricias
perplejas' puede "leerse como la crónica
de un asombro" y también lo define como
una historia de amor. ¿En qué
medida lo es y cómo debe leerse?
Es una historia de amor ficticia, lo que
no quiere decir que no sea cierta, una
autoficción donde el tú es una mezcla de
cosas, un tú tradicional y perfecto: la
figura del amado. Ese tú perfecto como
interlocutor poético es imposible de
encontrar en la realidad. Tal vez es
cada lector, al que solo puedo dirigirme
a través del lenguaje amoroso. En
cualquier caso, la literatura es
construcción y, cada poema, un acto de
nuestra inteligencia. Debe leerse como
cualquier otro poemario: con la
incredulidad suspendida, y dispuestos
más a sentir que a juzgar.
¿Cuál es el tema del libro: el
sueño, la fugacidad de la vida, la
exaltación de la pasión, el erotismo más
o menos aplazado?
Todos están en algún momento. En esa
especie de trozo de camino compartido,
el libro funciona como una novela río, y
arrastra con él la amistad (en 'Los
niños perdidos'), la indefensión ('Sin
ángel de la guarda en esta noche'), lo
perdido ('Pequeña para siempre'), los
dolores de cabeza ('Pájaros crueles'),
un intento de poética ('La dureza') y
algún arrebato incendiario, de índole
más sensual que destructiva
('Miliciana'). Pero el hilo sigue, del
"todo" -primera palabra del libro- hacia
la "nada" -palabra con la que
termina.
El libro tiene un carácter metafórico y
simbólico, casi visionario, y a la vez
es un libro sereno.
Uso todo lo que hay: metáforas, símbolos
e intuiciones. Serenidad es una palabra
que muchos de mis lectores me repiten.
Es una sensación que me acompañaba al
escribir, junto con la pasión.
¿Cuál es su relación con el
lenguaje?
Mi idioma es mi riqueza: lo respeto, lo
cuido, lo disfruto, y me peleo con él,
aunque esas peleas no las muestro nunca
en los poemas. El lenguaje es el
sustituto de la realidad más potente que
hay.