Viernes, 17 de noviembre de 2017

La Real Academia Española: ¿una necesidad o una necedad?

 

Por Andre Moskowitz

 

Hay quienes defienden a la Real Academia Española (RAE) y a su hija, la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), afirmando que no sólo es conveniente sino imprescindible contar con esta autoridad lingüística porque sería peligroso y contraproducente para el futuro de la lengua que existieran diferentes normas, y que si cada cual escribiera como le diera la real gana, como se le pegara la regalada gana, o como le roncara, sería como volver al feudalismo. Pero, a pesar de estar bien difundida esta noción, o más bien, precisamente por estarlo, aquí voy a esgrimir varios argumentos, tanto endógenos como exógenos, que la pondrán en tela de juicio.
Al considerar la cuestión de si la RAE es necesaria o superflua, nos centraremos específicamente en temas ortográficos. ¿Por qué la ortografía y no el léxico o la gramática? Primero, porque muchas de las deficiencias de los diccionarios académicos ya han sido ampliamente expuestas, especialmente las del Diccionario panhispánico de dudas o DPD (RAE 2005) ydel Diccionario de la Real Academia Española o DRAE (llamado ahora, en su vigésima tercera o vigesimotercera edición, la del 2014, el Diccionario de la lengua española o DLE). Segundo, porque la sintaxis del español culto apenas varía dialectalmente y porque relativamente pocas personas leen la Nueva gramática de la lengua española (RAE 2009), un armatroste, armastrote, armatoste, armatostre o mamotreto que consta de 4000 páginas. Y, tercero, porque no quiero que este ensayo sea muy extenso.
La RAE nunca ha sido capaz de imponernos el léxico que hemos de usar ni tampoco los significados que les atribuimos a las palabras que empleamos —son demasiado variados y rebeldes como para que alguien los sujete— y apenas tiene caso intentar imponernos la sintaxis del lenguaje culto y formal, porque sobre ella ya estamos todos fundamentalmente de acuerdo. Pero donde la Academia se ha obstinado en fijar un límite, en pintar su raya (como dicen en México), es con la ortografía: la RAE siempre ha considerado que su manera de escribir las palabras en determinado momento es la única correcta y aceptable y nunca ha tolerado desacato alguno, aun cuando, de la noche a la mañana, cambia su norma ortográfica desdiciendo la anterior. Así, sólo (‘solamente’) fue durante siglos la grafía “correcta”, pero a partir del DPD (RAE 2005), y luego reafirmada con la Ortografía (RAE 2010), la Academia la tildó de “incorrecta” y sólo quiso aceptar solo. Después, con la publicación del DLE, se amilanaron y se retractaron un poco, pero sin dar su brazo a torcer completamente, indicando que “Cuando hay riesgo de ambigüedad con el adj. solo, puede escribirse sólo” (RAE 2014: 2034).
La RAE insiste, además, en que haya una estricta concordancia entre grafía y pronunciación y, en caso de ser imposible tal correspondencia, porfían en que la palabra se escriba en bastardilla. Por consiguiente, suelen rechazar o desaconsejar palabras como whisky, gin, jeans, marketing, smoking y diesel, y aceptar o preferir güisqui, ginebra, tejanos/vaqueros, mercadotecnia, esmoquin y diésel. Con respecto a este último vocablo, cabe notar que los académicos incluso tienen el descaro, la concha, de insistir en que sólo usemos la grafía con tilde del combustible, diésel, aun en el caso de aquellos que lo pronunciamos dísel y lo escribimos diesel. No está claro si han tomado esta postura porque quieren imponer su variante, la minoritaria, y aplastar la otra, la mayoritaria, o porque viviendo allá arriba en su torre de marfil ignoran la existencia de la forma mayoritaria, diesel. Pero cualquiera que sea el motivo, sea por prepotencia o por ignorancia, su proceder es netamente vergonzoso dado que desmiente y desacata el uso de centenares de millones de hispanohablantes que ni decimos ni escribimos diésel. ¿Qué quieren que hagamos? ¿Que nos “rectifiquemos”? Al parecer simplemente quieren que nos freguemos, nos amolemos o nos jorobemos. En todo caso, se supone que lexicógrafo que se ufana o se duerme se lo lleva la corriente, pero se sospecha que estos camarones académicos seguirán haciendo estas marrufias,muy campantes, por otros 300 años más, a menos que les llamemos la atención, les exijamos un mejor trato y reclamemos un rendimiento de mayor calidad en sus obras de consulta.

Son muchísimas personas hispanohablantes cultas a quienes les importa un comino, un cacahuate, un cinco, un corno o un pito que a veces falte dicha bendita concordancia entre grafía y pronunciación y no sienten necesidad alguna de escribir siempre en letra cursiva palabras como las siguientes:

  • ballet. La propuesta de la RAE de fomentar el uso de la grafía balé fue un fracaso total. ¡Qué paliza —qué vergueada— se llevaron ahí los académicos!
  • blazer. Si los académicos creen que toda la gente culta lo va a escribir bléiser están delirando.
  • boom. ¿Acaso vamos a escribirla bum o bun? ¡Qué va!
  • boutique. Casi todo el mundo sabe que esta palabra se pronuncia como si se escribiera butíc.
  • brandy. Si con tal de no tomar o beber una botella de brandy los académicos se empeñan en emborracharse con brandi o coñac es asunto suyo.
  • cabaret y carnet. ¿Quién dijo que hay que escribirlas cabaré y carné? ¿Los de la RAE? Well, to heck with them! If I’m going to use a gallicism, I want it to look and taste like one! It should be clean, clear, natural, organic and algae fed. Why should I have to use genetically modified gallicisms like cabaré, carné, balé, buqué, duvé and Chevrolé? Because some curmudgeons in Madrid and their Latin American lackeys say so? What’s the point? What if what I want in these cases is the real McCoy? What if I’m not in the market for some cheap knock-off like balé that anyone who’s ever gone to the ballet (and maybe plenty who haven’t) knows full well is a phony? Whatever happened to “Tradition, tradition!” as Zero Mostel would say? Y si de veras se quiere que viva la tradición, esto exige el uso de ballet y cabaret, no de *balé y *cabaré.(El lector quizás se pregunte por qué me he pasado al inglés en este apartado y la respuesta es sencilla: a la postre me dio por expresar algo en mi lengua materna, aunque fuera una sola cosita).
  • collage y cottage. ¿Colaje y cotaje? No, por favor, obligarnos a esto sería un castigo cruel y poco usual.
  • cookie. Que la RAE se atreva nomás a proponer galleta para el uso informático, a ver cómo le va.
  • cover (‘suma que hay que pagar para entrar a un cabaret, discoteca, club, restaurante, etc., aparte de lo que se cobra por la comida o la bebida’; se pronuncia como si se escribiera cóver).
  • elite. La grafía élite está bien para los que la pronuncian [E-li-te], perfecto, pero… ¿aun a los que la pronuncian con dos sílabas en vez de tres, [e-LIT], les vamos a exigir que la escriban élite? ¡Qué absurdo!
  • fan. Si todo el mundo dice fans y pins, ¿por qué tratar de obligarnos a escribir fanes y pines? ¡Estas formas en plural terminadas en -es son un invento académico y los académicos lo saben! ¿A quién engañan? ¿Quién dijo que el hecho de que se diga flanes y crines significa que es necesario decir fanes y pines? ¡Pura paja!
  • film. La forma preferida por la Academia, filme, apenas ha pegado. Dejemos que película y film convivan en paz sin que nos compliquemos la vida.
  • flash. Flas ha tenido tan poco éxito como balé.
  • jacuzzi. Difícilmente yacusi, bañera de hidromasaje, bañadera de hidromasaje o tina de hidromasaje le quitarán el puesto a jacuzzi. No friegue.
  • jumper. El DPD aconseja “adaptar siempre la grafía a la pronunciación”, y como ejemplo pone y afirma que “quien pronuncie [jerséi] escriba jersey, quien pronuncie [yérsei] escriba yérsey y quien pronuncie [yérsi] escriba yersi”, pero hasta la fecha la corporación no se ha atrevido a recomendar que quien pronuncie [JUM-per] escriba júmper, quien pronuncie [YAM-per] escriba yámper, y quien pronuncie [YOM-per] escriba yómper. Quizás en un futuro no lejano a la RAE se le ocurra salir con esta joya y nos diga que de ahora en adelante así debe ser, o, quién sabe, a lo mejor opta por no convertirse en el hazmerreír de las que usan jumper.
  • kung fu. No, momentito, muchas personas cultas la escriben sin guión. La Docta Casa insiste en que se escriba kung-fu, pero, total, a cada vez más personas les vale lo que piense y pontifique la RAE. De insistir en una grafía fonética o castellanizada también podríamos escribirla kunfú.
  • lager (‘tipo de cerveza’, se pronuncia como si se escribiera láguer).
  • mail. Aunque pertenecen a diferentes registros, las palabras mail, email, y (mensaje de) correo electrónico conviven; emilio y correl, propuestas por algunos, al parecer ya murieron, si es que de veras habían nacido. Sospecho que estas últimas dos voces eran, en términos relativos, más bien inventos o fantasías de apenas unos cuantos.
  • mall o shopping (‘centro comercial’). Parece que en algunas partes también le llaman shopping center. Como gringo que soy, me hago bolas con todo esto porque para mí un shopping center no es lo mismo que un shopping mall.
  • manicure. Sí, también manicura, pero los que usan esta forma en vez de aquella son una minoría de los 500 millones.
  • mouse. Ver a continuación.
  • nylon. Quien crea que toda persona instruida escribe nailon o nilón se equivoca.
  • paparazzi. Es prácticamente el mismo caso de jacuzzi, ver arriba.
  • ping-pong. La existencia de las formas pimpón y tenis de mesa no han erradicado ping-pong y difícilmente la eliminarán.
  • ring. Esta grafía es válida tanto para el sonido como para el cuadrilátero, mal que a los académicos les pese. También existen otras voces onomatopéyicas similares como cling, clong y clang. ¿Acaso las vamos a obligar a convertirse en clines, clones y clanes? No, ¿cómo van a creer? No conviene.
  • rock. La RAE propone rocanrol, la gente de a pie sigue usando rock (pero es lógico que la grafía del derivado roquero se haya castellanizado).
  • sexy. Aunque quizás no quieran admitirlo, hasta los académicos se dan cabal cuenta de que sexy es más sexy que sexi.
  • shock. Es chocante que el DPD afirme que la “existencia de la voz española choque hace innecesario el uso del anglicismo shock” dado que choque no siempre capta la idea de shock, ni corrientazo tampoco.
  • show. La definición del DPD en donde esta voz se tilda de “anglicismo innecesario” es todo un show. ¿Por qué la riqueza de nuestra lengua se ve amenazada si al acervo de las palabras espectáculo, función, gala y exhibición, etc. se le agrega show? No entiendo. ¡Que convivan y las usemos todas! Así la riqueza y el repertorio incrementan, no disminuyen.
  • spray. ¿Atomizador, pulverizador, rociador? Si estas palabras alguna vez tuvieron de verdad pegue, han sido completamente “pulverizadas” por spray. También sabemos que aerosol, palabra propuesta por la RAE para evitar el anglicismo, no es lo mismo dado que hay muchos sprays que no son aerosoles y el aerosol es una clase específica de spray. En algunas variedades del idioma se usa también la voz chisguete en el sentido de spray. Podemos mortificarnos, contorsionarnos y ponernos de cabeza a fin de evitar el anglicismo en cuestión, pero… ¿para qué? ¡Dejémonos de tonterías! Ya a estas alturas la mera palabra es spray (aunque se pronuncie [es-PRAY]).
  • tablet. Se pronuncia [TA-blet]. El DLE no consigna tablet, pero sí incluye la siguiente acepción de tableta: “4. Dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones”. Parece que los académicos quieren tapar el sol con un dedo, pues para muchos hispanohablantes esto se llama tablet: Voy a regalarle una tablet a mi hijo, para su cumpleaños. En fin, el uso se impone y no creo que vaya a triunfar tableta. La tableta suena a pastilla que uno tiene que tomar. Como que no suena bien decir: Voy a regalarle una tableta a mi hijo, para su cumpleaños. (¡Qué clase de regalo! ¡una pastilla!).
  • telemarketing. ¿Si se llamara mercadotecnia telefónica acaso nos cabrearía, calentaría, encabronaría encachimbaría o encojonaría menos?
  • whisky. Ver a continuación.
  • ying-yang. A la forma yinyan como que le falta sazón. ¿De veras queremos quitarle las g a ying-yang y, de paso, despojarlo de su exotismo? ¡No, no lo creo!

¿Por qué los hispanohablantes porfían en escribir este tipo de voces en letra normal a pesar de las censuras y condenas ardientes y vehementes de la RAE? No le hacen caso porque no las consideran palabras “extranjeras”, sino parte integral del lenguaje, o de su lenguaje, lo que viene a ser lo mismo. Si para los académicos las palabras anteriores son odiosos extranjerismos crudos y no adaptados (al grito de «¡no son español, carajo!»), allá ellos, porque quienes los emplean, suelen usarlos sin ningún remordimiento ni tampoco ningún afán de “adaptarlos”. ¿Para qué —pensarán— si ya son parte de la lengua? Más vale que los miembros de la Academia se acostumbren a semejante “conducta impropia” porque no parece que vaya a desaparecer.

 También cabe preguntar por qué es necesario separar y señalar a las palabras que lucen o actúan de manera diferente, que no se portan exactamente como el dios castellano supuestamente manda. ¿Para ayudar a los hispanohablantes a pronunciarlas? No, no es eso, porque ya todo el mundo sabe cómo pronunciar flash, mouse y marketing y los que se hacen el manicure saben muy bien que esta voz se pronuncia con tres sílabas, como si se escribiera maniquiur. De todos modos, escribir este tipo de voces en letra itálica tampoco nos ayuda a decirlas correctamente. ¿Por qué las palabras —al igual que las personas— no pueden convivir en paz, sea cual fuere su origen, aspecto, raza, etnia, religión y orientación o identidad sexual? ¿Por qué tanto temor a lo foráneo, por qué tanto afán por marcar la otredad? Al fin y al cabo, todos somos personas y todas son palabras. Me doy cuenta de que sería ingenuo afirmar que todas las voces han sido creadas iguales, pero por lo menos no deberíamos dividirlas en dos categorías: las “castizas” y “autóctonas”, por un lado, y las ajenas e indocumentadas, por otro, porque la verdad es que los idiomas, al igual que nosotros, son inherentemente mestizos e híbridos y no tiene caso hacer distinciones de este tipo. El español no es un idioma 100% fonético por más que a los académicos les gustaría que así fuera, y no es posible deportar a todos los extranjeros y extranjerismos que se niegan a usar ropa criolla; lo queramos o no, forman parte de nuestro paisaje desde hace siglos.
Mirando hacia adentro, es decir, dentro del español, vemos que aun teniendo a la RAE al mando, hay mucha variación y normas diferentes y la misma Academia ha renunciado a la idea de imponer, en todos los aspectos, una norma única, siendo la de Castilla y la parte norte-central de España la que siempre había pretendido imponernos. Por otra parte, la variación que existe a veces es arbitraria, abigarrada y caótica —algunos escriben y dicen remolacha, y otros betabel, betarraga, beterraga o veteraba— y en otros casos es más sencilla, ordenada y acatadora de pautas: por ejemplo, el que algunos escriban whisky y otros güisqui, algunos gin and tonic y otros yin y tónic, y hasta puede haber por ahí personas que salgan con la puntada de llamarlo ginebra y tónica… ¡cosa que a la RAE probablemente le encantaría si no fuera tan tirada o jalada de los pelos! Tampoco es probable que, sin la existencia de la RAE, nuestra lengua degenere en dialectos completamente incomprensibles entre ellos, ni es cierto que con la RAE los países compartan una misma norma. Antes bien, son 20 normas nacionales, algunas bastante divergentes frente a otras. 
Si miramos hacia afuera, porque también conviene tomar nota de lo que sucede en otras lenguas y no enfrascarnos únicamente en la castellana, vemos que en portugués e inglés tampoco hay una sola manera de escribir las palabras: algunos hablantes de aquel escriben ação, contato y ótimo,y otros acção, contacto y óptimo; de modo similar, algunos angloparlantes escriben honour, analyse, centre y cheque, y otros honor, analyze, center y check. A veces este tipo de variaciones gráficas existe porque las palabras se pronuncian de distinta manera en las diferentes variedades del respectivo idioma, y a veces no responde a distintas pronunciaciones sino a tradiciones diversas. Surjan las variaciones en inglés y portugués por los motivos que sean, lo cierto es que en estas dos lenguas internacionales no hay una sola norma y la ausencia de academias que las rijan no ha resultado en situaciones de caos. Muy al contrario. Al igual que nosotros, los de habla portuguesa e inglesa tienen su diversidad dentro de la unidad, pero sin que les haga falta ninguna bendita academia.
Se ha dicho que las comparaciones son odiosas, pero a veces son igualmente ineluctables. Al contemplar los países donde se hablan las tres lenguas en cuestión, se observa una importante diferencia psicológica entre naciones como Brasil, Australia y Estados Unidos, por un lado, y Cuba, Colombia y Perú, por otro: a las personas de aquel grupo de países jamás se les ocurriría aceptar que su ex amo colonial —perdón, ¿ahora debo escribir examo?— les dictara sus prácticas y usos lingüísticos. Y no lo tolerarían independientemente de que el mandato viniera directamente de una “real academia” del antiguo poder colonial, o bajo capa de una “asociación de academias” armada para encubrir la verdadera situación asimétrica, a fin de hacer de cuenta, por medio de una supuesta cámara de representantes, que existe democracia en vez de dictadura. En este aspecto fundamental, la mayoría de los países hispanoamericanos, al faltar a su deber de elaborar sus propios diccionarios integrales, ortografías, gramáticas, guías de estilo, etc., reconocen tácitamente la hegemonía de la RAE y, a los casi 200 años de su independencia geopolítica, no han logrado establecer su independencia lingüística.
Considerando ahora un par de ejemplos concretos en español, vemos que la tradición en Hispanoamérica es escribir/decir mouse y whisky, mientras que la tendencia en España —una quizás un tanto forzada y moldeada por la RAE— es escribir ratón y güisqui (esta última tal vez no tanto). Las formas “castizas” o “fonéticas” no sólo resultan raras a la mayoría de los hispanoamericanos (y también a algunos españoles), sino, además, algo cómicas. ¿Decirle ratón al mouse? ¿Escribir whisky con , güisqui? Está bien que así lo digan o lo escriban los españoles, desde luego ellos (y todos) tienen un derecho inalienable de hacerlo, pero ¿cómo se le ocurrió a la RAE intentar imponer a los americanos las formas peninsulares con entradas malolientes como las siguientes del DPD?
ratón. Calco semántico del término inglés mouse, que se usa, en informática, para designar el pequeño dispositivo mediante el cual se maneja el cursor de la pantalla de la computadora u ordenador: «Basta con tocar una tecla o, mejor aún, mover el ratón, para que el ordenador vuelva a su situación de trabajo» (Mundo [Esp.] 26.1.97). La existencia de este calco hace innecesario el uso en español del término inglés.
güisqui. Adaptación gráfica de la voz inglesa whisky (o whiskey, en su denominación irlandesa y americana), ‘licor obtenido por destilación de ciertos cereales fermentados’: «Encendió un cigarrillo mientras esperaba un café y un segundo güisqui» (Rossetti Alevosías [Esp. 1991]). […] Aunque sigue siendo mayoritario el uso del extranjerismo crudo —que debe escribirse siempre con resalte tipográfico—, la adaptación güisqui ha ganado terreno y resulta preferible, pues permite evitar los errores frecuentes que se cometen al intentar reproducir la grafía inglesa. 
¿Preferible la adaptación güisqui? Para los que estamos acostumbrados a escribirla con w, la grafía con g de preferible no tiene nada. ¿Innecesario el término mouse? Lo que sobra aquí es una entidad que pretende indicarnos cómo debemos expresarnos. ¡Innecesaria será la RAE! ¡Que nos ahorre sus consejos, su pedantería y sus pretensiones de superioridad moral y de supuesta lógica lingüística! Para la gran mayoría de los hispanohablantes el mouse es el aparatito y el ratón, el animalito. Bien puede ser que ambos compartan aspectos de forma o apariencia, pero para los hispanoamericanos siguen siendo dos cosas bien distintas, e intentar imponer el uso de ratón (‘mouse’) no va a lograr ni que las dos se confundan ni que el anglicismo quede desterrado. A los académicos que así lo piensan se les zafó un tornillo o se les corrió una teja. La grafía güisqui no parece haber ganado mucho terreno y, fuera de España, casi ningún terreno; y si alguno ganó se debe sin duda a la campaña para imponerla realizada por la RAE y no a causas naturales de evolución lingüística. 
También molesta sobremanera que en las dos entradas citadas anteriormente las únicas oraciones que se presentan, «Basta con […] mover el ratón» y «[…] mientras esperaba […] un segundo güisqui», sean, en ambos casos, de fuentes peninsulares y de aquellos ejemplos que respalden la preferencia académica por ratón y güisqui. Así, en vez de ser honestos y plantearnos una visión equilibrada de los temas, los académicos recurren a la alevosía al intentar callar y enterrar los millones de ejemplos de mouse y whisky que son tan legítimos y dignos de tener en cuenta como los con ratón y güisqui de Mundo y Alevosías de Rossetti, respectivamente. ¡Qué manera de tergiversar los hechos y desvirtuar la realidad! Con esto los de la Docta Casa demuestran que son capaces de valerse de cualquier ardid a fin de promover su campaña lingüística, pisoteando y ninguneando a los usos lingüísticos de quienes sean. El intento de engaño es vergonzoso, pero más penoso aún es que en lugar de aventarle o zumbarle tomatazos podridos a la Academia por este sainete chapurreado y mal montado, la gente le haya prodigado laureles y vítores aclamándola como si fuese el mismo Salvador. ¡Cómo duele!
Al igual que ocurre en nuestro idioma, en las otras lenguas policéntricas (como francés, inglés, alemán, etc.) los hablantes que son parte de una misma comunidad lingüística suelen entenderse a la perfección y, los que no, a menudo tienen que esforzarse por aprender el otro código, lograr comprenderlo y hacerse entender. Imaginarse que tal esfuerzo no es necesario, o que una academia —o “asociación” de ellas— puede lograr la unidad lingüística a nivel panhispánico (“diversidad dentro de la unidad”), aunque esta sea sólo superficial, y creer que dicha organización es imprescindible para mantenerla es un espejismo, una ilusión óptica, una quimera, que ya a estas alturas a nadie debería engañar. ¿Acaso —o a poco— hemos olvidado en qué siglo estamos? Aunque Andrés Bello y Rufino José Cuervo quizás lo hayan creído en el xix no significa que tengamos que seguir tragándonos el cuento ahora en el xxi. ¡Desechemos esa superchería, esa rémora, y deshagámonos de ella de una buena vez!
Parte del problema estriba en que los caballeros andantes de la Docta Casa y de sus sucursales americanas suelen ser muy tercos y se han atrincherado tanto tras sus gruesas murallas, profundos fosos, y tajante autoridad que derrumbar las primeras, drenar los segundos y tragarse la tercera les va a costar trabajo. Tienen tanta fe en el brillo de sus armaduras y yelmos, en el filo de sus espadas y en la enjundia de sus mazas, que retractarse y reintegrarse a la sociedad civil les va a resultar difícil, aunque en ello pusieran el empeño y de veras quisieran rehabilitarse. Pero es sólo un lado de la moneda. El problema mayor está en que los hemos malacostumbrado haciéndoles la venia —o la caravana— y tolerando su altivez con todo y rabietas, cuando lo que tendríamos que haber hecho, cada uno a su manera, era ¡mandarlos a la fregada, a bañar, a moler agua o a pastar chirotes, o bien a freír buñuelos, espárragos, mondongo, monos, niguas, papas o tusas! 
El que no lo hayamos hecho desde el inicio, ya en el siglo xviii, cuando los primeros académicos se reunieron a crear la RAE, o por lo menos en el xix al nacer las naciones independientes de Hispanoamérica, tampoco justifica que continuemos aguantándolos hasta el día de hoy. ¡Basta! Los miembros de número de la RAE se consideran imprescindibles y harán todo lo posible por tener la sartén —nosotros— por el mango, pero no debemos dejarnos llevar dócilmente, como ovejas de la grey. Desde luego, el buen pastor de la Academia no desea pasar a la historia como un estadista magnánimo que supo ceder el timón a estudiosos de la lengua más ilustrados, flexibles, científicos, de mente abierta y de criterios independientes. Su actitud es más bien la de un dictador que se niega a embolsarse o embolsillarse de un totazo la mayor parte del erario público y dejar el país en quiebra justo antes de embarcarse y replegarse a Mónaco, para vivir con tranquilidad sus años dorados en la Costa Azul, sino que declara, desafiante, “a mí sólo me sacarán muerto”.
Si nadie reclama, si nadie se subleva, el poderío y las campañas de publicidad de la Academia son más que suficientes para asegurar que continúe detentando el cetro y vistiendo la corona. Lo que hace falta, para no tener que seguir aguantándola y acatando sus decretos, es que surjan editoriales que sean capaces de elaborar diccionarios integrales independientes que se muestren claramente superiores a los de la RAE para, de esta forma, comerle el mandado a la Docta Casa y vencerla en su propia cancha. Imaginémonos un mundo de habla hispana en donde cada país, incluida España, lograra publicar diccionarios, gramáticas y ortografías de primera línea, de manera tal que cada nación pudiera hacer el siguiente tipo de proclamaciones al mundo:
Miren, señoras y señores, aquí en estas obras se plasma nuestro estándar nacional, con las variaciones más frecuentes que existen en nuestro país; estas obras describen el lenguaje que las personas consideradas razonablemente cultas en nuestro país suelen usar y aceptar. (Por supuesto, el diccionario también consigna nuestros usos populares más frecuentes). Se trata de un estándar esbozado por nuestros estudiosos nacionales independientes. Tómenlo, déjenlo, estúdienlo y apréndanlo, si gustan y les conviene, pero no nos vengan con el cuento de que nuestro estándar es incorrecto porque la Real Academia Española indique tal o cual cosa, porque bajo ningún concepto lo vamos a aceptar. ¡Eso se acabó!»
 Si eso ocurriera, si los pueblos declararan su emancipación lingüística, destituyendo y despojando de autoridad, en sus respectivas tierras, a la Real Academia Española, así como a sus compinches o contlapaches de la “Asociación”, y si respaldaran este pronunciamiento con obras de consulta originales y de alta calidad, muy pronto la RAE se tornaría tan obsoleta e irrelevante como hace siglos se volvieron las academias de las lenguas italiana y francesa, academias cuya influencia sobre el uso en esas dos lenguas hoy día es casi nula. Y así se rompería el yugo y pasaría a mejor vida una tiranía que con mano férrea se ha ejercido sobre los hispanos desde hace tres siglos y cuyo mandato tendría que haber sido desplazado ya en los 1820, con la independencia de la mayoría de las colonias de Hispanoamérica. Una vez que esto se logre, que la Docta Casa quede, a los ojos del público, como una gran mansión deteriorada y venida a menos allá arriba en el Montecalvo y que apenas tenga relevancia para los hispanohablantes, ya no habrá vuelta de hoja, pues en lugar de recurrir a las obras de la RAE, el público preferirá consultar y tener en cuenta lo aportado por nuevas guías sobre el idioma, fuentes más realistas, sutiles, científicas y descriptivas que las académicas.
 

1

Este trabajo fue publicado originalmente en “Manual de dialectología hispánica: castellano versus español”.Proceedings of the 56th Annual Conference of the American Translators Association, Miami, Florida, EE.UU., del 4 al 7 de noviembre de 2015. David Rumsey, comp. Conference App. American Translators Association, 2015.