Viernes, 24 de noviembre de 2017

La maquinaria y el lenguaje

08/12/2014
Por Hugo Muleiro

Las industrias que producen información y entretenimiento son maquinarias procesadoras del lenguaje. Lo toman, lo vuelven su posesión y disponen de él en una dinámica que es inevitable, lo cual no resta interés al examen de los aspectos más críticos para, si hubiera con qué, introducir prácticas superadoras. En el caso específico del periodismo informativo, son tan conocidos como numerosos los imperativos que tensionan la generación de discursos y que a menudo empujan a errores, reduccionismos, tergiversaciones.

La celeridad que demanda generar y exponer noticias, exacerbada por la competición mercantil, explica buena parte de un problema que puede ser examinado prescindiendo de cualquier forma de purismo lingüístico, soltando el lastre del fanatismo por la norma y abriendo la posibilidad de una acción informativa que, con suerte, aporte frescura, renovación, talento.

Sin embargo, esa suerte suele ser esquiva. Una mirada rápida a usos extendidos de términos y fórmulas demuestra una gama de yerros que van y vuelven entre emisores y receptores, y que se instala con tanta solidez que hasta parece extraño pensar en ello. El periodismo informativo amasa especificidades lingüísticas, como lo hace cualquier otra actividad u oficio, y adopta además las de otros ámbitos. Por citar algún caso, el anuncio frecuente de la Cámara de Diputados o de Senadores dando “media sanción” a un proyecto de ley, en sentido literal dice que se sancionó la mitad de la iniciativa, y no que la aprobó una “mitad” del Congreso. El relator o comentarista deportivo suele decir que el jugador “se ganó la amarilla”, como si la amonestación representara ganancia y no perjuicio. En estas dinámicas hay también giros que parecen deslumbrar, junto con modas o esnobismos. Hoy parece difícil debatir sobre comunicación sin dejar de decir “nuevo paradigma”, independientemente de que el enunciado preste o no utilidad a lo que se quiera expresar. Y no podrá hablarse de un desafío para una actividad determinada si no se dice que él “nos interpela”.

Serán en algunos casos palabras o fórmulas que se puedan cuestionar aunque no causen daño significativo, o no pasarán de mera curiosidad, o habrá aquellos que podrán ser atribuidos al impulso de presumir modernidad o inventiva en el empleo del lenguaje. Pero hay también muchos casos en que las modalidades del discurso saltan de la categoría de detalle relativamente inocuo a la de instrumento incisivo, diseñado y usado para difundir una postura política y una ideología (o, como también parece obligación decir actualmente, para “construir sentido”).

Un ejemplo tratado incluso a niveles presidenciales es el de “gasto social”, fórmula muy usada en despachos informativos. Lo que parece remitir a un renglón más del presupuesto ubica en la impopular categoría de “gasto” al compromiso de los estados con sus poblaciones. Por eso en su momento el presidente Luiz Lula da Silva reclamó pasar a la denominación “inversión social”. Correspondería también un cambio con lo que buena parte del flujo informativo proveniente de los centros del poder mundial llama “austeridad” económica, que en los hechos es baja de salarios, menos servicios de educación, salud y justicia.

En estos días se pudo ver que varios medios argentinos apelaron a la palabra “ilegales” para referir a los inmigrantes que en Estados Unidos están involucrados en alguna falta meramente administrativa.